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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre subrayados y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos, acudiendo al original francés para resolver las dudas.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su modernización.

* Asimismo los nombres propios de persona y lugar de origen griego han sido modernizados según el uso actual de filólogos e historiadores.

* Las ilustraciones han sido desplazadas ligeramente para evitar interrumpir un párrafo.

* Se ha compilado y añadido un Índice de contenidos al final del volumen pese a que el original impreso no lo incluye.

* Las páginas en blanco y la «Lista de los señores suscriptores» han sido eliminadas.

AVENTURAS
DE
TELÉMACO

SEGUIDAS DE LAS DE ARISTONOO,

por Mr. Fenelón.

VALENCIA
LIBRERÍA DE
CASIANO MARIANA

AVENTURAS
DE
TELÉMACO

SEGUIDAS DE LAS DE ARISTONOO,

POR M. FENELÓN,

Y DE UN ENSAYO SOBRE LA VIDA Y OBRAS DEL MISMO AUTOR.

NUEVA TRADUCCIÓN CASTELLANA

por D. Mariano Antonio Collado, Magistrado cesante,

ilustrada con grabados

por D. Teodoro Blasco Soler, Director honorario de la Academia Nacional de San Luis de Zaragoza.

[Ilustración]

VALENCIA: 1843.
—
LIBRERÍA DE CASIANO MARIANA.

Esta obra es propiedad de los editores D. Casiano Mariana y D. Teodoro Blasco Soler, los que perseguirán ante la ley al que la reimprima sin su consentimiento.

IMPRENTA DE D. BENITO MONFORT.

[Ilustración]

El Traductor.

La primera traducción que hice de esta obra y publiqué en 1832, tuvo por objeto no solo facilitar su lectura a las personas que careciesen del conocimiento de la lengua francesa, sino presentar su texto vertido literalmente en lo posible, a fin de que los que se dedicasen a aprender aquella tuviesen mayor facilidad para traducir con exactitud, sin incidir en la pésima locución que tan general se ha hecho para el vulgo de traductores, que sin poseer la española, ni comprender bien la francesa, han corrompido el original y afeado la primera por medio de una locución defectuosa, adulterando sus modismos propios; porque traducciones hay en que no se ha hecho otra cosa que calcar las palabras, sustituyendo la material significación de las voces españolas a las que encontraron en el original, de lo que, a más de hacer desagradable la lectura, han resultado frases ininteligibles.

El público ilustrado tuvo la bondad de apreciar mi trabajo consumiendo la primera edición; y siendo necesaria otra, me he creído obligado a corregirla, o más bien a hacerla de nuevo; pues ya había desaparecido el principal objeto de la primera. Aquella tuvo el indicado: esta solo el de presentar a los conocedores de ambas lenguas una obra de que era sensible careciese nuestra literatura, obra eminente y así considerada en todos los países; y más sensible aún que en las traducciones anteriores se hubiesen cometido tantos y tan graves errores.

Paréceme, pues, haber demostrado el objeto y necesidad de esta publicación; mas no se crea tenga el orgullo y la vana presunción de haber traducido bien: no. Por más que nada he omitido para verificarlo, consultando todas las publicadas en inglés e italiano y el parecer de personas instruidas y conocidas por su alto concepto literario; no por ello creo haber hecho otra cosa que mejorar las anteriores, las cuales juzgo no pueden compararse en nada con el presente fruto de mis tareas.

M. A. C.

[Ilustración]

FENELÓN Y TELÉMACO.

En 6 de agosto de 1651 nació Francisco Salignac de la Mothe Fenelón en el antiguo castillo de este nombre, y a no haber existido Bossuet, hubiera sido el mayor escritor y literato del siglo XVII. Descendiente de valerosos capitanes que se habían dado a conocer por su ardimiento y lealtad en los infaustos reinados de los dos Carlos VI y VII, llegaron a ser adictos de corazón a sus sucesores a fuerza de pelear con los ingleses. Mas afortunadamente era feliz y gozaba de paz la monarquía francesa en la época del nacimiento del que debía ser llamado por excelencia arzobispo de Cambrai; época precursora de la profunda ilustración del genio francés y del renacimiento de la bella poesía, del teatro, de la elocuencia, del púlpito y de la historia cultivados con celo, perseverancia y convicción. No era ya objeto único de los franceses pelear contra la Inglaterra, sino suavizar la lengua por tanto tiempo rebelde, y mejorada con inteligencia y estudio; obra inmensa acabada por Corneille, Pascal, Molière, Bossuet, Lafontaine y madama de Sevigné, y por los grandes maestros de la antigüedad Homero y Virgilio, Platón y Cicerón, cuya poderosa influencia no era posible dejase de obrar aun después de la época remota en que existieron.

