Opening the book…

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está encerrado entre guiones bajos (cursiva), el texto en negritas está marcado =así= y el texto en Versalitas está marcado en MAYÚSCULAS.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

En el siglo XIX, fecha en que se tradujo la presente obra, era una costumbre muy habitual la utilización de los pronombres enclíticos. Los pronombres enclíticos son los pronombres personales que aparecen pospuestos cuando se adjuntan al verbo. En el español actual se adjuntan sólo a los infinitivos, a los gerundios y a los imperativos afirmativos. Durante la transcripción de esta obra se respetó la utilización de los pronombres enclíticos independientemente del modo verbal, salvo en el caso del pretérito indefinido, modo indicativo, del verbo "ir" (fue). Se prefirió cambiar "fuese" en este modo verbal por "se fue" porque "fuese" también es la forma de los verbos "ir" y "ser" en pretérito, modo subjuntivo, y se consideró que esa circunstancia, producto de una costumbre no fundada en el uso correcto de la lengua, podría llegar a generar alguna confusión en la interpretación correcta del texto.

Se ha respetado el tilde en las palabras llanas generadas por el uso de pronombres enclíticos ya que cuando la obra fue publicada dicha acentuación era correcta según las reglas de la lengua.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.

El traductor ha traducido "sous" (vigésima parte de un franco) del francés a "sueldo", lo cual es correcto, ya que "sueldo", además de "salario", en español se refiere a moneda, de distinto valor según los tiempos y países, igual a la vigésima parte de la libra respectiva.

El Índice y la lista de ilustraciones han sido reubicados al principio de la obra.

La lista de las ilustraciones contenidas en la edición impresa de la obra no coincide con las ilustraciones incluidas en las imágenes que fueron utilizadas para generar el texto de la presente versión electrónica. En las ilustraciones incluidas con estas imágenes, en el frontispicio hay un retrato del autor, que no está listado; mientras que lo que figura como cubierta en la página 3 de dicha lista posiblemente sea la cubierta original de la edición impresa.

Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores tipográficos y de ortografía.

La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el transcriptor y se concede al dominio público.

El transcriptor quiere expresar su agradecimento a quienes, con sus opiniones en el foro del proyecto, ayudaron a aclarar algunos puntos importantes.

* * * * *

LOS MISERABLES

[Ilustración: =Víctor Hugo=]

[Ilustración: =LOS MISERABLES Por Víctor Hugo=]

LOS MISERABLES

POR
VÍCTOR HUGO

_Edición adornada con láminas al cromo y
grabados intercalados en el texto_

VERSIÓN ESPAÑOLA
DE
J. A. R.

TOMO I

BARCELONA
Casa Editorial «MAUCCI»
296, CONSEJO DE CIENTO, 296
1897

ÍNDICE DE LO QUE CONTIENE ESTE PRIMER TOMO

PRIMERA PARTE
FANTINA

LIBRO PRIMERO.--UN JUSTO

Pág.

I El señor Myriel 5

II El señor Myriel vuélvese monseñor Bienvenido 8

III Á buen obispo, mal obispado 12

IV Obras como palabras 14

V De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo sus sotanas 20

VI Por quien hacía Su Ilustrísima guardar su casa 22

VII Cravatte 27

VIII Filosofía después de beber 30

IX El hermano explicado por la hermana 33

X El obispo en presencia de una luz desconocida 36

XI Una restricción 46

XII Aislamiento de monseñor Bienvenido 49

XIII Sus creencias 52

XIV Lo que él pensaba 55

LIBRO SEGUNDO.--LA CAÍDA

I La tarde de un día de marcha 57

II La prudencia aconseja á la sabiduría 67

III Heroísmo de la obediencia pasiva 71

IV Detalles acerca de las queserías de Pontarlier 75

V Calma 78

VI Juan Valjean 79

VII La desesperación por dentro 83

VIII Ola y sombra 89

IX Nuevos agravios 91

X El hombre desvelado 92

XI Lo que hacía 94

XII El obispo trabaja 97

XIII Gervasillo 100

LIBRO TERCERO.--EN EL AÑO 1817

I El año 1817 107

II Doble cuarteto 112

III Cuatro y cuarto 115

IV Tholomyés está tan alegre, que canta una canción española 118

V En casa de Bombarda 120

VI Capítulo de amor 122

VII Sabiduría de Tholomyés 124

VIII Muerte de un caballo 128

XI Gracioso fin de la alegría 130

LIBRO CUARTO--CONFIAR ES CASI SIEMPRE ABANDONARSE

I Una madre que se encuentra con otra 133

II Primer esbozo de dos figuras sombrías 140

III La alondra 141

LIBRO QUINTO.--DESCENSO

I Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios negros 144

II Magdalena 145

III Sumas depositadas en casa Laffitte 148

IV El señor Magdalena de luto 150

V Vagos relámpagos en el horizonte 152

VI Fauchelevent 156

VII Fauchelevent, jardinero en París 158

VIII La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad 159

IX Triunfo de la señora Victurnien 162

X Prosigue el triunfo 164

XI Christus nos liberavit 168

XII La ociosidad del señor Bomatabois 169

XIII Solución de algunas cuestiones de policía municipal 171

LIBRO SEXTO.--JAVERT

I Principio del reposo 178

II De cómo Juan puede llegar á ser champ 181

LIBRO SÉPTIMO.--LA CAUSA CHAMPMATHIEU

I Sor Simplicia 189

II Perspicacia de Maese Scaufflaire 191

III Una tempestad bajo un cráneo 195

IV Formas que toma el sufrimiento durante el sueño 210

V Los rayos de las ruedas 213

VI Sor Simplicia puesta á prueba 222

VII El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse 228

VIII Entrada de favor 231

IX Lugar en el cual van formándose las convicciones 234

X El sistema de negativas 239

XI Champmathieu más y más asombrado 245

LIBRO OCTAVO.--RETROCESO

I En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos 249

II Fantina dichosa 251

III Javert contento 254

IV La autoridad recobra sus derechos 257

V Tumba apropiada 260

SEGUNDA PARTE
COSETTE

LIBRO PRIMERO.--WATERLOO

I Lo que se encuentra viniendo de Nivelles 265

II Hougomont 266

III El 18 de junio de 1815 272

IV A 274

V El quid obscurum de las batallas 275

VI Cuatro horas después del medio día 278

VII Napoleón de buen humor 280

VIII El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste 285

IX Lo inesperado 287

X La meseta de Mont-Saint Jean 290

XI Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow 294

XII La guardia 295

XIII La catástrofe 296

XIV El último cuadro 298

XV Cambronne 299

XVI ¿Quot libras induce? 301

XVII ¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo? 305

XVIII Recrudescencia del derecho divino 306

XIX El campo de batalla por la noche 308

LIBRO SEGUNDO.--EL NAVÍO ORIÓN

I El número 24601 se trueca en el 9430 313

II Donde se leerán dos versos que son tal vez del diablo 316

III De por fuerza la cadena del grillete debía haber sufrido alguna operación preparatoria para romperse de un solo martillazo 319

