NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
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* Se han normalizado los puntos suspensivos y se ha corregido el emparejamiento de admiraciones e interrogaciones.
* Los «cuánto» y «con que» del original se han convertido a «cuanto» y «conque» cuando distorsionaban el sentido de las expresiones.
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* Se ha unificado el encabezamiento de las escenas indicando siempre los personajes que intervienen, tomando la información pertinente de otras ediciones.
MORATÍN
COMEDIAS ESCOGIDAS
LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
COMEDIAS ESCOGIDAS
CON EL
DISCURSO PRELIMINAR DEL MISMO AUTOR
Y UN PRÓLOGO POR
JOSÉ YXART
LA COMEDIA NUEVA -- EL SÍ DE LAS NIÑAS LA ESCUELA DE LOS MARIDOS -- EL MÉDICO Á PALOS
[Ilustración]
BARCELONA
BIBLIOTECA CLÁSICA ESPAÑOLA
DANIEL CORTEZO Y C.ª, Ausias March, 95
1884
[Ilustración]
Establecimiento tipográfico-editorial de DANIEL CORTEZO Y C.ª
[Ilustración]
LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
I
Ni el carácter atribuído á Moratín, ni mucho menos sus obras, concebidas despacio, y más que limadas, sobadas con meticuloso esmero de artífice, harían sospechar lo azaroso y revuelto de su vida trashumante. Sin el arraigo que sólo dan en España heredados patrimonios, fué llevado Moratín de la corriente de los sucesos políticos que arrancaron á la sociedad española de su secular asiento en el reinado de Carlos IV. Al arrimo de algún ministro, ó en compañía de amigos é idólatras, siguió la suerte que á sus protectores deparaba la ocasión, y apenas logró detenerse en alguna parte el tiempo de hallar el reposo que tanto amaba su natural pacífico. Secretario particular de Cabarrús, ordenado más tarde de primera tonsura para alcanzar un beneficio que le confirió Floridablanca, secretario luégo de la interpretación de lenguas y favorecido por el príncipe de la Paz, bibliotecario mayor de la nacional en tiempo de José Bonaparte; á tantos medios hubo de acudir para lograr una existencia holgada que le permitiera dedicarse á su pasión por la literatura. Con esta alternaron sus frecuentes viajes á París, á Londres, Alemania é Italia, sus más frecuentes emigraciones y sobresaltos, los mil reveses que sufrió en su peculio acumulado á fuerza de ahorros, y los contratiempos personales que dos veces hicieron cruzar por su imaginación con la fugacidad del rayo, la idea del suicidio; una, volviendo de Italia por mar, sobrecogido por un furioso temporal, y otra hallándose en Barcelona, tan sobrado de vergüenza como falto de recursos. Así vivió sujeto á continuo vaivén, hasta que falleció en París en 1828, casi olvidado por su patria.
¡Cuántos antecedentes no se hallan en su vida para juzgar del estado de nuestra nación entonces y siempre! Aquistarse el aprecio público y general con sólo el talento literario, era entonces, por lo visto, soñar en lo imposible; adquirir independencia y fortuna, mucho más. Continuando en otra forma las tradiciones de los trovadores de la Edad Media, y la asalariada protección que concedieron algunos príncipes á los poetas del Renacimiento, los literatos del siglo pasado y gran parte del presente, acuden en la monarquía absoluta á los privados de los reyes, en la constitucional al Estado. Por una suerte de socialismo tácito, que á nadie espanta, aunque sea al fin una de las formas del socialismo, el gobierno reparte públicos y menguados beneficios entre los que se dedican á las letras. En los primeros años de Moratín, se acostumbraba todavía á sacarlos de las rentas de la Iglesia; luégo se hizo y se hace confiriendo empleos, cargos retribuídos que, aun siendo más ó menos literarios, no siempre son adecuados al genio poético, ni doran en absoluto la humillación. En aquella ocasión no fué sin embargo tan patente esta anomalía. Dada la índole de su talento, convenía á un Moratín una secretaría de interpretación de lenguas, ó la plaza de bibliotecario mayor, pero otras se dieron menos compatibles con la literatura á los mismos poetas, como si el serlo supusiera gran ilustración en todas materias, cuando cabalmente el genio poético nada tiene que ver con la ilustración, y anda á veces reñido con ella.
Pero ni aun con estos recursos se libró Moratín de los azares de la fortuna, víctima de los frecuentes litigios en que se halla envuelto quien ha de esperarlo todo del tesoro público. La diócesis de Oviedo se negó á pagar por largo tiempo la pensión que le había conferido Godoy sobre aquella mitra. Á la vuelta de Fernando VII y evacuación de los franceses, sus bienes fueron secuestrados y el dueño sujeto á aquellos juicios de purificación, que entonces se estilaron, irritante y ominosa medida política que hoy nos parecería fábula absurda si no fuese historia de ayer. Con esto, las intermitencias de la cesantía, los frecuentes gastos y las prodigalidades de su corazón generoso y de sus aficiones de propietario urbano, llegó Moratín en ocasiones á adornarse con la sentimental aureola de la pobreza, corona con que hasta hace poco ha sido costumbre presentar en los altares del arte á los grandes ingenios.
En estos accidentes, y los que más por menudo relata su biografía--que felizmente no está por hacer, como su completa semblanza,--Moratín se mostró con todas aquellas cualidades y defectos que dejan suponer sus mismas obras. Á ser cierto el dicho de que el genio es el sentido común en su grado máximo, merecería Moratín el dictado de genio á boca llena. Porque más claro juicio, más cabal discernimiento y más equilibrada inteligencia, pocos los tuvieron. Pero estas mismas prendas excluyeron en él aquellas más deslumbradoras facultades que fulguran á nuestros ojos apenas del genio se habla: intuición rápida, intensa, y que abarca mucho de un golpe; ánimo arrebatado, pasiones vehementes, audacia y grandeza, así en las virtudes como en los errores. Lejos de mostrar nada de esto, Moratín fué modelo de prudentes y discretos, modesto, frío observador en la comedia de la vida. Su gusto acendrado, su delicadísima percepción le hacían odiosos los extremos y violencias. No templado para grandes luchas, siempre reservado, siempre huído, buscó constantemente en las contrariedades el refugio del silencio. Todo terminaba para él soltando la presa en cuanto se la disputaban. Siendo protegido por el Príncipe de la Paz, gran visir en aquella monarquía despótica, ni le aduló, ni se rebulló en sus antesalas, donde iba á sacrificar gran parte de la nación el resto de pudor que nos quedaba. Retraído siempre en público, sólo en privado mostraba sus cualidades, y particularmente aquel vivo ingenio cómico, su finísima observación de los caracteres y las ridiculeces humanas, el exquisito gusto que poseía. Su gran distintivo fué la más perfecta naturalidad, la extrema sencillez en todo, aquella naturalidad y sencillez, que ni se compran ni se imitan, prenda nativa, que es el más infalible signo de grandeza. Resplandece de tal modo esta condición en sus papeles particulares, coleccionados en sus Obras póstumas, que, conforme se le estudia en ellas se arraiga la convicción de que nos hallamos ante un hombre verdaderamente ilustre y privilegiado. La acendrada discreción con que habla de todas las materias, aun las más ajenas á su talento, la elegante llaneza de su prosa afluente y festiva, la variedad y acierto de sus observaciones, cautivan á la larga en sus apuntes de Viajes por Europa. En ellos, en el Diario de su vida, en sus cartas, resalta siempre el mismo carácter de un alma bondadosa y apacible, de un hombre modesto y laborioso pero dotado de buen golpe de vista, y sensibilidad delicada, ya que no profunda, sin énfasis ni presunción. Bien se comprende leyéndole que su horror á la pedantería reinante tomara en sus escritos el carácter de una monomanía, y fuera como la muletilla de su Musa cómica, que, desde un principio, flagela sin piedad á los pedantes literarios y no cesa de poner en ridículo en todas sus obras Ermeguncios y Hermógenes, el sentimentalismo y la filantropía de los malos imitadores de Diderot y Rousseau, la ficticia cultura, las declamaciones de los falsos innovadores. Hay en esta condición algo ingénito de nuestra raza, que no acertamos á hallar ni en los vanidosos y volubles franceses, ni en los italianos ardientes y solapados á un tiempo, ni en los hombres del Norte, mesurados y cavilosos, que se lo traen todo aprendido á fuerza de cultura.