A la corta edad de diez años ya escuchaba conmovido el tierno Fenelón los armoniosos y poéticos períodos del bello lenguaje de los escritores griegos y romanos, y con paso firme y seguro llegó a penetrar las bellezas de la Odisea y de la Ilíada, pudiendo adivinarse desde entonces llegaría a ser el continuador de Homero; pues conoció el poder de la antigüedad clásica y pasó laboriosamente por todas las pruebas de la retórica, de la filosofía y de la teología; porque en aquel siglo nada se confiaba al acaso en la instrucción de la juventud.

Quince años contaba cuando fue llevado a París por su tío el teniente general marqués de Fenelón, uno de aquellos nobles elegantes del reinado de Luis XIV, cuya vida se empleaba en estudios serios, conversaciones festivas y tolerancia religiosa, cosas desvanecidas hoy, ya por no existir aquella clase de nobles, ya porque la rápida carrera de la vida transcurre entre los diarios debates que ocasiona la desaparición de unos en la escena del mundo, y la presencia de otros en ella.

Fácil es persuadir que cuando el joven Fenelón, hermoso como un ángel, inspirado como un poeta, se vio transportado desde su provincia al salón de su anciano tío, debió producir un entusiasmo general. Llegó, pues, a París poseído de aquel ardor que produce tan corta edad, animado de la más activa emulación por los modelos griegos y latinos que sabía de memoria, y preocupado de cuanto iba a ver y observar en un mundo nuevo para él; si bien es cierto que contra lo que ordinariamente acontece, no alucinó al joven la casa del tío, y sí deslumbró a este el genio del sobrino. Grande emulación produjo: disputábanse todos el gusto de verle, observar de cerca el fuego de sus miradas, y dar ocasión a las salidas de su precoz elocuencia; y no habrían sido tan generales la admiración y sorpresa, si de repente hubiese aparecido en París algún joven alumno del pórtico o de la academia, o algún discípulo de Platón en la más hermosa época de su esplendor literario. Así fue que ocurrió a Fenelón entre los amigos de su tío lo mismo que a Bossuet en el palacio de Rambouillet; porque el talento de ambos fue conocido por unos y otros. Guardaban silencio al escucharles y aplaudían los primeros esfuerzos de su entendimiento, tratándoles como hombres formales en aquel siglo en que tan difícil era aun a los literatos ser considerados así. Pero ni en Rambouillet, ni en los salones de Fenelón, ni en las reuniones no menos animadas que elocuentes de la señorita Lenclós, ni en los convites del anciano Scarron presididos por madama Maintenon en persona, ni en París ni en Versalles hubiera nadie consentido fuesen marchitados en la flor de su edad aquellos dos grandes talentos Bossuet y Fenelón. Hoy por el contrario hubiera sido tratada su adolescencia sin piedad ni respeto, corrompiendo su corazón o abusando de sus nobles inclinaciones; y una vez debilitado por las caricias y por la lisonja, ¡quién sabe lo que hubieran llegado a ser! Mas el siglo de Luis XIV consideraba a la juventud de otra manera que nosotros lo hacemos, respetando aquel verso del poeta satírico que recomienda la veneración debida a la infancia.

Apenas hubo pronunciado Bossuet su primer sermón en el palacio de Rambouillet, se le dedicó sin dilación a los estudios que debían hacer de él más adelante un padre de la Iglesia; y apenas también el joven Fenelón hubo dado a conocer en los salones de París su hermosa fisonomía, su elocuencia y su saber precoz, fue encerrado por su familia en las estrechas paredes de San Sulpicio, en cuyo venerable recinto debían desaparecer los elogios mundanos; y desde entonces acabaron para aquel joven los primeros encantos de la vida, y hubo de abandonar a Platón y a Sócrates por el Evangelio. Reemplazó el antiguo Testamento a los Idilios de Teócrito y a las Églogas de Virgilio; San Juan Crisóstomo a Demóstenes, San Basilio a Cicerón, y las lamentaciones de Jeremías a Tibulo y a Horacio; y ya no más poesías profanas, epopeyas, fábulas, Sófocles, Eurípides, Teofrasto, y aquella encantadora melodía de las dos costas del mar Jonio. Alzose la austera Jerusalén sobre las ruinas de Troya, y en vano el joven Fenelón escuchaba: no oía ya a la esposa de Héctor llorando sobre el cadáver de su esposo, sino al profeta lamentándose sobre las ruinas de las ciudades castigadas por la cólera de Dios.