LIBRO TERCERO.--CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA

I La cuestión del agua en Montfermeil 326

II Dos retratos completados 329

III Los hombres necesitan vino, los caballos agua 333

IV Entrada en escena de una muñeca 335

V La chiquilla sola 336

VI Donde tal vez se pruebe la inteligencia de Boulatruelle 340

VII Cosette en la sombra junto al desconocido 344

VIII Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez sea un rico 347

IX Thénardier maniobrando 361

X Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor 367

XI Reaparece el número 9430 y Cosette lo gana á la lotería 371

LIBRO CUARTO.--LA CASUCHA DE GORBEAU

I Maese Gorbeau 372

II Nido para búho y curruca 377

III Dos desgracias mezcladas producen la felicidad 378

IV Lo que observó la inquilina principal 381

V Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace ruido 383

LIBRO QUINTO.--Á CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA

I Las sinuosidades de la estrategia 386

II Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz pasen carruajes 388

III Véase el plano de París en 1727 390

IV Tentativas de evasión 392

V Lo que sería imposible con el alumbrado por gas 394

VI Principio de un enigma 397

VII Continuación del enigma 399

VIII Auméntase el enigma 400

IX El hambre del cascabel 402

X Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente 405

LIBRO SEXTO.--EL PEQUEÑO-PICPUS

I Callejuela de Picpus, núm. 62 412

II La obediencia de Martín Verga 414

III Severidades 420

IV Alegrías 421

V Distracciones 424

VI El convento pequeño 428

VII Algunas siluetas en aquella sombra 430

VIII Post corda lapides 431

IX Un siglo bajo una toca 433

X Origen de la adoración perpetua 434

XI Fin del pequeño Picpus 436

LIBRO SÉPTIMO.--PARÉNTESIS

I El convento: idea abstracta 437

II El convento: hecho histórico 438

III Con qué condición puede respetarse lo pasado 440

IV El convento bajo el punto de vista de los principios 442

V La oración 443

VI Bondad absoluta de la oración 444

VII Precauciones indispensables para condenar 446

VIII Fe, ley 446

LIBRO OCTAVO.--LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA

I Donde se trata de la manera de entrar en un convento 448

II Fauchelevent ante la dificultad 454

III La madre Inocente 456

IV Donde parece que Juan Valjean había leído á Agustín Castillejo 464

V No basta ser borracho para ser inmortal 469

VI Entre cuatro tablas 474

VII Donde se verá el origen de la frase: no pierdas el billete 475

VIII Interrogatorio feliz 482

IX Clausura 484

TERCERA PARTE
MARIO

LIBRO PRIMERO.--PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO

I Parvulus 490

II Algunas de sus señas particulares 491

III Es divertido 492

IV Puede ser útil 492

V Sus fronteras 493

VI Un poco de historia 495

VII El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de la lucha 496

VIII Donde se leerá una buena frase del último rey 498

IX El antiguo espíritu de los galos 499

X Ecce París, ecce homo 499

XI Reir es reinar 502

XII El latente porvenir del pueblo 503

XIII El niño Gavroche 504

LIBRO SEGUNDO.--EL NOBLE BURGUÉS

I Noventa años, y treinta y dos dientes 506

II Á tal amo, tal casa 508

III Lucas Espíritu 509

IV Aspirante á centenario 509

V Vasco y Nicolasita 510

VI Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos 511

VII Regla: no recibir á nadie más que de noche 513

VIII Las dos no hacen pareja 513

LIBRO TERCERO.--EL ABUELO Y EL NIETO

I Una tertulia antigua 515

II Uno de los espectros rojos de aquel tiempo 518

III Requiescant 523

IV Fin del bandido 529

V Utilidad de ir á misa para hacerse revolucionario 532

VI Consecuencias de haber encontrado á un capillero 533

VII Algún amorcillo 538

VIII Mármol contra granito 542

LIBRO CUARTO.--LOS AMIGOS DEL A B C

I Un grupo que le ha faltado poco para llegar á ser histórico 546

II Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet 557

III Admiraciones de Mario 559

IV La sala interior del café Musain 561

V Dilatación del horizonte 567

VI Res augusta 570

LIBRO QUINTO.--EXCELENCIA DE LA DESGRACIA

I Mario indigente 572

II Mario pobre 574

III Mario crecido 576

IV El señor Mabeuf 580

V Pobreza muy próxima á la miseria 583

VI El sustituto 585

LIBRO SEXTO.--LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS

I El apodo; manera de formar nombres de familia 589

II Lux facta est 591

III Efecto de primavera 593

IV Principio de una grande enfermedad 594

V Caen varios rayos sobre la tía Bougón 596

VI Aprisionado 597

VII Aventuras de la letra U dentro de las conjeturas 599

VIII Hasta los inválidos pueden ser felices 600

IX Eclipse 602

PLANTILLA Para la Colocación de las Láminas del Tomo 1.º

Pág. Víctor Hugo frontis.

Portada 3

El obispo bendijo la mesa 74

Thénardier robando á los cadáveres, etc. 312

Ya me dormía--dijo Juan Valjean 479

PREFACIO

_Mientras exista, por la fuerza de las leyes y de las costumbres el peligroso vicio social de crear infiernos artificiales en plena civilización, complicando con fatalidad humanas la divinidad del destino; mientras los problemas del siglo: la degradación del hombre en el proletariado, la decadencia de la mujer por el hambre y la atrofia del niño por las tinieblas, no estén resueltos; mientras sea posible en ciertas regiones, la asfixia social; ó de otra manera, y hablando en términos más claros: mientras exista sobre la tierra ignorancia y miseria, pueden no ser inútiles los libros de la naturaleza presente._

Víctor Hugo.