Nacido, sin embargo, en una época en que hervía toda la sociedad en nuevo crisol para tomar nueva forma, no fué de los que pretendieron sacar á toda costa el genio nacional y la independencia de la patria de aquella conflagración general. Superior sin duda en ilustración á la gran mayoría de los españoles, estuvo por los franceses cuando éstos vinieron á convertir en sucursal del Imperio, el abandonado trono de Carlos IV. Él creería sin duda de buena fe que el Imperio nos traería la cultura que él deseaba, y con ella todos los beneficios cuyo precio le hicieron inestimable sus frecuentes viajes por Europa, á trueque de una dependencia que no tenía al cabo nada de humillante; sin duda pensó, como tantos otros, que nuestro pueblo, ignorantón y casi salvaje, gangrenado y decaído, con sus incurables preocupaciones, su apasionamiento y su desidia, no merecía la pena de batirse por él con una nación civilizada y entonces gloriosa que hubiera establecido con férrea mano las reformas. No hay que culpar á Moratín por estas ideas. Quizás eran también las de los mismos que en Cádiz trataban de regenerar á España, aunque no las manifestasen en público. Lastima, sin embargo, no hallar á Moratín entre ellos, al lado del gran Jovellanos y Quintana, cuando la nación entera hizo tan supremo y glorioso esfuerzo. Más simpáticos parecen aquellos hombres, empeñados en tan legendario combate con los de dentro para ilustrarles á despecho suyo, con los de fuera para sacar á salvo la independencia. Como dice el mismo Quintana en la fraseología de la época, «lo primero era ser libres, el cómo era negocio para después.» El caso fué que, á pesar de la apática y pesimista convicción de los afrancesados de que España no resistiría al único genio de nuestro siglo, España renació y desde entonces vuelve á ser nación á los ojos de Europa; buena ó mala, pero al fin nación: lo primero es existir, el cómo es cuestión secundaria.
Quizás su conducta en aquel trance, unida á la índole peculiar de sus obras, fueron causa de que viviese y muriese casi olvidado de la nación, siendo como fué uno de sus hijos más ilustres, y que con mayor desinterés ansió y se afanó por su cultura. Razón tuvo, pues, en despedirse de la patria, con estos melancólicos versos, que puesto que le pintan de cuerpo entero copiamos aquí, aunque estarían mejor á la cabeza de su biografía, como artístico medallón sobre los renglones de un epitafio:
Nací de honesta madre; dióme el cielo
fácil ingenio en gracias afluente,
dirigir supo el ánimo inocente
á la virtud el paternal desvelo.
Con sabio estudio, infatigable anhelo
pude adquirir coronas á mi frente:
la corva escena resonó en frecuente
aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.
Dócil, veraz, de muchos ofendido,
de ninguno ofensor, las Musas bellas
mi pasión fueron, el honor mi guía;
pero si así las leyes atropellas,
si para ti los méritos han sido
culpas; adios, ingrata patria mía.
II
La gloria de Moratín se cifra toda entera en su campaña para restaurar el teatro español; con el ejemplo, por medio de sus comedias; con los preceptos, por medio de la exposición de sus teorías, sus estudios históricos, las observaciones, apuntes y comentarios que se hallan en todos sus escritos acerca de la poesía dramática. Esta fué su constante preocupación; lo demás de sus obras es accidental, ó tiene relación inmediata con su talento de poeta cómico.
En esta campaña teatral Moratín sufrió grandes sinsabores. Nadie que conozca el teatro por dentro ha de extrañarlo, aun antes de saber cómo estaba el nuestro á fines del pasado siglo, y las singulares costumbres de aquella época pintoresca. De todos los que se meten á reformadores en este bajo mundo, ninguno habrá que tenga aparejada con más anticipación la cruz, como quien pone empeño en contrariar las dos más poderosas majestades de la tierra: el gusto del público que asiste á un teatro, y los intereses de los que viven de contentarle. En tiempo de Moratín, todo agravaba la empresa: la enmarañada red que envolvía esta diversión pública, con la intervención de las autoridades civil y eclesiástica, la administración interna de los teatros, los bandos y partidos, el estado de la literatura y la opinión. ¡Qué encarnizadísimo asalto debían dar estas entidades juntas contra el hombre que se propusiera la menor reforma! Tanto más, cuanto que Moratín ponía la mira en todo, y en todo quería introducirlas. En este punto no fué sólo un preceptista literario. Á todo alcanza su crítica, incluso á defectos de policía de la incumbencia de un Alcalde corregidor. Así discurre tocante á los medios gubernativos para sacar al teatro de su postración ó las leyes relativas á la censura, como se entretiene en señalar los vicios de las chocarreras tonadillas que se cantaban. Basta esto para imaginar su martirio. ¡Qué hervidero de cábalas! ¡qué recelos y envidias de autores y actores! Y en esto la autoridad, ó impotente ó celosa de sus prerrogativas, el clero, huraño, los espectadores, como siempre, bien hallados con sus gustos hijos de la costumbre. Nombrado individuo de una junta para la reforma del teatro, hubo de retraerse á poco de asistir á ella. Era presidente de la misma, el del mismo consejo de Castilla... ¡un general! hombre de genio muy áspero é impetuoso, que no pudo sufrir las observaciones de Moratín, y que estuvo á punto una vez de tirarle el tintero á la cabeza. Con lo cual ya se deja comprender que el autor de los Orígenes del teatro español, se convenció á la primera de que al bravo militar le sobraban razones y que era más entendido que él en materias literarias. Quiso más tarde el gobierno crear una dirección de teatros, y le ofreció este cargo; pero Moratín lo rehusó, porque ya había sentido sus espinas. Por otra parte, no hubo comedia suya cuyas representaciones no tropezaran con mil dificultades. Exigencias de actriz demoraron cuatro años el estreno de El Viejo y La Niña después de mil supresiones que impuso la censura. La Comedia nueva, cruenta sátira en acción de la decadencia del teatro, apenas pudo arrostrar la estruendosa animosidad, el pataleo y rabia de las víctimas. Naufragó El Barón el día de su estreno (después de haber sido plagiada, antes que representada), víctima de las parcialidades y de la venganza en fermentación por espacio de algunos años. Á la Mojigata siguieron las más violentas polémicas é intrigas increíbles, como siempre que se atacó en el teatro la hipocresía, el vicio más vidrioso y asustadizo de todos, y el que más chilla cuando se le saca á la vergüenza, como si en él descansara toda la máquina social, lo cual no parece probable. Enardecidos los ánimos conforme se acentuaba el propósito de Moratín de acertar en el corazón á las preocupaciones de aquella época, no pararon los enemigos hasta delatarle al Santo Oficio por El Sí de las niñas, y denunciarle como un criminal. De modo que estas obras que hoy parecen harto morales, parecieron revolucionarias y piedra de escándalo; y su autor, tímido y juicioso por naturaleza, furibundo demagogo que atentaba á lo más sagrado. Este último sorbo colmó su amargura y le decidió á retirarse del teatro y arrinconar los borradores de otras comedias, limitándose luégo á traducir de Molière, su ídolo, La Escuela de los maridos y El Médico á palos.