Demasiado duro era este tránsito para aquel joven que entraba en el seminario entusiasmado de la poesía profana; mucho más por ser entonces un establecimiento en que se practicaba toda especie de mortificaciones. Era silencioso el estudio, y comprendía a la vez todas las partes de la Religión. Fácil es conocer los efectos de tal camino en aquel joven amable, y cuán amarga debió parecer a sus labios que aún paladeaban la deliciosa miel del monte Himeto aquella copa de mortificación evangélica. Por fortuna supo sostenerse en tal prueba, ya por convencimiento, ya por su natural inclinación a todo lo bueno, y con la maravillosa condescendencia y conformidad que nunca le abandonó, descubrió muy en breve la poesía del antiguo y del nuevo Testamento, y hubiera arreglado una epopeya homérica con la divina historia de los patriarcas, y hallado en los padres de la Iglesia griega y latina aquella misma inspiración que tantas veces le había encantado al pie de las dos tribunas de Atenas y de Roma. Así, pues, no debe causar tanta compasión en su retiro de San Sulpicio; antes bien, entregado a sí mismo hubiera llegado a ser un gran poeta; al paso que dedicado a tales estudios lo fue en efecto al principio, y después preceptor de reyes, el mayor prelado de la Iglesia, el salvador de su diócesis, y para siempre un bienaventurado.

Salió de San Sulpicio poseído de celo, caridad y elocuencia, y en su primer ardor habría deseado apoderarse del mundo para convertirle a la fe. Deseaba partir a América y hacer por sus dilatados desiertos, mucho antes que Chateaubriand, el mismo viaje que debía ejecutar este algún día como cristiano y como poeta; mas opúsose a ello su familia al verle débil y enfermo por consecuencia de las mortificaciones que había sufrido; y entonces solicitó pasar a Grecia, su verdadera patria. Parecíale ver ya a Atenas y el Pireo, Delfos y el Parnaso, cuna ilustre de las musas: creíase compañero de Praxíteles y de Fidias; y al mismo tiempo encontraba a San Pablo en Atenas y a San Juan en una de las islas del Archipiélago; porque en su bella imaginación reinaba siempre una confusión ingeniosa que admiraba apasionadamente la Ilíada y la Biblia, no pudiendo separar jamás los grandes talentos que brillaron bajo el sol ateniense.

Poco duradera fue esta lucha; porque el señor Harlay, arzobispo a la sazón de París, mandó al poeta cediese al misionero, y fue nombrado Fenelón director de los nuevos convertidos cuando Luis XIV acababa de dar el último golpe al edicto de Nantes. Aquel rey que creía alcanzarlo todo de su poder, aspiraba a destruir las creencias después de haber arrasado las murallas de la ciudad, considerando lícitos todos los medios para convertir a los vasallos rebeldes, y empleando a la vez los misioneros y los dragones, a Lamoignon y a Turena. Mas cuando aquel apóstol inspirado le advirtió que por la gracia y por la convicción de su palabra podía traer de nuevo al redil las ovejas extraviadas, se ciñó a emplear un evangelista en tan útil servicio, conducido por su justicia y bondad natural; pues en medio de un despotismo sin ejemplo, llamó aquel monarca en su auxilio a los magistrados más severos, a los guerreros más sanguinarios y a los mayores talentos de la Iglesia de Francia, los corazones más humanos, los hombres más modestos, los oradores más elocuentes. En este nuevo apostolado desplegó Fenelón todas las dotes de su elocuencia. Hablaba de tal manera de Dios y de sus terribles misterios que afianzaba la fe en las conciencias cuya conversión reciente se hallaba poseída de temores; porque era tanta su unción como Bossuet impetuoso y terrible. Fogoso este cual un torrente, quebrantaba los obstáculos y también a las veces las almas; al paso que regular aquel en su curso, introducía en todas y hasta en las más rebeldes cierta calma y convicción íntima que producía los más felices resultados; y al oírle hablar a los jóvenes luteranos, cuyos padres se veían proscritos, con la más ingeniosa y solícita caridad, pudo presentirse escribiría veinte años después su Tratado de la educación de las jóvenes.