HAUTEVILLE HOUSE, 1862.

[Ilustración]

PRIMERA PARTE
FANTINA

LIBRO PRIMERO
UN JUSTO

[Ilustración]

I
=El señor Myriel=

En 1815 el señor Carlos Francisco Bienvenido Myriel estaba de obispo en D***. Era este un anciano como de setenta y cinco años y ocupaba el obispado de D*** desde 1806.

Por más que semejante detalle no tenga nada que ver con el fondo de lo que nos proponemos relatar, no estará tal vez fuera del caso, aún cuando no tenga otro objeto que el de ser verdaderos en todo, al consignar los rumores y murmuraciones que acerca de su personalidad habían circulado cuando llegó á tomar posesión de su diócesis. Lo que de los hombres se dice, verdadero ó falso, ocupa generalmente en su existencia é influye sobre todo en su porvenir, tanto como lo que hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del parlamento de Aix; nobleza de toga. Se decía que su padre, deseando que heredara su cargo, le había casado siendo aún muy joven, esto es, á los diez y ocho ó veinte años, siguiendo una costumbre muy generalizada entre las familias de los magistrados. Carlos Myriel, sin embargo de su matrimonio, había dado bastante que hablar. Á pesar de su corta estatura, era de presencia gallarda, elegante, graciosa y espiritual; la primera parte de su vida perteneció por completo al mundo y á la galantería.

Sobrevino la Revolución, precipitáronse los acontecimientos, dispersáronse, diezmadas por la persecución general, las familias de la antigua magistratura, y el señor Carlos Myriel, desde las primeras jornadas de la revolución, emigró á Italia. Su esposa, falleció allí, de una enfermedad de pecho de la que venía padeciendo hacía mucho tiempo. No tuvieron hijos. ¿Qué aconteció luego en los destinos del señor Myriel? El derrumbamiento de la antigua sociedad francesa, la caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, más horrorosos sin duda para los emigrados que los miraban de lejos con el agrandamiento del miedo ¿engendraron tal vez en su alma ideas de retiro y soledad? Entre alguna de las diversas afecciones ó distracciones que llenaban su vida, ¿se vió herido de súbito por un golpe terrible y misterioso, de esos que muchas veces aplastan el corazón del hombre que las catástrofes públicas no conmovería aún cuando atacasen su existencia ó su fortuna? No podemos decirlo; sólo sabemos que á su vuelta de Italia era sacerdote.

En 1804, el señor Myriel ocupaba el curato de B. (Brignoles). Era ya viejo y vivía completamente retraído.

Durante la época de la coronación, cierto insignificante asunto de su ministerio que no podemos precisar, le llevó á París. Entre otras personas de valimiento á quienes acudió en bien de sus feligreses contábase el cardenal Fesch. Un día en que el emperador había ido á visitar á su tío, el digno cura que esperaba en la antecámara se encontró al paso con Su Majestad; Napoleón, al observar que el buen anciano le miraba con cierta curiosidad, volvióse y dijo bruscamente:

--¿Quién es este buen hombre que me mira?

--Señor,--dijo el señor Myriel;--vos mirando un buen hombre y yo un grande hombre, podemos ambos aprovecharnos de ello.

Aquella misma noche pidió el emperador al cardenal el nombre de aquel cura, y algún tiempo después fué sorprendido el señor Myriel con el nombramiento de obispo de D***.

¿Qué había de verdad, por otra parte entre los cuentos que se inventaban sobre la primera parte de la vida del señor Myriel? Nadie lo sabía. Pocas eran las familias que habían conocido á la del señor Myriel antes de la revolución.

El señor Myriel debía correr la suerte de todo recién llegado á una pequeña población, donde se encuentran muchas bocas que hablan y muy pocas cabezas que piensen. Debía correrla, por más que fuése obispo y por que era obispo. Sin embargo, las murmuraciones con las que iba mezclado su nombre no pasaban de murmuraciones, es decir: murmullos, frases, palabras; menos que palabras, palabrerías, como diríamos en el idioma enérgico del Mediodía.

Sea como fuere, después de nueve años de episcopado y de residencia en D*** todos los cuentos, objeto de las conversaciones del primer momento, en que se ocupan las pequeñas poblaciones y la gente pequeña, habían caído en el olvido más profundo. No había quien se atreviese á hablar de ello ni quien osase recordarlo siquiera.

El señor Myriel había ido á D*** en compañía de una buena señora, la señorita Batistina, hermana suya, la cual contaba diez años menos que él.

No tenían ambos más servidores que una criada de la misma edad que la señorita Batistina, á quien llamaban señora Magloria, la cual, después de haber sido el ama del señor cura, tomó á la sazón el doble título de camarera de la señorita y ama de gobierno de su ilustrísima.

Era la señorita Batistina de corta estatura, delgada, pálida y bondadosa; la encarnación del ideal expresado en la palabra «respetable» puesto que parece necesario en una mujer para ser venerable, el haber sido madre. Jamás había sido bonita; no había sido su existencia otra cosa que una serie no interrumpida de obras piadosas, la cual había acabado por derramar sobre ella cierta especie de blancura diáfana; así es que, al envejecer, había adquirido lo que podríamos llamar hermosura de la bondad. Lo que en su juventud había sido flaquedad convirtióse con los años en transparencia, al través de la cual se adivinaba el ángel. Era mejor que una virgen, un alma. Parecía su persona hecha de sombra; apenas tenía bastante cuerpo para encerrar un sexo; un poco de materia conteniendo una luz; dos grandes ojos fijos siempre en la tierra, esto es, un pretexto para que el alma viviese en ella.

La señora Magloria era una viejecilla blanca, rellena, sonrosada, rechoncha, activa, hacendosa y atareada y sofocada siempre, á causa de su actividad natural al principio, á causa de su asma después.