En esta ruidosa campaña ni todo fueron derrotas para Moratín, ni estas se debieron en absoluto á las malas artes ó á la brutalidad del enemigo. Algunos idolatraron á Moratín, sus obras á pesar de la borrasca se representaron con éxito y fueron celebradas y leídas, y cuanto hoy elogiamos en ellas encantó á muchos. Pero fuerza es decir que los principios literarios de su autor debían ser discutibles entonces, aunque con más talento de lo que lo fueron, y son inadmisibles hoy en algunos puntos. Moratín pareció en la escena, cuando se había perdido toda noción de buen gusto, y agotada la inspiración, prosperaban sólo en la literatura los defectos del genio literario español sin sus grandes cualidades; como árbol que había perdido la exuberante savia, pero no la hojarasca inútil. Atajar, pues, esta general corrupción era un bien y el expurgo, necesario. Nada enseñó Moratín en este sentido que no estuviera conforme con la más depurada belleza. Pero el error esencial de todos sus preceptos estaba: primero, en que si tenían el valor relativo de curar la enfermedad reinante, no tenían igualmente la virtud de devolver el hervor de la inspiración y el sentimiento, más necesarios para producir belleza que todas las retóricas; y en segundo lugar, que siendo la de Moratín la más discreta y atildada copia de las doctrinas francesas, contrariaba en absoluto el genio nacional y luchaba á brazo partido con nuestro carácter. Moratín fué la encarnación viva, definitiva y potente de la escuela francesa que desde principios del siglo XVIII pretendía entronizarse en España; un Boileau español, en suma, siempre á vueltas con la razón y el buen sentido, el decoro y la regularidad, pocas veces partidario de sentir hondo y vehemente. Si su atildamiento y pulcritud, la templada observación de la naturaleza, la más absoluta sumisión á la mediana verosimilitud, podían convenir á la comedia, no eran bastantes para infundir poderosa y deslumbradora vida al teatro de una nación, ni podía contentar á un público ardiente como el nuestro. En todos los principios literarios de Moratín se observa la misma deficiencia y aquel rigorismo innecesario y á veces absurdo que convierte el arte en artificio, por una reacción natural contra la licencia y la ignorancia, y obra como medicina que debiendo depurar la sangre, la empobreciese hasta producir la anemia.
Tantas revoluciones y tantas ideas se han sucedido desde entonces y tan apartados nos hallamos de las que profesó Moratín, que ya es inútil discutirlas siquiera, pero siempre es curioso estudiar hasta dónde alcanzan las preocupaciones de las escuelas. En el fondo de cuanto dice Moratín, parece entreverse la eterna cuestión que suscita siempre la literatura dramática, entre los literatos y el vulgo. El teatro es diversión y es arte; espectáculo y literatura, y es además todo él convención. ¿Á quién hay que complacer? ¿Al hombre de letras que está apreciando las filigranas del estilo y distingue de géneros y aquilata los menores detalles, ó á la generalidad de los espectadores, ávidos de emociones vivas, hondas, inmediatas, para quienes todo ha de aparecer de bulto y á grandes brochazos? El genio dramático por lo común complace á todos y alcanza ambos fines; divertir y producir bellezas; pero nuestros clásicos del pasado siglo y particularmente Moratín, juzgaban en esta cuestión con criterio casi exclusivamente literario, y querían escribir tragedias y comedias con la pulcritud y la nimia observancia de las reglas con que se escribían libros para unos pocos. Se empeñaban además en limitar cuanto era posible la convención teatral en busca de una casi identidad de la ilusión escénica con la realidad, no sólo imposible, sino contraria á toda belleza. ¿Hay nada más absurdo y risible que las unidades de lugar y de tiempo en el drama, tan discutidas entonces? Se fuerza al espectador á que imagine que ve al mismo César en las tablas y que por consiguiente ha retrocedido muchos siglos, y no se le puede forzar una vez hecho este largo viaje, á que dé por transcurrido un año siquiera durante el entreacto. Se le planta en el Foro desde la butaca, y cuando se le tiene allí con el pensamiento, no le es permitido salir de Roma para que no se desvanezca la ilusión. Nada hay verdad en aquella Roma de tela y cartones; ni armas, ni trajes, ni hombres, ni idioma; pero una vez realizada aquella mentira grata á la imaginación, ésta ya no puede permitirse un solo pecadillo más, y ha de temblar ante la gramática que mide sus palabras, encogerse por temor de la irregularidad, reprimir sus vuelos por no incurrir en inverosimilitudes (de que está llena, por cierto, la realidad que se pretende imitar), y ahogar toda emoción atendiendo al decoro, como hastiado palaciego que juzga cursi todo afecto arrebatado. Y esto se quería imponer como ley en un espectáculo, donde la muchedumbre va á sentir y á distraerse, donde el efecto es inmediato y no razonado, y la atmósfera caldeada, la música, las luces, la misma presencia de la mujer, son otros tantos incentivos que predisponen á la expansión del sentimiento.
Por otra parte, incurriendo en contradicciones, frecuentes siempre que se pretende embutir en principios generales las libres y espontáneas leyes de la naturaleza, mientras se aspiraba á remedarla tan mezquinamente, se huía por sistema de la verdad, en lo más esencial: los caracteres y las pasiones. Aquellos héroes y reyes de tragedia, que las más veces debían pertenecer á Grecia y Roma, no habían de parecerse á los seres vivos que representaban sino á un falso y amanerado tipo, que se había convenido en tener por ideal; y habían de ostentar una dignidad aparatosa y afectada en palabras y acciones. Les estaba prohibido dar rienda suelta á sus pasiones, manchar la escena con su sangre, proferir palabras ó conceptos familiares, mezclar la risa con el llanto, codearse con sus inferiores en las tablas. Moratín se indigna de que un Antonio de Leiva diga puesto en ellas,--El juicio me vuelven estas cosas--y un Julio César--Hola ¿qué es esto?--ú otras expresiones por el estilo. Quiere á todo trance, que no se confunda nunca en una misma obra lo patético con lo cómico, ni parezcan revueltas las clases. Con profunda separación entre ellas, se reserva la tragedia para los héroes y testas coronadas, y la comedia, para el pueblo, y después de ser depurados en un alambique, se trasiegan á un frasco el llanto, el veneno y la sangre para uso de los primeros, y las lagrimillas de risa á otro para la gente de poco más ó menos, á quien se le permite servir de ejemplo de ridiculeces. Ni tampoco es dado á los coetáneos del autor, mostrar en las tablas heroísmo y magnanimidad, y ser capaces de poderosas pasiones y virtudes. Los personajes de la tragedia deben elegirse en regiones y tiempos distantes y apartados del espectador.