Concluido su primer apostolado con aplauso universal, se le envió al Poitou para continuar tan recomendable obra; y queriendo Luis XIV auxiliarle con algunas tropas, suplicó Fenelón al monarca le abandonase a sus propias fuerzas diciéndole: «Nuestro ministerio es de paz, de concordia, de persuasión: con ellas atraeremos a nuestros hermanos extraviados; porque la violencia no es el medio de introducir el convencimiento en las almas», y partió solo a aquella provincia agitada por la discordia. Difícil era la empresa; pues debía hacer escuchar la palabra divina en los lugares más remotos, en los valles, en las montañas, en medio de las lagunas, y fortificar aquellos espíritus feroces; peligros y afanes a que solo podía prestarse la caridad de un apóstol. Preciso es decirlo en elogio de Fenelón. De todas las provincias protestantes que intentó someter Luis XIV, aquella fue la mejor conquistada; o más bien se rindió a la ardiente caridad, a la pureza de costumbres, al convencimiento; y aquel prelado solo hizo más por la unidad de la Iglesia y por la pacificación de la monarquía, que todos los ejércitos.[1]

A su regreso de tan peligroso viaje, aguardaban otros trabajos al celoso y ardiente predicador. El monarca que ha dado su nombre al siglo XVII abrigaba el más alto concepto de la dignidad real. Cuanto más descuidada había sido su infancia, tanto más experimentaba la necesidad de confiar a hombres de talento la educación de los príncipes de su sangre. Recordaba con indignación las vergonzosas condescendencias que le tuviera en la infancia el cardenal Mazarino, y confesaba que si faltaba algo a su grandeza, procedía del criminal descuido de sus primeros años. Así fue que apenas su nieto el duque de Borgoña, hijo mayor del Delfín, salió de las manos de su aya, eligió el rey por sí mismo el hombre que debía educarle, recayendo su elección en el duque de Beauvilliers, que contaba la edad de 37 años. Era este amigo íntimo de Fenelón, y había dejado el rey a su cargo el cuidado de formar la casa del príncipe. Buscó a su amigo y le confió la dirección del duque de Borgoña; noble correspondencia a la confianza con que le honrara Luis XIV, porque entre tantos hombres grandes como brillaran en aquel siglo, ninguno más digno de abrir los difíciles senderos de la vida ni de enseñar los deberes de un rey. Hacíase mucho más dificultosa esta obligación por el carácter del príncipe. Indómito y rodeado de lisonjeros, llegaba su cólera hasta el furor y su voluntad hasta la obstinación, pues al nacer reunió el germen de todas las pasiones y de los más desmedidos deseos a una inteligencia precoz, a un corazón tan atrevido como su carácter. Derramaba a manos llenas la ironía desdeñosa y el desprecio absoluto sobre todo lo humano que apenas le era conocido, y sobresalía en él un extremado orgullo. Tal era el discípulo que el rey confiaba al duque, y que este ponía a cargo de Fenelón.

Ciertamente no le faltaban motivos para acobardarse al considerar la responsabilidad de tal confianza. La lucha era terrible por el carácter del antagonista, y por la circunstancia de ser hijo de un rey. Estremeciose el alma sensible de Fenelón y rehusó el honor que se le dispensaba, haciendo conocer a su amigo la diferencia que mediaba entre las lagunas de La Rochela y el palacio de Versalles; entre los recién convertidos y el duque de Borgoña; entre una cuestión de herejía medio resuelta por la voluntad del monarca y la completa educación de un príncipe destinado tal vez al primer trono del universo, y que a ningún precio quería ni podía aventurarse a tantos peligros; pues apenas había consumado su propia educación vacilando aún entre su vocación presente y los primeros estudios de su juventud; y por último que todas las cuestiones de que se había ocupado su entendimiento no se hallaban enteramente debatidas, puesto que examinando bien su conciencia, no estaba seguro de inclinarse menos a Homero que a los libros sagrados. Mas no era el duque hombre que cediese a semejantes excusas: rogó en nombre de la amistad, habló en nombre del rey, y fue preciso obedecer.