Á su llegada, dieron posesión al señor Myriel de su palacio episcopal, con los honores decretados por el imperio, según los cuales, se coloca al obispo inmediatamente después de el mariscal. El alcalde y el presidente le hicieron la primera visita, y él, por su parte, hizo su visita primera al general y al prefecto.

Terminada la instalación, esperó la ciudad á apreciar al obispo por sus obras.

II

=El señor Myriel vuélvese Monseñor Bienvenido=

El palacio episcopal de D*** estaba situado junto al hospital.

Era dicho palacio un grandioso y magnífico edificio labrado en piedra á principios del último siglo, por monseñor Enrique Puget doctor en teología de la facultad de París y abad de Simore, el cual fué nombrado obispo de D*** en 1712. Este palacio era una verdadera morada señorial. Todo era espléndido en él, las habitaciones del obispo, los salones, las cámaras interiores, el patio de honor extensísimo con sus galerías de arcos, y según la antigua costumbre florentina, los jardines plantados de magníficos árboles.

En la sala comedor, ancha y soberbia galería situada en el piso bajo con acceso á los jardines, monseñor Enrique Puget dió en 29 de Julio de 1714 un gran banquete de honor á los eminentes señores Carlos Brulart de Genlis, arzobispo y príncipe de Embrun; Antonio de Mesgrigny, capuchino, obispo de Grasse; Felipe de Vendôme, gran prior de Francia y Abad de San Honorato de Lerins; Francisco de Berton de Crillón, obispo y barón de Vence; César de Sabran de Forcalquier, obispo y señor de Glandeve, y Juan Soanen, predicador del rey, capellán del Oratorio, obispo y señor de Senez.

Los retratos de estos siete reverendos personajes adornaban la sala, al par de esta fecha memorable «29 DE JULIO DE 1714» grabada en letras de oro sobre una lápida de mármol blanco.

El hospital era una pequeña casa baja, reducida á un solo piso, con un jardín insignificante.

Á los tres días de su llegada visitó el obispo el hospital. La visita terminó rogando al director que se sirviese hacerle otra á su vez en su palacio.

Dos días después, el director del hospital sostenía con el obispo el siguiente diálogo:

--Señor director del hospital, ¿cuántos enfermos tenéis en este momento?--le preguntó el obispo.

--Veintiséis, monseñor.

--Los mismos que yo había contado.

--Las camas,--repuso el director,--están casi unidas las unas á las otras.

--Esto mismo he notado.

--Las salas, no son más que cuartos, y el aire se renueva difícilmente en ellas.

--Esto me parece.

--Y luego, cuando viene un rayo de sol, es el jardín demasiado pequeño para los convalescientes.

--También lo creo así.

--En tiempos de epidemia, este año hemos tenido el tifus, y hace dos años tuvimos la fiebre miliar, más de cien enfermos reunidos dan mucho que hacer.

--También pensé yo en ello.

--¡Cómo ha de ser, monseñor!--exclamó el director del hospital,--es preciso conformarse.

Esta conversación tenía lugar en la galería comedor, situada junto al jardín.

El obispo permaneció callado unos instantes, después de los cuales dirigiéndose de súbito al director del hospital le dijo:

--Señor mío: ¿cuántas camas creéis que caben buenamente en esta sala?

--¿En la sala comedor de su ilustrísima?--preguntó estupefacto el director.

El obispo recorría la sala con su mirada, pareciendo como que tomase medidas y echase cálculos.

--Aquí caben perfectamente veinte camas,--decía hablando consigo mismo;--luego, levantando la voz:

--Atended, señor director del hospital,--dijo.--Existe aquí un evidente error. Allí estáis reducidos á cinco ó seis departamentos, veintiséis personas. Aquí no somos más que tres y tenemos espacio para sesenta. Hay error, lo repito: vosotros ocupáis mi lugar y yo el vuestro. Devolvedme por lo tanto mi casa y tomad la que os pertenece.

Al día siguiente, estaban los veintiséis enfermos pobres instalados en el palacio del obispo, y el obispo en el hospital.

Monseñor Myriel carecía de bienes, por haber sido arruinada su familia por la Revolución. Su hermana percibía una renta vitalicia de quinientos francos, que satisfacía en el curato sus gastos personales. Monseñor Myriel cobraba del Estado, como obispo, un sueldo de quince mil francos.

El mismo día en que se alojó en el hospital, determinó monseñor Myriel emplear de una vez para siempre aquella suma en la siguiente forma. Transcribimos aquí la nota escrita de su propia mano.

NOTA PARA REGULAR LOS GASTOS DE MI CASA

Para el pequeño seminario Mil quinientas libras. Congregación de la misión Cien libras. Para los lazaristas de Montdidier Cien libras. Seminario de las misiones extranjeras en París Doscientas libras. Congregación del Espíritu Santo Ciento cincuenta libras. Establecimientos religiosos de la Tierra Santa Cien libras. Sociedades de caridad maternal Trescientas libras. Además, para la de Arlés Cincuenta libras. Obra para el mejoramiento de cárceles Cuatrocientas libras. Obra para el alivio y redención de presos Quinientas libras. Para libertar á los padres de familia presos por deudas Mil libras. Suplemento al sueldo de los pobres maestros de escuela de la diócesis Dos mil libras. Pósito de los Altos Alpes Cien libras. Congregación de señoras de D***, de Manosque y de Sisterón, para la enseñanza gratuita de niñas indigentes Mil quinientas libras. Para los pobres Seis mil libras. Mis gastos personales Mil libras.

Total Quince mil libras.

Durante todo el tiempo que ocupó la sede de D*** monseñor Myriel no varió en nada esta disposición. Llamábala, como hemos visto, tener regulados los gastos de su casa.

Este arreglo fué aceptado con sumisión absoluta por la señorita Batistina. Para esta santa criatura, Monseñor de D***, era á un mismo tiempo su hermano y su obispo; su amigo por la naturaleza, y su superior según la Iglesia. Le amaba y veneraba sencillamente. Cuando él hablaba, asentía inclinándose; cuando obraba, se adhería á sus obras. Sólo el ama, la señora Magloria, murmuraba un poco.

El señor obispo, como se habrá comprendido, no se reservaba más que mil libras, las cuales, unidas á la pensión de la señorita Batistina, sumaban mil quinientas anuales. Con estas mil quinientas libras vivían las dos ancianas y el anciano.