Convengamos en que Moratín tenía razón sobrada en ridiculizar El gran cerco de Viena, pero que también y á poca costa se hubiera podido rehabilitar, si no al miserable Eleuterio Crispín de Andorra, á sus inspirados ascendientes, si no aquellos errores ridículos, su procedencia. El tiempo se encargó de la tarea; el genio nacional, comprimido y forzado á aceptar la extranjera moda literaria, rompió aquel molde pequeño, se desbordó otra vez, y refluyó á su fuente primitiva, que al mismo Moratín á pesar de sus reservas y distingos parecía abundantísima y rica. El triunfo de los clásicos, si es que éstos llegaron á triunfar, fué efímero, y sólo benéfico en cuanto purgaron la lengua y el estilo de la última escoria del gongorismo. Pero pasada aquella necesidad momentánea, público y autores volvieron á apasionarse por la riqueza y brillantez de invención de la dramática del siglo de oro, la fuerza y elevación de los caracteres, la variedad de gentes de todas condiciones que figuraban en las tablas confundidas como en la vida; el deslumbrador estilo; en una palabra, volvió á democratizarse el teatro, y á ser lo que debía, panorama variado del mundo, y vasto como él, y no lección académica entre cuatro columnas de cartón, ó corrección moral en caseros octosílabos. Rota la valla, invadieron otra vez la escena los personajes de capa y espada, dueñas y graciosos, la plebe y los monarcas de la Edad Media; la comedia se hizo más intencionada y desenvuelta, y enriqueció su estilo con la rima; la tragedia se vistió de levita; apareció el drama histórico y el contemporáneo, sentimental ó trascendental y el melodrama patibulario, y de uno en otro ensayo, de una en otra tentativa paró en breve tiempo en espectáculo para los sentidos con los violáceos fulgores de las luces de bengala y los sorprendentes recursos de la escenografía, y los cuadros al vivo de las apoteósis finales. Desde que murió Moratín hasta el presente, la poesía dramática agotó los asuntos y las formas, y las empresas, los medios de divertir é interesar al público. Lejos de hallarnos en el caso de medir el tiempo de la fábula para que no se desvanezca la ilusión, muchos espectadores se han vuelto ya tan entendidos y se hallan tan poco dispuestos á pasar por ella, que ninguna convención teatral logra hacerse perdonar la imprescindible necesidad de su existencia. De modo que algunos sospechan que el teatro agoniza, fatigado de servir. Todo esto ha pasado, en menos de medio siglo, inmediatamente después de haberse propuesto Moratín vivificar y convertir la escena en cátedra de moral y cultura con sólo las túnicas de Británico y Atalía para las grandes solemnidades y la casaca y la peluca del Barón para los días de labor.
III
Moratín decía hablando de sí mismo: «Mi padre fué poeta; yo no lo soy.» Y diversas veces escribió: «No aspiré nunca á ceñir dos coronas á mi frente.» Y decía verdad. Pocas son sus poesías líricas. De estas, sus romances festivos y sus epístolas morales, como más adecuados á su ingenio de autor cómico, ó á su natural reposado y severo, se leen con placer y cierta fruición cuando la afición á las letras es mucha, porque algún atractivo tiene aquel gusto depurado, que raya en nimiedad, la sobriedad y elegancia de la frase, una versificación remachada y correcta, donde en vano se buscaría el menor descuido. Pero fuera de esto, nunca he podido comprender, lo confieso con franqueza, qué poesía hallan en las demás obras líricas los amigos del género pseudo-clásico.
También en esto nos hallamos ya tan distantes de él, que es imposible aceptar por admirable lo que apenas logra entretenernos. El poeta lírico era entonces, según la moda reinante, un caballero particular muy instruído y versado en letras sagradas y profanas, que se olvidaba por completo de sí mismo y de la realidad presente en cuanto se le ocurría dar forma á sus inspiraciones poéticas. Entonces se vestía de griego ó romano, se coronaba de rosas, se imaginaba coger el estilete en lugar de la pluma, y las tablillas en vez del papel, y fija la memoria en lo que sabía de la antigüedad, á mil ochocientos años de distancia se forjaba la ilusión de que vivía bajo el reinado de Augusto, pared por medio de Virgilio y Horacio. De repente, todo se trocaba como por ensueño. La mujer amada perdía su nombre y apellido por los de Clori ó Lesbia; el amigo, el suyo también por otro de los que conferían los Arcades de Roma; la historia y la geografía histórica debían conocerse al dedillo para hablar como de presente de tan lejanos tiempos; el mayor afán consistía en decir con palabras nobles é imágenes nuevas lo corriente y vulgar y se establecía entre la imagen y el objeto, el sentimiento y la expresión tal cúmulo de ideas intermedias, que se necesitaba el caudal de conocimientos de un erudito para percibir todos los primores. ¿Es esto poesía? ¿Puede parecérnoslo hoy? Será mal gusto mío, mas para mí se halla tan distante de serlo, como una lección de retórica. Mucho tiene la verdadera poesía de conmovedor, de inefable, que embriaga y arrebata, que enardece y hace soñar, que no pude descubrir nunca en este género de versos. El opulento Gerión, la Cádiz eritrea, el espartario golfo, la Hesperia, el ceguezuelo niño y el luso y el galo, etc., acaban por marear. Distraen, enfrían y fatigan tantas alegorías y perífrasis, para cuya inteligencia se necesita un curso completo de mitología. No basta hallar de vez en cuando algún sentimiento sincero entre ese fárrago de frases depuradas y elegantes, ni contenta tal cual imagen graciosa que desde luégo por su asunto y su precisión parece burilada como un camafeo, ó recuerda las barrocas entalladuras de los artesones y muebles de la época.
Esta corona, adorno de mi frente,
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres que algún día
me disteis, sacras musas...
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿Quién no ve desde luégo un telón de boca con sus pintados trofeos?
........ La Fama es esta,
sí, la conozco. Rápida girando
dilata al aire las doradas plumas,
suelto el cabello que su frente adorna,
desceñida la túnica celeste.
¿Quién no la imagina volando así por los artesones de un palacio?
Venus, hija del mar, diosa de Gnido
y tú, ciego rapaz, que revolante
sigues el carro de tu madre hermosa
la aljaba de marfil, pendiente al lado.