Aceptó Fenelón obligación tan penosa, y empezó a desempeñarla sin que le inspirase temor la indómita altivez de su discípulo; y a fuerza de celo, perseverancia y talento, acabó por domarle haciendo de él otro hombre y cambiando de tal suerte sus terribles defectos, que llegaron a convertirse en las virtudes opuestas. De tan grande abismo salió un príncipe afable, humano, sufrido, modesto, penetrado de sus deberes en toda la extensión de ellos. ¡Pero cuántas penas, cuántos cuidados! ¡Qué lucha y qué resistencia! ¡Qué mortal desaliento! Ninguno se atrevía a hablar cuando se enfurecía el duque de Borgoña; mas poco a poco, y día por día, logró Fenelón completar su obra. Todo tuvo que hacerlo en la educación del príncipe; hasta los libros elementales. Escribió una gramática y varios apólogos, diálogos de los muertos, y hasta versiones y temas, algunas de cuyas páginas son dignas de los mejores escritores latinos. Así estudiaron a la vez el maestro y el discípulo las obras de la antigüedad y los padres de la Iglesia, pasando sin disgusto de la poesía a la creencia, de la fábula a la historia, y de esta a la legislación; hasta que reconocido el príncipe se arrojó a los brazos de su maestro exclamando: «No soy ya el duque de Borgoña, sino el joven Luis». Esta fue la mayor recompensa de Fenelón; porque Luis XIV, cuya principal ciencia consistía en conocer a los hombres, adivinó que no sería nunca un adulador de su poder, y descubrió la independencia que ocultaba bajo la exterioridad de un cortesano.

Pero en medio de resultados tan felices y cuando Bossuet, maestro del Delfín, admiraba la instrucción, talento y cortesanía del duque de Borgoña, era Fenelón uno de los sacerdotes más pobres de su diócesis, olvidado estudiadamente por Luis XIV, y sin que nadie hubiese cuidado de informarse de los recursos con que contaba para vivir, sostener la grandeza de su nombre, el brillo de su posición y la pobreza de su familia. Más reconocido París que la corte, y más ilustrado que Versalles, repetía diariamente su nombre con entusiasmo, habiéndose esparcido su gloria por todas partes y a su pesar, sin embargo de que solo eran conocidas entonces sus dos obras: Tratado sobre la educación de las jóvenes y Sobre el ministerio pastoral. Los mayores talentos del siglo XVII le habían reconocido tácitamente como su rival y maestro, y le hicieron su colega de la Academia Francesa con gran sorpresa suya. Subyugada también madama Maintenon por tantas virtudes, por tanta elocuencia, y por tan singular modestia, emprendió el elogio de aquel hombre a quien nadie se atrevía a elogiar en la corte a excepción del duque de Borgoña; y Luis XIV, que no gustaba de que le diesen semejantes lecciones, le concedió su primera abadía de San Valerio diciéndole: «Bastante he tardado en manifestaros mi gratitud: he olvidado que hombres como vos jamás se presentan, y es preciso irlos a buscar».

Contaba a la sazón 43 años, y era ya dueño de entregarse a los impulsos de su corazón, por ser bastante rico para dar limosna, y veíase rodeado de la estimación general, amado del príncipe cual un padre, apreciado del rey y protegido por madama Maintenon. Mas tan lisonjera situación adquirida a costa de tales trabajos, fue turbada desgraciadamente por una de aquellas disputas religiosas que agitaron el siglo de Luis XIV. Madama Guyon, viuda, de edad de 28 años, mujer honrada, tierna, sensible, y cuyo espíritu religioso se había llegado a exaltar, escribió dos libros que no merecían por cierto ni el ruido que hicieron, ni los disturbios que ocasionaron; pues apenas son hoy conocidos sus nombres. Era el uno Método fácil para hacer oración y Explicación del Cantar de los Cantares el otro. Fueron denunciados ambos a la censura eclesiástica; y compadecido Fenelón al verla perseguida y encerrada en la Bastilla, y conmovido al oírla hablar con tal elocuencia y unción que participaba de ascetismo, tomó a su cargo la defensa de las dos obras: fue combatida su defensa con tanto ardor de parte de Bossuet cuanto era ardiente y fogoso para todo, y llegó a ser necesaria la intervención del Sumo Pontífice para poner término a una disputa tan frívolamente empeñada. No permita el cielo que nuestra admiración a los dos grandes talentos, cuya memoria honra la Francia, nos conduzca a fijar nuestro juicio en pro o en contra de cualquiera de ellos. Lamentaremos, sí, como una desgracia la división de aquellos dos prelados de tanto influjo en la opinión pública. Dignos ambos de admiración y respeto, les tributamos los homenajes debidos, como héroes cristianos y escritores célebres; sin otra diferencia que haber comprendido Bossuet el cristianismo en su parte austera y despótica, mientras Fenelón le consideraba bajo el aspecto benéfico y paternal. Cada uno de ellos debía tratar según su carácter la cuestión sobre el quietismo, hoy enteramente olvidada; mas por una costumbre que no debe aprobarse, se acusa de herejía al arzobispo de Cambrai cuando se escribe la vida de Bossuet, y de injusticia y crueldad al de Meaux, cuando se escribe la de Fenelón.