Y cuando algún cura de aldea iba á D***, aún encontraba el señor obispo con qué agasajarle, gracias á la severa economía de la señora Magloria; y á la inteligente administración de la señorita Batistina.

Cierto día, á los tres meses de estar en D***, dijo el obispo:

--¡Con todo y con esto me encuentro bastante apurado!

--Ya lo creo,--exclamó la señora Magloria,--como que monseñor no ha reclamado siquiera la renta que le adeuda el departamento por sus gastos de carruaje en la ciudad y de visita en la diócesis, según costumbre de los obispos de otros tiempos.

--¡Es verdad!--dijo el obispo,--tenéis mucha razón, señora Magloria.

Y presentó su reclamación.

Algún tiempo después, el consejo general tomaba en consideración la solicitud del obispo, votó en su favor una suma anual de tres mil francos, bajo el siguiente epígrafe: Asignación al señor obispo, para gastos de carruaje, postas y visitas pastorales.

Esto dió mucho que hablar á la clase media de la localidad, y con tal motivo, un senador del Imperio, antiguo miembro del Consejo de los Quinientos, favorable al del diez y ocho Brumario y agraciado por la ciudad de D*** con una magnífica senaduría, escribió al ministro de Cultos, señor Bigot de Preamenú, una esquela confidencial irritadísima, de la cual tomamos las siguientes líneas auténticas:

«--¿Gastos de carruaje? ¿Á qué objeto en una ciudad de menos de cuatro mil habitantes? ¿Gastos de viaje? ¿Á qué hacer semejantes viajes? ¿Ni como ha de correr la posta en un país montañoso? Aquí no hay carreteras, ni se puede viajar más que á caballo. El mismo puente de Durance en Château-Arnoux, apenas puede sostener las carretas de bueyes. Estos curas son todos iguales, ambiciosos y avaros. Éste cuando vino, hizo la del buen apóstol. Ahora ya hace como los demás, necesita coche y silla de posta. Quiere ya como los antiguos obispos tener lujo. ¡Oh! es mucha clerigalla ésta! Señor conde, las cosas no irán como deben ir hasta que el emperador no nos libre de solideos. ¡Abajo el papa! (Entonces andaban embrollados los negocios con Roma). Yo por mi parte estoy por el César único y solo, etc., etc.».

En cambio la cosa regocijó mucho á la señora Magloria.

--Bueno,--dijo ella á la señorita Batistina,--monseñor ha comenzado por los otros, pero á la postre le ha sido preciso acabar por sí mismo. Tiene ya arregladas todas sus limosnas. He aquí por lo tanto tres mil francos para nosotros. ¡Al fin!

Aquella misma noche, el obispo escribió y entregó á su hermana una nota, concebida en los siguientes términos:

GASTOS DE CARRUAJE Y VISITAS

Para dar caldo de carne á los enfermos del hospital Mil quinientas libras. Para la sociedad de caridad maternal de Aix Doscientas cincuenta libras. Para la sociedad de caridad maternal de Draguignan Doscientas cincuenta libras. Para los niños expósitos Quinientas libras. Para los huérfanos Quinientas libras.

Total Tres mil libras.

Tal fué el presupuesto de monseñor Myriel.

En cuanto á los derechos episcopales, dispensa de amonestaciones, dispensas de parentesco, aspersiones, predicaciones, bendición de iglesias ó capillas, casamientos, etc., el obispo los cobraba á los ricos con igual rigor que presteza tenía para darlo á los pobres.

Al poco tiempo afluyeron las ofrendas en dinero. Los ricos y los pobres llamaban á la puerta de monseñor Myriel; acudían los unos á recoger la limosna que iban los otros á depositar. En menos de un año, llegó á ser el obispo el tesorero de todas las buenas obras, y el cajero de todas las necesidades. Pasaban por sus manos sumas considerables; pero nada logró hacerle cambiar en lo más mínimo su género de vida, ni añadir la menor superfluidad á sus necesidades.

Lejos de eso, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad arriba, todo estaba, por así decirlo, repartido antes de recibido; era como el agua en tierra seca; por mucho dinero que le dieran, nunca lo tenía. Entonces se despojaba de lo suyo.

Siendo costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de pila sus mandatos y letras pastorales, los pobres del país habían escogido con cierta especie de instinto afectuoso, entre los nombres del obispo, aquel que ofrecía un significado en relación con su modo de ser, así es que no le llamaban más que monseñor Bienvenido. Nosotros haremos otro tanto, y como ellos, le llamaremos así en lo sucesivo. Por lo demás, el que se le designase con este nombre le complacía.

--Me agrada el nombre,--decía, Bienvenido;--suaviza el monseñor.

No pretendemos que el retrato que aquí bosquejamos sea verdadero; nos concretamos á consignar que es parecido.

III

=Á buen obispo, mal obispado=

Aunque el señor obispo había convertido su carruaje en limosnas, no dejaba por ello de hacer sus visitas pastorales. La diócesis de D*** es verdaderamente pesada, hay en ella poquísimas llanuras y muchas montañas; sin caminos casi, como hemos visto, comprende treinta y dos curatos, cuarenta y un vicariatos y doscientos ochenta y cinco agregados. Visitar todo eso era penosísimo, sin embargo, el señor obispo llenaba cumplidamente su misión. Cuando debía visitar un punto cercano iba á pie, en tartana cuando estaba en la llanura y, como Dios le daba á entender, en la montaña. Las dos viejecitas le acompañaban generalmente, pero cuando el camino era demasiado penoso para ellas, iba solo.

Un día llegó á Senez, antigua ciudad episcopal, montado en un asno. Su bolsa, harto escasa á la sazón, no le había permitido tomar otro vehículo. El alcalde del pueblo salió á recibirle mirándole apearse de semejante cabalgadura con ojos escandalizados. Varios vecinos reían en derredor suyo.

--Señor alcalde,--dijo el obispo,--y señores acompañantes, bien se me alcanza lo que os escandaliza; creéis que prueba mucho orgullo en un pobre sacerdote montar una cabalgadura igual á la de Jesucristo. Hágolo por necesidad y no por vanidad, os lo aseguro.