Bello es, bello como las miniaturas de las tabaqueras que usarían Napoleón y el Príncipe de la Paz y que se ven todavía en las colecciones del Louvre. Pero, ¿no ha de consistir en algo más la poesía? Felizmente los poetas contemporáneos han creído que sí. Se han pedido directamente nuevas y más eficaces imágenes á la naturaleza, y á los modernos conocimientos; la fantasía y el sentimiento han visto abrirse inmensos espacios, con el atractivo indecible de su fondo infinito y sus tintas rutilantes. Es imposible inventariar en una sola cláusula todos los géneros, todos los afectos, todas las formas que trajo á la poesía moderna el presente siglo, que algunos llaman prosáico, pero que de seguro parecerá á los venideros, más que ninguno poético y original é inspirado en el arte más inspirado de todos: la música y en el que más se le acerca: la poesía lírica. En España queda, sin embargo, mucho por hacer todavía, pues la enseñanza oficial propone aún como indiscutibles modelos algunas obras del género de Moratín y persuade al culto de la forma por la forma, de la frase por la frase, de la ficticia elegancia y la imitada majestad y nobleza; á cuanto es posible adquirir con el estudio y sin levantar la cabeza de los libros. No, lo que en los libros se adquiere con la servil imitación, no es poesía ni lo ha sido nunca. Hay que desechar las formas aprendidas y estereotipadas por las que espontáneamente ofrece el propio genio cuando existe; decir lo que se siente, como se siente, ver y vivir mucho, y sondear, en suma, aquel cielo y aquel mundo, en los cuales, según la sublime expresión del poeta, existen muchas cosas más de las que soñó la humana filosofía, léase, la retórica.
J. YXART.
DISCURSO PRELIMINAR
[Ilustración]
DISCURSO PRELIMINAR[1]
[1] Este Discurso preliminar, que, escrito por el mismo Moratín, figuró al frente de sus comedias, comprende la historia resumida del Teatro español desde el siglo XVIII, á la época en que el autor tomó sobre sí la empresa de restaurarlo con su ejemplo y sus preceptos. Nada dice Moratín de sus coetáneos, y nada pudo decir, puesto que falleció en 1828, de la profunda revolución que trajo á la escena española el romanticismo, pocos años después de su muerte. Así limitado á dicho período todo el discurso, es, en suma, la historia de la decadencia del teatro genuinamente nacional, y de las tentativas hechas para sujetarle á los cánones del pseudo clasicismo, hasta que, no bien triunfantes, fueron otra vez derrocados y olvidados.
Al empezar el siglo XVIII tuvieron principio en España las calamidades de la guerra de sucesión. Apenas hubo descanso para celebrar con espectáculos alegres, en los primeros años del siglo, la coronación de Felipe V, su casamiento con María Gabriela de Saboya, y el nacimiento de un príncipe de Asturias. En tales ocasiones se representaron delante de los reyes en el teatro del Buen Retiro, y después al pueblo, algunas comedias de don Antonio de Zamora, gentil hombre de S. M., que florecía entonces entre pocos y oscuros autores, ninguno capaz de competirle. Habíase propuesto por modelo las obras de Calderón, y es fácil inferir hasta dónde llegarían los primores de quien sólo aspiraba á imitar los ejemplos poco seguros de aquel dramático.
En sus zarzuelas ó comedias de música repitió Zamora iguales desaciertos á los que Candamo, Calderón y Salazar habían amontonado en las suyas: fábulas de absoluta inverosimilitud, estilo afectado, crespo, enigmático, lleno de conceptos sutiles y falsos, de empalagosa discreción que no puede sufrirse. En las comedias historiales confundió los géneros de la tragedia, de la comedia y aun de la farsa, sin otro mérito que el de muchos rasgos de indócil fantasía, buen lenguaje y versos sonoros. Lo mismo hizo en las piezas mitológicas y en las de asuntos sagrados.
Cien años antes había escrito el P. Gabriel Téllez (conocido bajo el nombre de Tirso de Molina) la comedia de El Burlador de Sevilla, la más á propósito para conmover y deleitar á la plebe ignorante y crédula. Representada con aplauso en los teatros de España, pasó á los demás de Europa: en Francia se hicieron cinco traducciones de ella (más ó menos libres) por Villars, Dorimond, Dumenil, Tomás Corneille y el gran Molière. Goldoni, en el siglo anterior al nuestro, no se desdeñó de repetirla.
Los antagonistas del teatro no perdonaron los defectos de una comedia tan perjudicial á las buenas costumbres, y hubo de sufrir, como era justo, una severa prohibición. Zamora trató de refundirla, y conservando el fondo de la acción, la despojó de incidentes inútiles; dió al carácter principal mayor expresión, y toda la decencia que permitía el argumento, haciéndole más agradable mediante la feliz pintura de costumbres nacionales con que le supo hermosear; y añadiendo á esto las prendas de locución y armonía, conservó al teatro una comedia que siempre repugnará la sana crítica, y siempre será celebrada del pueblo.
Deseoso de agradarle, escribió Zamora la primera y segunda parte de El Espíritu foleto, en que por la intervención de un duende festivo y revoltoso, hacinó prodigios y transformaciones, autorizando á los que después, con menos gracia, inundaron el teatro de mágicos y diablos, que todavía le ocupan á despecho del sentido común. En la comedia de Don Domingo de don Blas confundió Zamora grandes intereses de reyes y príncipes con afectos comunes y situaciones de indecorosa ridiculez. La figura cómica de don Domingo, bien imaginada y mal sostenida, hace reir no pocas veces; pero sus gracias mezcladas con intolerables descuidos no dan una idea favorable del buen gusto de aquel poeta. Mayor mérito se reconoce en la comedia de El Hechizado por fuerza, aunque no exenta de considerables imperfecciones. La acción está complicada con episodios inútiles, no verosímiles, y dirigidos únicamente á dilatar y entorpecer un mal desenlace. Unas veces habla don Claudio como un hombre de instrucción y talento, y otras como pudiera el más estúpido; no es fácil entender si toma de veras ó de burlas lo que están haciendo con él, si efectivamente piensa que está hechizado, ó si trata sólo de engañar á los que intentan persuadírselo. Las situaciones cómicas, que son muchas, degeneran en triviales algunas veces; el estilo, si no siempre es correcto, siempre es fácil y alegre; la dicción excelente, la versificación sonora, el diálogo rápido, animado y lleno de chistes.
Zamora no hizo otra cosa mejor ni sus contemporáneos escribieron obra ninguna de mayor mérito. Murió hacia el año de 1740; compuso hasta unas cuarenta comedias, y en las que existen impresas se echa de ver que siguiendo las huellas de sus predecesores, muchas veces rivalizó con ellos; pero desconociendo los preceptos del arte, cultivó la poesía escénica sin mejorarla, y la sostuvo como la encontró.
Don Pedro Scoti de Agoiz, coronista de los reinos de Castilla, compuso por entonces algunas comedias y zarzuelas, en las cuales, si merece aprecio la facilidad de su versificación, no es de alabar la confianza con que se abandonó á la imitación de originales defectuosos, acomodándose al gusto depravado de su tiempo.