Entre tanto y antes que las máximas de los santos escritas por este fuesen delatadas a la corte romana y condenadas, después de varias dilaciones, por el papa Inocencio VIII, le nombró Luis XIV arzobispo de Cambrai, cuya noticia consternó a sus enemigos que se preguntaban el motivo de tan inesperado favor. Mas no lo era en realidad, sino una desgracia, un destierro que le separaba para siempre del duque de Borgoña; porque durante la disputa sobre el quietismo, había sido conducido a Holanda por un doméstico infiel el Telémaco prohibido en Francia; y apenas apareció impreso apresuradamente sin el consentimiento de su autor, se ocupó toda Europa de su obra, como el mayor acontecimiento político; pues desde la Utopía de Tomás Moro, decapitado de orden de su soberano Enrique VIII, jamás se había dado tanta latitud a la libertad de pensar, ni escrito más bella producción del ingenio para bien de las sociedades humanas.

Excedió el Telémaco a la República de Platón; mas por desgracia se consideró Luis XIV representado en ella con toda su corte, y quiso alejar para siempre de ella al que llamaba ingrato e iluso. Pero es fuerza decirlo. Nunca Fenelón intentó censurar a Luis XIV y su reinado, porque tributaba al monarca los homenajes de su respeto y gratitud, y hasta el último instante de su vida no cesó de protestar la falsedad de las alusiones que quisieron encontrar en su obra. Mas era inevitable el golpe; y en vano se arrojó el duque de Borgoña a los pies del monarca para justificar la inocencia de su maestro. Víctima de la injusticia y sin manifestarse quejoso, escribió a madama Maintenon expresándole su reconocimiento por sus antiguos favores, y se apartó de los brazos del duque de Borgoña y del de Beauvilliers, únicos amigos fieles en su desgracia. Pasó a despedirse de sus antiguos maestros de San Sulpicio, y allí vertió las únicas lágrimas que derramó en su vida al recordar su juventud tranquila y estudiosa y sus arrebatos de poesía y religión en aquel recinto sagrado. Oró por última vez ante aquellos altares testigos de la exaltación de sus oraciones cuando contaba solo 18 años, y dio el postrer adiós a París, teatro de su gloria, a la ingrata corte que desconocía sus virtudes, y a la literatura francesa que había de llegar algún día a honrarse con su nombre, y partió para su eterno destierro.