En sus visitas era siempre indulgente y bondadoso: predicaba menos que hablaba. No buscaba nunca raciocinios ni ejemplos remotos. Á los habitantes de una comarca citaba el ejemplo de otra comarca vecina. En los lugares donde eran duros para los menesterosos les decía:

--Ved lo que hacen los de Brianzón. Han dado permiso á los pobres, á las viudas y á los huérfanos, para que vayan á cortar yerba en sus prados tres días antes que á ningún otro; y les reparan las casas gratuitamente cuando están ruinosas. Por eso Dios bendice ese país. En todo un siglo de cien años no ha habido en su comarca un solo asesino.

En los pueblos avaros y perezosos, decía:

--Ved á los de Embrun. Si al tiempo de la cosecha se encuentra un padre de familia con que sus hijos están en el ejército y sus hijas sirviendo en la ciudad, y él se encuentra enfermo é impedido, el cura le recomienda desde el púlpito; y el domingo, después de misa, todas las gentes del lugar, hombres, mujeres y niños, van al campo del pobre infeliz, le hacen su siega, y luego llevan á su granero paja y grano.

Á las familias divididas por cuestión de interés y herencia les decía:

--Mirad á los montañeses de Devolny, país tan salvaje, que no se oye cantar en él un ruiseñor en cincuenta años. Pues bien; cuando muere en una familia el padre, vanse los mozos á probar fortuna, dejando la hacienda á las muchachas para que puedan encontrar marido.

En los lugares donde reinaba la afición á pleitos y se arruinaban los labradores comprando papel sellado, solía decirles:

--Tomad ejemplo de esos buenos campesinos del valle de Queiras. Existen allí unas tres mil almas. ¡Bendito sea Dios! es aquello una pequeña república. Allí no se conoce escribano ni juez. El alcalde lo hace todo. Él arregla el reparto de la contribución; él fija en conciencia á cada cual su cuota, juzga gratis toda diferencia, divide las herencias sin honorarios, da las sentencias sin gastos; y le obedecen, porque es un hombre justo entre hombres sencillos.

En los pueblos donde no encontraba maestro de escuela, citaba también el de Queiras:

--¿Sabéis lo que hacen?--decía:--Como en los lugares de doce á quince chozas no se puede sostener siempre un maestro, los tienen pagados por todo el valle, los cuales recorren las aldeas, pasando ocho días en una, diez en otra, y así enseñando. Los tales maestros acuden á las ferias, donde yo los he visto, y se los conoce por las plumas de escribir que llevan en la cinta del sombrero. Los que únicamente enseñan á leer llevan solamente una pluma, los que enseñan á leer y contar, dos; los que enseñan latín además de la lectura y el cálculo, llevan tres plumas... Estos son los más sabios. ¡Qué vergüenza el ser ignorantes! Haced, haced lo que hacen los de Queiras.

De esta manera hablaba, grave y paternalmente; á falta de ejemplos inventaba parábolas, yendo siempre derecho á su objeto, con pocas frases y muchas imágenes, que esta era la elocuencia de Jesucristo, convencida y persuasiva.

IV
=Obras como palabras=

Su conversación era afable y alegre, siempre al alcance de las dos ancianas que pasaban la vida junto á él; cuando reía, su risa era la de un estudiante.

La señora Magloria le trataba siempre de eminencia. Cierto día levantóse de su sillón, y fué á su biblioteca á buscar un libro. Estaba el libro en una de las tablas más altas de la estantería, y como el obispo era de cortísima estatura, no lograba alcanzarle.

--Señora Magloria,--dijo,--arrimad una silla; mi eminencia no alcanza á esa tabla.

Una de sus parientas de cuarto ó quinto grado, la condesa de Lô, desperdiciaba raras veces la ocasión de enumerar en presencia suya lo que ella llamaba «las esperanzas» de sus tres hijos. Tenía la tal, muchos ascendientes viejos ya y próximos á morir, de quienes eran sus hijos herederos naturales. El más joven de los tres debía heredar de una tía abuela más de cien mil libras de renta; el segundo debía suceder á un su tío en el título de duque y el mayor á su abuelo en la dignidad de par.

El obispo oía silencioso tan inocentes como perdonables alardes maternales. Una vez, sin embargo, pareció más pensativo que de costumbre, al repetir la condesa de Lô los pormenores de todas aquellas sucesiones y «esperanzas». Interrumpióse á sí misma la condesa, diciendo con cierta impaciencia:

--¡Dios mío, primo! ¿en qué estáis pensando?

--Pienso,--contestó el obispo,--en una frase bien singular, que me parece de San Agustín: «Poned vuestra esperanza en aquel á quien nadie ha de suceder».

Otra vez, al recibir una carta en que se le anunciaba la muerte de un hidalgo del país, en la que iban enumerados en larga fila, además de las dignidades del difunto, todos los títulos feudales y nobiliarios de su parentela, exclamó:--¡Qué buenas espaldas tiene la muerte! ¡Qué carga más admirable de títulos le hacen llevar alegremente, y cuánto ingenio deben tener los hombres que así llenan la tumba de vanidades!

Tenía oportunas y suaves salidas satíricas, que encerraban casi siempre una lección moral.

Durante una cuaresma, fué á D*** un cura joven, quien predicó en la catedral. Estuvo bastante elocuente; el objeto de su sermón era la caridad. Invitó á los ricos á dar á los pobres para evitar el infierno, que pintó todo lo mas horroroso que supo, y á ganar el cielo, que presentó halagüeño y seductor. Había entre los oyentes un rico mercader retirado, un tanto usurero, llamado Geborad, el cual había ganado dos millones en la fabricación de paños burdos, sargas y bayetas. En su vida, el señor Geborad, había dado limosna á ningún pobre. Desde el día de aquel sermón, notóse que daba todos los domingos una moneda de cinco sueldos á las viejas pobres que mendigaban á las puertas de la catedral. Eran seis, y tenían que partirse entre todas aquella moneda.

Vióle un día el obispo dando su limosna, y dijo á su hermana sonriendo:

--Mira, mira al señor Geborad comprando cinco sueldos de cielo.

Cuando se trataba de caridad, no se acobardaba jamás ante una negativa, siempre encontraba palabras con que contrarrestarla.