Don Diego de Torres y Villarroel, catedrático de matemáticas y astronomía en la universidad de Salamanca, además de algunas zarzuelas de corto mérito, publicó una comedia intitulada El Hospital en que cura amor de amor la locura, fábula de dos acciones, personajes y estilo tabernario, ninguna perfección que disculpe sus muchos desatinos. Tuvo aquel poeta grande celebridad en su tiempo, y no sin causa, pues aunque no conoció el estilo elevado de nuestra lengua, supo desempeñar en sus obras prosáicas con gracia y facilidad los asuntos familiares y humildes; pero el corto paso que parece que hay de esta clase de escritos, al tono y expresión de la buena comedia, no supo darle. No fué bastante su talento á inventar una fábula regular; con todo el conocimiento que tenía de los vicios y ridiculeces comunes, no supo trazar un solo carácter, ni dar unidad ni interés á su obra; quiso enredarla, y la embrolló; quiso hacerla muy graciosa, y resultó chabacana y sucia. Con menos facilidad todavía ejercitó su pluma don Tomás de Añorbe y Corregel, capellán de las monjas de la Encarnación de Madrid, en unas diez y ocho ó veinte comedias que dió á luz, en las cuales nada se encuentra que merezca elogio ni perdón. Si hay alguna de sus piezas que pueda citarse como la peor, es sin duda El Paulino, que el autor se atrevió á llamar tragedia, y de la cual hablaron Luzán y Montiano con el desprecio que merece. Aun suponiéndole ignorante de la lengua francesa, bien pudo haber visto el Cinna de Corneille, que había traducido con inteligencia y publicó en el año de 1713 don Francisco Pizarro Picolomini, marqués de San Juan. Allí hubiera podido á lo menos sospechar lo que es una tragedia; pero de nada sirven los ejemplos á quien no los quiere seguir.
Por entonces el ilustre benedictino Feijoo, animado del ardiente anhelo de ilustrar á su nación disipando las tinieblas de ignorancia en que se hallaba envuelta, se atrevió á combatir en sus obras preocupaciones y errores absurdos. Es admirable el generoso tesón con que llevó adelante la empresa de ser el desengañador del pueblo, á pesar de los que aseguran su privado interés en hacerlo estúpido. Con la publicación de sus obras facilitaba el camino de un modo indirecto á los autores dramáticos para exponer en el teatro á la risa pública las prácticas supersticiosas, las opiniones funestas que habían autorizado la falsa filosofía, la equivocada política, la credulidad y la costumbre; pero no había poetas capaces de seguirle ni de aprovecharse de las luces de su doctrina.
Los autores del estimable periódico intitulado Diario de los literatos de España examinaban con juiciosa crítica las obras que entonces se publicaban; sostenían los principios más sólidos del raciocinio y del buen gusto, y trataban de encaminar hacia la perfección, en cuanto les era posible, la literatura nacional. Su fatiga no fué muy larga, y hubieron de abandonar el empeño por falta de lectores y de agradecimiento público.
La Academia española, establecida á imitación de la francesa con una organización igualmente defectuosa, vencida en gran parte aquella lentitud que es inherente á esta clase de cuerpos literarios, atendía con laudable celo á la formación del Diccionario de nuestra lengua; pero no pudo por entonces dirigir sus tareas á otros objetos, ni contribuir á los progresos de la oratoria y la poesía; su influencia no pasó más allá del salón en que celebraba sus juntas.
En las escuelas se enseñaban á la luz de la antorcha de Aristóteles, teología, cánones, leyes y medicina, sin el auxilio de la filosofía, sin el de la historia, sin el de la política, sin el de las matemáticas, sin el de la física, sin el de la erudición, sin el de las lenguas doctas, sin el de las letras humanas. Nada de esto se sabía, porque nadie lo podía enseñar, y nadie solicitaba aprenderlo. Todas las cátedras de las universidades (dice Torres) _estaban vacantes, y se padecía en ellas una infame ignorancia. Una figura geométrica se miraba en este tiempo como las brujerías y tentaciones de san Antón, y en cada círculo se les antojaba una caldera donde hervían á borbollones los pactos y los comercios con el demonio... Pedí á la universidad la sustitución de la cátedra de matemáticas, que estuvo sin maestro treinta años, y sin enseñanza más de ciento y cincuenta._ Si esto sucedía en el más célebre de nuestros gimnasios, ¿cuál debía ser el estado de las buenas letras, el gusto crítico, la amenidad y corrección de nuestra poesía, la cultura de nuestra escena miserable?
Don Ignacio de Luzán, hijo de una ilustre familia de Aragón, educado en Italia, discípulo de los más acreditados profesores que florecían en ella, adquirió con el estudio, el trato y el ejemplo, conocimientos científicos y literarios que en España no hubiera podido adquirir. Este erudito humanista dió á luz en Zaragoza en el año de 1737 una poética, la mejor que tenemos. Celebrada de los muy pocos que quisieron leerla, y se hallaban capaces de conocer su mérito, no fué estimada del vulgo de los escritores, ni produjo por entonces desengaño ni corrección entre los que seguían desatinados la carrera dramática.
El ministerio, ocupado exclusivamente en buscar dinero para sostener la sangrienta guerra de Italia, no podía aplicar su atención ni extender sus liberalidades en beneficio del teatro. Las flotas no salían de los puertos de América; lo que producían las contribuciones, todo se consumía en formar ejércitos y conducirlos á la pelea; la administración interior se desatendía; los sueldos de los innumerables empleados no se pagaban; los magistrados de las cámaras de Castilla é Indias, después de haber vivido en la escasez y aun en la miseria, se enterraban de limosna en Recoletos. El pueblo era el único protector de los teatros; el premio que obtenían los poetas, los actores y los músicos, se cobraba en cuartos á la puerta; no es mucho que unos y otros procurasen agradar exclusivamente á quien los pagaba, y hablarle en necio para asegurar sus aplausos.
Eran los teatros unos grandes corrales á cielo abierto, con tres corredores al rededor, divididos con tablas en corta distancia que formaban los aposentos: uno muy grande y de mucho fondo enfrente de la escena, en el cual se acomodaban las mujeres; debajo de los corredores había unas gradas; en el piso del corral hileras de bancos, y detrás de ellos un espacio considerable para los que veían la función de pié, que eran los que propiamente se llamaban mosqueteros. Cuando empezaba á llover, corrían á la parte alta un gran toldo; si continuaba la lluvia, los espectadores procuraban acogerse á la parte de las gradas debajo de los corredores; pero si el concurso era grande, mucha parte de él tenía que salirse, ó tal vez se acababa el espectáculo antes de tiempo. La escena se componía de cortinas de indiana ó de damascos antiguos: única decoración de las comedias de capa y espada. En nuestra niñez hemos oído recordar con entusiasmo á los viejos aquel romper de cortinas de Nicolás de la Calle. En las comedias que llamaban de teatro ponían bastidores, bambalinas y telones pintados, según la pieza lo requería, y entonces se pagaba más á la puerta. Como La comedia se empezaba á las tres de la tarde en invierno, y á las cuatro en verano, ni había iluminación, ni se necesitaba.