Imponíale este nuevos deberes; porque no era Luis XIV monarca que condenase a la ociosidad a un hombre que poseía los talentos de Fenelón; y si bien se propuso alejarle de su persona, no de la administración de las almas, privando a la Iglesia de su más digno prelado, como había privado a la corte de su más bello ornamento. Con tal propósito le confirió el arzobispado de Cambrai que debía convertir en la primera diócesis del reino. Apenas empezó a desempeñar sus funciones, consagrose a ellas con el ardor propio de su alto ministerio que aceptó diciendo como Jesucristo: «Dejad llegar a mí a los párvulos, a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, y a todos los hijos de Dios», confundíase con ellos familiarmente hasta el punto de acompañar a una anciana o buscar una vaca que se le había extraviado; enseñaba la doctrina los domingos y daba limosna diariamente, llegando el que había sido maestro de reyes a ser el más humilde de los diocesanos, haciéndose compañero de todas las miserias y necesidades; y cuando después de la más duradera y gloriosa paz se vio obligado Luis XIV a correr los azares de la guerra y el duque de Borgoña se arrojó al peligro de las lides, fue preciso que Fenelón volviese a tomar la pluma para dar a su augusto discípulo las lecciones que su nueva posición exigía. No es fácil asegurar si era más admirable la adhesión del discípulo a su maestro, que el afecto de este al príncipe. Habíalos separado Luis XIV, mas era imposible se olvidasen, y fue inútil les prohibiera escribirse: hacíanlo siempre que el duque necesitaba de consejo o el consuelo de alguna esperanza; y por este medio tratábanse entre ellos los mayores intereses de la monarquía. ¡Con qué ansiedad paternal seguía el arzobispo al príncipe en los negocios y en los campos de batalla! ¡Cómo preveía y explicaba los tratados! ¡Qué prudencia en la victoria y qué serenidad en la derrota! ¡Cómo comprendía los intereses políticos de la Francia y penetraba el triste secreto de sus males! ¡Cuál se condolía de su desgracia! Y cuando, por último, el poder de Luis XIV llegó a verse abatido, ¡cómo pronunció Fenelón con recato, pero con valor, las palabras «estados generales»! Por tales medios caminaba Fenelón adelantado a su siglo, conduciendo de la mano a su ilustre discípulo; mas ¡ah!, no debía este llegar a donde su maestro. Mientras vivió, viose sometido a influencias extranjeras, y faltáronle recursos para romper este yugo. Temía a Luis XIV; y aunque le protegía el Delfín su padre, era débil y desconfiada su protección. Sobre todo, le abandonó la vida cuando la muerte de este y la ancianidad de aquel le aproximaban al trono. Murió súbitamente aquel heredero de tan vasta monarquía, sepultándose en el panteón de San Dionisio la obra más perfecta de Fenelón, sin exceptuar el Telémaco, cuando la Francia se hallaba combatida por todas partes; y entonces el arzobispo de Cambrai, mirando con ojos llorosos la corte de que se hallaba desterrado, sintiose conmovido al ver desaparecida su antigua grandeza y poder, y no encontrando en ella otra cosa que ruinas y sepulcros, un monarca de 76 años y a su heredero en la cuna. Lleno de confianza en Dios, dedicose exclusivamente al bien de su diócesis, y se ocupó más que nunca de aquel desgraciado país fronterizo que sufría las plagas todas de la funesta guerra llamada de sucesión. A él se habían dirigido las fuerzas enemigas y las de la Francia, y allí había tenido el duque de Borgoña sus primeros encuentros al lado de Vendôme, Boufflers, Berwick, Vauban y Villars, y era preciso defenderle palmo a palmo protegiendo a unos contra la victoria y contra la derrota a otros. La liberalidad de Fenelón fue inmensa como su caridad. Convirtiose en hospital su palacio; asistía personalmente a los moribundos; suministraba el último pedazo de su pan, el último vino de su bodega, y hasta el lienzo de su uso para la curación de los heridos; y, admirados los enemigos de su virtud, respetaban sus almacenes, sus tierras y sus palacios siempre que les decían: «Esto es del arzobispo». Sin embargo de que era un ejército inglés que sabía descender Fenelón de los más valerosos capitanes de Carlos VI y Carlos VII; y entre tanto consumía en limosnas lo que el enemigo le dejaba.[2]

Duró tan lamentable estado hasta que Luis XIV, rey todavía y alentado por aquel orgullo que le llevó a consumar tantas cosas grandes, amenazó sepultarse entre las ruinas de la monarquía, y entonces se salvó la Francia en Denain por el valor de Villars. Después de la muerte del duque de Borgoña, aún le quedaba a Fenelón un amigo que perder; el duque de Beauvilliers. A la muerte del primero exclamó: «Se han roto cuantos vínculos me unían a la tierra». A la del segundo escribió a su viuda diciéndole: «Vos y yo volveremos a encontrar pronto lo que aún no hemos perdido; nos acercamos a ello día por día, y dentro de poco no tendremos por qué llorar». Cuatro meses después se sintió acometido de una enfermedad mortal cuando contaba 64 años, quedando justificadas aquellas palabras tiernas que repetía frecuentemente: «Yo vivo solo de amistad». Murió al tercer día y después de haber rogado al cielo; escribió al rey una carta digna de su alma grande; echó la bendición a todos sus amigos y criados y expiró tranquilo, sin que se encontrara en todo su palacio una sola moneda, pues todo lo había repartido a los pobres. Así perdió la Francia un hombre cuya memoria honrará siempre a la literatura y a la Iglesia.