Cierto día estaba pidiendo para los pobres en una de las tertulias de la ciudad; encontrábase en ella el marqués de Champtercier, viejo, rico y avaro, el cual había sabido encontrar la manera de ser á un tiempo ultra realista y ultra-volteriano. Es género que ha existido. Llegóse á él el obispo, y cogiéndole del brazo le dijo:

--Señor marqués, es indispensable que deis alguna cosa.

Volvióse el marqués, y respondió secamente:

--Monseñor, tengo ya mis pobres.

--Pues dádmelos,--replicó el obispo.

Un día predicó en la catedral este sermón:

--«Queridísimos hermanos y amigos míos: existe en Francia un millón trescientas veinte mil casas de aldeanos que solo tienen tres aberturas; un millón ochocientas diez y siete mil que solo tienen dos, la puerta y una ventana; y finalmente, trescientas cuarenta y seis mil chozas, que no tienen mas que la puerta. Esto es á consecuencia de una cosa que llaman la contribución de puertas y ventanas. Llenemos de familias pobres, mujeres viejas y criaturas pequeñas, esas casuchas, y pronto tendremos calenturas y otras enfermedades. ¡Dios da el aire á los hombres, y la ley se lo vende! No acuso á la ley, pero bendigo á Dios. En el Isere, en el Var, en ambos Alpes, Altos y Bajos, los campesinos no tienen siquiera carretoncillos, teniendo que transportar el estiércol á cuestas; carecen de velas, y se alumbran con teas resinosas y pedazos de cuerda embreados.

«Lo mismo sucede en toda la parte alta del Delfinado. Amasan pan para seis meses, y lo cuecen con boñiga de vaca seca. En invierno parten á hachazos ese pan, que tienen que poner veinticuatro horas en remojo para poder comerle.

«¡Hermanos míos, sed compasivos! ¡Considerando lo mucho que se padece en rededor nuestro!»

Habiendo nacido en la Provenza, se había familiarizado sin esfuerzo con todos los dialectos del Mediodía. Decía así: ¡Eh bé! moussu, sés sagé? como en el bajo Languedoch.--¿Onté anaras passa? en los bajos Alpes.--Puerte un bouen moutou embe un bouen fromage qrase, en el alto Delfinado. Esto complacía mucho al pueblo y contribuía no poco á ganarle simpatías con todo el mundo. Encontrábase en la cabaña, y aún en medio del monte, como en su casa. Sabía decir las verdades mas sublimes en los idiomas mas vulgares; hablando en todas las lenguas, penetraba fácilmente en todas las almas.

Por lo demás, él era siempre el mismo, así para las gentes del gran mundo como para las del pueblo.

Jamás condenaba á nadie ni nada, sin apreciar debidamente las circunstancias, para lo cual solía decir: veamos el camino por donde ha pasado la falta.

Siendo, como se calificaba á sí mismo sonriendo, un ex pecador, no poseía ninguna de las asperezas del rigorismo, estaba siempre mas elevado, sin preocuparse poco ni mucho del fruncimiento de cejas de los virtuosos intransigentes; su doctrina podía reasumirse en estos términos:

«El hombre lleva sobre sí la carne que es á la vez su carga y su tentación. La lleva y sucumbe á su peso.

«Debe guardarla, contenerla y reprimirla, sin sucumbir hasta el postrer esfuerzo. En este caso puede existir aún falta; pero las faltas de esta naturaleza no pasan de veniales; son una caída, sí, pero una caída sobre las rodillas que pueden convertirse en plegaria.

«Ser santo, es la excepción; ser justo, la regla general. Errad, desfalleced, pecad, pero sed justos.

«Pecar lo menos posible, esta es la ley del hombre. No cometer jamás pecado alguno es sueño de ángeles. Todo lo terrenal está sujeto á pecar. El pecado es la gravitación».

Cuando veía á muchos que gritaban fuerte y se indignaban fácilmente decía sonriendo:--¡Caramba! parece que se trata de un gran crimen cometido por todo el mundo, y que los hipócritas espantados se apresuran á protestar para estar á cubierto.

Era sobre todo indulgente para con las mujeres y los pobres, sobre quienes gravita con todo su peso la sociedad. Decía él: Las faltas de las mujeres, de los niños, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los ignorantes, son faltas de los maridos, de los padres, de los maestros, de los fuertes, de los ricos y de los sabios.

Decía además:--Á los que ignoran, enseñadles lo más que podáis: la sociedad es culpable de no dar gratis la instrucción y responsable por lo tanto, de la obscuridad que ella produce. Si un alma envuelta en tinieblas comete pecado, no es ella, aunque peque, la culpable, sino el que produjo las sombras.

Como se ve, tenía su manera especial de juzgar de las cosas. Supongo que la había sacado del Evangelio.

Cierto día oyó hablar en una reunión de un proceso criminal que se estaba instruyendo y que pronto se debía fallar. Tratábase de un infeliz quien por amor á una mujer y un hijo, que de la misma había, y falto de recursos, cometió la torpeza de acuñar moneda falsa. En aquella época se castigaba todavía con la pena de muerte á los monederos falsos. La mujer había sido detenida al poner en circulación la primera moneda fabricada por el hombre. Estaba presa, pero no existían otras pruebas contra ella; ella solamente podía deponer contra su amante y perderle confesando. Negó, siguió la causa sosteniéndose firme en su negativa, hasta que el señor procurador del rey (fiscal) tuvo la idea de suponer una infidelidad del amante, y con fragmentos de cartas, diestramente combinados, logró convencer á la desgraciada presa de que tenía una rival y de que aquel hombre la engañaba. Entonces exasperada por los celos, denunció al amante, confesando y probándolo todo.

Aquel hombre, por lo tanto, estaba perdido. Iba próximamente á ser juzgado con su cómplice, en Aix. Comentábase el hecho, deshaciéndose todo el mundo en alabanzas de la destreza y habilidad del fiscal, por haber sabido hacer entrar los celos en aquel juego, arrancando la verdad á la cólera, para que surgiese de todo ello la justicia de la venganza. El obispo escuchó silencioso cuanto se dijo. Cuando todo el mundo hubo concluido preguntó:

--¿Dónde van á ser juzgados este hombre y esta mujer?

--En el tribunal del jurado.