El primer teatro que adquirió una forma regular fué el de los Caños del Peral, en donde muy á principios del siglo se hicieron algunas óperas y después comedias italianas por una compañía que llamaron de los Trufaldines. El marqués don Aníbal Scoti, mayordomo mayor de la reina doña Isabel Farnesio, hizo varias obras de consideración en aquel teatro por los años de 1738, dándole mayor comodidad y ornato, y en él continuaron los italianos por algún tiempo haciendo sus farsas de representación y de música. Este ejemplo estimuló á la autoridad á construir de nuevo dos teatros en el sitio de los dos corrales, que por espacio de siglo y medio habían sido indecente asilo de las musas españolas. El de la Cruz (alterando en algo los planes que dejó hechos don Felipe Jubarra) se concluyó en el año de 1743; y el del Príncipe, dirigido por don Juan Bautista Sachetti (de quien era entonces delineador don Ventura Rodríguez) quedó acabado en el año de 1745, y se estrenó con la zarzuela intitulada el Rapto de Ganimedes.
Esta plausible novedad, que dió á la corte unos teatros regulares y cómodos, nada influyó en todo lo demás relativo á ellos: siguieron las cortinas, y el gorro y la cerilla del apuntador, que vagaba por detrás de una parte á otra; siguió el alcalde de corte presidiendo el espectáculo sentado en el proscenio, con un escribano y dos alguaciles detrás; siguió la miserable orquesta, que se componía de cinco violines y un contrabajo; siguió la salida de un músico viejo tocando la guitarra cuando las partes de por medio debían cantar en la escena algunas coplas, llamadas princesas en lenguaje cómico. La propiedad de los trajes correspondía á todo lo demás: baste decir que Semíramis se presentaba al público peinada á la papillota, con arracadas, casaca de glacé, vuelos angelicales, paletina de nudos, escusalí, tontillo y zapatos de tacón; Julio César con su corona de laurel, peluca de sacatrapos, sombrero de plumaje debajo del brazo izquierdo, gran chupa de tisú, casaca de terciopelo, medias á la virulé, su espadín de concha y su corbata guarnecida de encajes. Aristóteles (como eclesiástico) sacaba su vestido de abate, peluca redonda con solideo, casaca abotonada, alzacuello, medias moradas, hebillas de oro y bastón de muletilla.
Con estos avíos se representaban las comedias antiguas y las que diariamente se componían de nuevo. El número de poetas crecía en proporción de la facilidad que hallaban para escribir, habiendo reducido á dos axiomas toda su poética: 1.º que las obras de teatro sólo piden ingenio; 2.º que las reglas observadas por los extranjeros no eran admisibles en la escena española.
Autorizado con estas libertades, compuso algunas comedias don Eugenio Gerardo Lobo, capitán de guardias españolas, que habiendo servido en las guerras de Portugal é Italia, se hizo estimable por su inteligencia y su valor, y llegó á obtener distinguidos honores en la milicia. Fácil y gracioso versificador en el género burlesco; hinchado, oscuro y retumbante en el sublime, y en uno y otro conceptista sutil, equivoquista y amigo de retruécanos miserables. Sólo hay de él dos comedias impresas: la que intituló El más justo rey de Grecia, estriba en un vaticinio de Apolo que puntualmente se verifica. Á veces quiere imitar la de El Esclavo en grillos de oro; pero tenía menos talento que Candamo, y quedó muy inferior á su original: el gracioso, llamado Veleta, es de lo menos gracioso que puede verse. En cuanto á historia y costumbres, mil desaciertos, ningún asomo de regularidad dramática. Algunos pasajes están escritos con bastante facilidad y decoro, otros desaliñados, otros de estilo enigmático y gigantesco. La de Los Mártires de Toledo y tejedor Palomeque no es mejor. Cuchilladas, devoción, resistencias á la justicia, celos, apartes, escondites, salir y entrar sin saber á qué, requiebros, locuras, chocarrerías, bravatas, naufragio, martirio, bautismo ridículo. La escena es en Toledo, en Málaga y en Argel. El estilo desigual, nunca oportuno, á veces energúmeno, á veces ratero y chabacano.
Un sastre llamado don Juan Salvo y Vela, eligiendo el camino más breve de agradar al patio mediante el auxilio de los contrapesos y las garruchas, publicó la comedia de El Mágico de Salerno Pedro Vayalarde, y tanto aplauso tuvo, y tanto le solicitaron los cómicos y los apasionados, que dió libre curso á la vena poética; y en otras cuatro comedias que escribió con el mismo título, amontonó cuantos disparates le pidieron y algunos más. Compuso después un auto y varias comedias de santos, todo por el mismo gusto, adquiriendo general estimación entre las mujeres, los beatos y los muchachos.
Don Francisco Scoti de Agoiz, caballerizo de campo de su Majestad, heredó de su padre (de quien se ha hecho mención anteriormente) la inclinación á la poesía dramática, y compuso algunas comedias que se representaron en los teatros públicos; pero en nada contribuyó á mejorarlos: tales son las que se conservan impresas, que aún son inferiores á las de su padre.
Entre estos autores de inferior mérito sobresalía don José de Cañizares, infatigable escritor de comedias, que supo imitar en las suyas, si no todos los aciertos, toda la irregularidad de las antiguas. No tuvo talento inventor; pero llegó á suplir esta falta con una particular habilidad que manifestó para saber introducir en sus fábulas cuanto había leído en las otras: este fué su mayor estudio. Apenas se hallará en sus comedias una situación de algún interés, sin que fácilmente pueda indicarse el autor de quien la tomó. Á esto añadió de su parte un diálogo animado y rápido, un buen lenguaje y un estilo en los asuntos heróicos crespo, metafórico y altisonante, y en los comunes y domésticos festivo, epigramático, chisposo, si así puede decirse. En los versos cortos tuvo mucha facilidad, pero en los endecasílabos era tan desgraciado, que mereció la censura de Jorge Pitillas, cuando los llamó ramplones y malditos. En los últimos años de Carlos II ya escribía para el teatro. Fué después fiscal de comedias (que este nombre se daba entonces al encargo de censor), y existen aprobaciones suyas desde el año de 1702 hasta el de 1747. Durante la guerra de sucesión fué capitán de caballería, y retirándose del servicio, el duque de Osuna su protector le colocó en la contaduría de su casa. Aún existe la que habitaba en la calle de las Veneras, y en ella murió de avanzada edad, poco antes del año de 1750.
Corren impresas unas ochenta comedias suyas, y como no todas las que escribió se imprimieron, puede inferirse que el número de ellas fué muy considerable. Compuso zarzuelas, comedias de figurón, de enredo amoroso, historiales, mitológicas, de santos, de valentías, de magia; no hubo argumento que él no aplicase al teatro. Si se consideran únicamente aquellas en que más se acercó á la buena comedia, no es posible disimular que en las de figurón excedió los límites de lo verosímil, recargó los caracteres, mezcló muchas gracias y situaciones verdaderamente cómicas con infinitas chocarrerías, y á cada paso adoptó los recursos de una farsa grosera. En las que se propuso por objeto una pasión amorosa, valiéndose de anécdotas y personajes históricos (como en las de El Rey Enrique el Enfermo; Si una vez llega á querer, la más firme es la mujer; El Picarillo en España, y otras de este género), la composición de la fábula no es intrincada ni fatigosa; y con la mucha práctica y facilidad que tenía el autor para los versos octosílabos, introdujo escenas de estilo florido y conceptuoso, no distante de los originales que imitaba, y siempre agradable á la multitud que oye y no examina.
Cañizares tuvo presentes las mejores piezas francesas é italianas que se habían publicado en su tiempo; pero no conoció su mérito, y precisamente las imitaciones que hizo de ellas son lo peor de cuanto escribió para el teatro. Véase El Sacrificio de Ifigenia, y se hallará un embrollo desatinado, compuesto de triquiñuelas de amor, estocadas, soliloquios, batallas campales, diálogos simétricos, baladronadas caballerescas, consejos de guerra, templo y aras, y la diosa Diana que baja cantando en una nubecita para dar fin á tanto delirio. Estilo gigantesco, atestado de metáforas y de imágenes monstruosas é inconexas. Agamenón dice que el monte dividido en dos puntas da al mar abrazos de arena, y que la armada surta en el puerto es una ciudad permanente de peñas sobre cimientos de espuma y cristal; y entre estas bocanadas heróicas alternan á cada paso con donaire de callejuela Lola, criada de Ifigenia, y Pellejo, lacayo de Aquiles. Esta comedia la hizo Cañizares (como él mismo advierte) para mostrar las comedias según el estilo francés. También se atrevió á competir con Metastasio en la comedia intitulada No hay con la patria venganza, y Temístocles en Persia. Allí hay majestades y altezas, y se habla del niño de la rollona, de los diablos, de los serafines y de los ciegos que venden jácaras. Allí hay un insufrible gracioso llamado Tulipán, y un hijo de Temístocles que canta seguidillas: éste y las damas, y el infante Darico, celebran una academia ó certamen poético, y cada cual de los concurrentes responde cantando á las cuestiones delicadas que se proponen unos á otros. Allí hay además un concierto vocal é instrumental, con unas coplillas en que la rosa habla con el clavel de parte de la siempreviva, y el clavel responde. En otra escena el rey llama á un vaso de vino con veneno _denodado bruto y púrpura confeccionada_[2]. Todo esto prueba demasiado que el buen Cañizares escribía sin conocimiento de los preceptos poéticos: su abundante vena le adquirió por espacio de medio siglo una celebridad popular de aquellas que duran en la tiniebla del error, y que luégo se disminuyen ó desaparecen á la luz de mejores doctrinas.
[2] Acerca de esta frase, Hartzenbusch cree que el texto está viciado. Véanse sus apuntes sobre el teatro moderno español,--artículo 3.º--Revista de España, de Indias y del extranjero.--Diciembre 1845.
Fernando VI, muerto su padre, ocupó el trono en el año de 1746. La acción más gloriosa de su reinado fué la de apresurarse á firmar la paz, después de tan sangrientas é inútiles guerras. Su complexión flemática, su delicada sensibilidad, su instrucción no vulgar, la dura sujeción en que había vivido siendo príncipe, todo le estimulaba á procurarse desahogos no conocidos, entregándose á las suaves inclinaciones que por tanto tiempo había tenido que reprimir. María Bárbara de Portugal, su esposa, congeniaba en gran manera con él: celosa del decoro de la majestad, liberal, magnífica, inteligente en las bellas artes, profesora eminente en la música, apreciaba el mérito de los que dedicaban su estudio á cultivarlas. Se hallaban sin hijos, sin esperanza probable de tenerlos, y por consiguiente bien distantes uno y otro de toda idea de ambición; sólo se prometían en su reinado abundancia y felicidad. Las flotas detenidas en la América debían enriquecer prontamente el erario; podían repararse muchos males con una administración regular, y era de creer que libre ya la nación de las calamidades que había sufrido, la corte adquiriría nuevo esplendor, dando lugar á los placeres que proporcionan la riqueza y el buen gusto en el ocio halagüeño de la paz; y así sucedió.
Cuando la reina madre doña Isabel Farnesio se trasladó desde el palacio de Buen Retiro á una casa particular junto á la plazuela de Afligidos, y después al Real sitio de San Ildefonso, deseó que continuara sirviéndola entre los cantores de su cámara Carlos Broschi, llamado Farinello, que algunos años antes había hecho venir de Londres para distraer con su voz suavísima la profunda melancolía de Felipe V; pero la reina Bárbara no quiso permitirlo, y Farinello se quedó en la corte con el título de criado familiar de S. M.
Farinello (dice Riccoboni en sus Reflexiones históricas) _es el último y el más joven de los músicos italianos de gran reputación. Canta por el gusto de Faustina; pero según la opinión de los inteligentes, no sólo es muy superior á ella, sino que ha llegado al último grado de la perfección. En el año de 1734 fué llamado á Londres, en donde cantó tres inviernos con general aplauso; vino á París en el año de 1736, y después de haber lucido su habilidad en las casas más distinguidas, adonde le llamaron favoreciéndole como merece, tuvo el honor de cantar en el cuarto de la reina, y en aquella ocasión le aplaudió el rey con tales expresiones, que toda la corte quedó maravillada. Cuantos le han oído le admiran, y es general la opinión de que Italia no ha producido nunca (y tal vez no producirá en adelante) músico tan perfecto. Actualmente se halla en España, destinado á cantar en el cuarto del rey y de la reina. Aquel monarca, mediante sus liberalidades y las gruesas pensiones que le ha señalado, ha hecho la fortuna del señor Broschi, el cual por su parte ha sabido merecerla, no menos en atención á su habilidad sobresaliente, que á la de sus méritos personales._
Era de presencia sumamente agraciada, como mostraba un retrato suyo pintado por Amiconi, que poseía don José Marquina, corregidor de Madrid: estimable cuadro, que en la noche del 19 de marzo del año 1808 pereció en las llamas al furor popular. Acostumbrado al estudio de las actitudes nobles del teatro, y á la frecuente conversación de personas bien educadas, daba á sus palabras y movimientos el tono, la elegancia y el decoro que tanto interesan en el trato social. Su modestia era admirable: ni el distinguido favor de los reyes, ni los obsequios de los más ilustres personajes de la corte, que solían asistir á su antesala y solicitar con empeño las menores señales de su amistad, fueron bastantes á ensoberbecerle. Á cada paso les recordaba él mismo su origen humilde, su profesión escénica, y sólo convenía en que por uno de los caprichos de la fortuna se había visto trasladado, sin mérito suyo, de las tablas de un teatro público á los piés de un monarca empeñado en favorecerle. Así confundía la torpe adulación de los muchos que le fatigaban solicitando su mediación y su amistad. Pudo influir eficazmente en los destinos de la monarquía, y jamás quiso tomar parte, ni aun remota, en los asuntos del gobierno. Los ministros, ansiosos de complacerle, anhelaban conocer sus deseos, y no pudieron lograrlo; ni quiso empleos, ni influyó en las resoluciones, ni elevó ni persiguió á nadie; tenía parientes en Italia, y á ninguno de ellos permitió que se presentase en Madrid. La historia no ofrece ejemplo de una privanza acompañada de tanta moderación.