Y luego repuso:

--¿Y al señor fiscal, dónde se le juzgará?

Tuvo lugar en D*** un triste drama. Un hombre fué condenado á muerte por asesino. Era un desgraciado, no del todo instruido ni ignorante del todo, que había hecho de titiritero en las ferias y de escribiente público. Durante el proceso no se hablaba en la ciudad de otra cosa. La víspera del día en que debía tener lugar la ejecución, se puso enfermo el cura de la cárcel. Faltaba, por lo tanto, un sacerdote para asistir al reo en sus últimos momentos. Fueron á buscar uno, el cual rehusó diciendo: Esto no es de mi incumbencia. Qué tengo yo que hacer ni que ver con ese saltimbanqui; yo también estoy enfermo, y sobre todo, no es este mi deber. Esta respuesta fué trasladada al obispo, quien contestó inmediatamente: Tiene razón el señor cura, no es suyo este deber, sino mío.

Se fué inmediatamente el obispo á la cárcel, bajó al calabozo donde estaba el reo, y llamándole por su nombre, le tendió la mano y le habló. Pasó todo el día junto al condenado, olvidándose del alimento y del sueño, rogando á Dios por el alma de aquel desgraciado y á este por la suya propia. Díjole las mayores verdades, que son las más sencillas, fué padre, hermano y amigo; obispo, para bendecirle únicamente. Supo hacérselo ver todo de una manera tan clara, que llegó á consolarle y tranquilizarle. Aquel hombre iba á morir desesperado; la muerte era un abismo para él. Erguido y estremeciéndose junto al horrible precipicio de la tumba, retrocedía espantado. No era todo lo ignorante que se necesita para ser indiferente en absoluto. La sentencia de que era objeto sacudió profundamente su ser, habiendo roto por diversos puntos la valla que nos separa de lo misterioso, y á la cual llamamos vida. Miraba sin cesar más allá de este mundo por aquellas fatales aberturas, sin ver más que tinieblas. El obispo le hizo ver una luz.

Al día siguiente, cuando fueron á buscar al reo, estaba allí el obispo. Acompañóle y presentóse ante la multitud, con sus vestiduras moradas y su cruz episcopal pendiente del cuello, codeándose con aquel miserable aherrojado. Subió con él á la carreta, subió con él al catafalco. El reo, tan triste y abatido la víspera, aparecía radiante; sentía reconciliada su alma y esperaba en Dios. Abrazóle el obispo, y en el momento en que iba á bajar la cuchilla, le dijo:

--«Aquél á quien el hombre mata, resucita en Dios; aquel á quien rechazan los hermanos, el Padre lo acoge. Ruega, cree, entra en la vida: el Padre está allí».

Cuando descendió del tablado, había en su mirada algo que hizo que el pueblo le abriese respetuoso paso. En verdad, no se sabía que admirar más, si su palidez ó su serenidad. Al penetrar de nuevo en aquella humilde morada, que él llamaba sonriendo su palacio, dijo á su hermana: vengo de oficiar de pontifical.

Como las cosas más sublimes son generalmente las menos comprendidas, no faltaron en la ciudad gentes que dijeron, al comentar la conducta del obispo: Es mucha vanidad. Sin embargo, no pasó ello de cuento de salón; el pueblo, que no entiende de malicia en cosas santas, enternecióse y admiró.

En cuanto al obispo, el haber visto de cerca la guillotina fué para él un golpe del que tardó mucho en reponerse.

Realmente, el patíbulo, cuando se le ve levantado y dispuesto, tiene algo que alucina. Puede sentirse más ó menos indiferencia acerca de la pena de muerte, no decidirse por una opinión categórica, no decir sí ni no, mientras no se haya visto con ojos propios una guillotina; pero si llega uno á tropezarse con ella, la violenta sacudida que se siente, obliga á pronunciarse y tomar partido en pro ó en contra.

Los unos la admiran, como de Maistre; los otros la execran, como Beccaria. La guillotina es la concreción de la ley, y se llama vindicta; no es neutral, ni permite al individuo que lo sea.

Quien la percibe se estremece con el más misterioso estremecimiento. Todas las cuestiones sociales escriben su interrogante al rededor de esa cuchilla. El catafalco es una visión; no es un simple tablado, un instrumento, una máquina inerte hecha de madera, hierro y cuerda; no. Parece una especie de ser que tenga cierta sombría iniciativa; diríase que aquel tablado ve, que aquella máquina oye, que aquel mecanismo comprende, que aquella madera, aquel hierro y aquellas cuerdas tienen voluntad. En medio de los espantosos desvaríos en que se precipita el alma á su presencia, surge el terrible catafalco como tomando parte en lo que hace. El patíbulo es cómplice del verdugo; devora, come carne y bebe sangre. Es una especie de monstruo fabricado por el juez y el carpintero; un espectro que parece vivir cierta vida abominable, alimentada por todas las muertes que ha producido.

Así es que la impresión fué horrible y profunda; al día siguiente de la ejecución y otros muchos después, apareció el obispo como anonadado. La serenidad, tal vez violenta, del momento de horror se había desvanecido, hostigándole de continuo el fantasma de la justicia social. Él, que de ordinario aparecía satisfecho de todas sus santas acciones, parecía como que se reprochase algo. Á veces hablaba consigo mismo, murmurando á media voz monólogos lúgubres. He aquí uno que cierta noche le oyó, y recordó siempre su hermana:

--No creía yo que fuése tan monstruoso. No deja de ser una falta el absorberse en la ley divina, hasta el punto de olvidarse de la humana. La muerte solo pertenece á Dios. ¿Con qué derecho se atreven los hombres á lo desconocido?

Atenuáronse con el tiempo tales impresiones, y tal vez se borraron también. Observóse, no obstante, que en lo sucesivo evitaba el obispo pasar por el lugar de las ejecuciones.

Á cualquiera hora podía llamarse á monseñor Myriel á la cabecera de los enfermos y moribundos. No ignoraba que era éste su principal deber y su trabajo más importante. Las viudas ó huérfanas no tenían necesidad de llamarle jamás; presentábase él mismo oportunamente. Sabía sentarse y callar largas horas al lado del hombre que había perdido á la mujer amada ó al de la madre que había perdido á su hijo.