Las desgracias de la guerra y la pérdida de su discípulo y de su amigo le habían debilitado en extremo. Saint-Simon y madama Sevigné le dispensaban su respeto, a pesar de que a nadie respetaban, ni aun al mismo Luis XIV. El primero pinta a Fenelón como le conoció: alto, delgado, bien formado, nariz larga y ojos vivos. Grave y afable a la vez, serio y jovial a un tiempo. No es posible formar idea de la delicadeza y armonía de sus facciones, que ofrecían a la vista un sabio, un prelado y un gran señor.

Los que intenten colocar al autor del Telémaco entre los escritores por necesidad o por inclinación, se engañarán mucho. Nada escribió por el deseo de gloria literaria, semejante en esta parte a Bossuet, porque uno y otro comprendían demasiado elevada la misión del sacerdocio para abatirse al extremo de aspirar a los elogios humanos. Escribieron por cumplir los deberes de su estado y obedecer las inspiraciones de su creencia, sin otro objeto que persuadir y convencer. Maestros de reyes escribieron lecciones para sus discípulos, el Telémaco el uno, la Historia universal el otro.

La mayor parte de las obras de Fenelón no han sido conocidas hasta después de su muerte.[3] Sus primeros sermones rebosan elegancia y entusiasmo, y a pesar de cierto desorden que se advierte en ellos, dan a conocer al gran crítico a quien somos deudores de tan bellas páginas sobre el arte oratoria. Su carta a la Academia Francesa, sus diálogos sobre la elocuencia y algunos trozos admirables sobre Homero y los antiguos con motivo de la disputa entre La Motte y Dacier, colocarían a Fenelón en el primer lugar entre los críticos, si el Telémaco no hubiera venido a colocarle a la cabeza de los poetas. Porque, en efecto, es una continuación de la Odisea, según él mismo lo llamó en su primera edición. Es verdaderamente la obra de un hombre educado en la escuela de los antiguos. En la de Homero, cuyo poema ha continuado: en la de Platón, cuya moral adoptó: en la de Jenofonte, su antecesor en el arte de educar a los príncipes, autor de la Ciropedia como Fenelón del Telémaco. La historia de Filoctetes, ¿es otra cosa que una admirable traducción de una tragedia de Sófocles? ¿Dónde se encuentra a la bella Eucaris? En los Idilios y entre los espesos bosques de Teócrito. En cuanto a la instrucción que contiene su obra, comprende a la vez la ambición, el orgullo, el amor, la gloria, el despotismo, las pasiones todas buenas o malas, pudiendo decirse lo que Fedro en una expresión que no puede traducirse.[4] Mas parece inútil detenerse a hacer su elogio: baste decir es una obra maestra que se aprende en Europa de memoria hace más de dos siglos: que es el libro de los reyes y de los pueblos: escrito para la educación de un príncipe, ha servido para educar a la gran familia humana; y cuando el arzobispo de Cambrai introdujo en su obra las previsiones de su política liberal y los derechos de los pueblos, como los deberes de los reyes, era muy remota la época de que a más de una admirable utopía, llegara a ser una realidad. Omitiremos, pues, el elogio del Telémaco que nunca pudiera alcanzar a su mérito: ¿qué puede decirse de un libro que a la vez nos ofrece un código político digno de Montesquieu, un poema que puede decirse obra de Homero; libro a propósito para los niños, de historia para los adultos, novela, en fin, para entretener a todos, y catecismo político para los reyes? Todas las pasiones nobles se hallan retratadas con su más bello colorido en la obra de Fenelón, y al mismo tiempo se encuentra en ella el modo de establecerse y acabarse los imperios, fundarse las ciudades y dictarse las leyes; y al seguir al sabio Méntor en su marcha profunda, compadecemos a Calipso y experimentamos cierta simpatía amorosa hacia la tierna Eucaris. En su parte dramática, ¿puede darse cosa que más afecte que la historia de Filoctetes? Como poema, ¿qué cosa más grande que el regreso de Ulises, ese bello trozo que parece haberse arrebatado a la Odisea? ¿Y qué ficción podrá comprender más moral ni afectar más el corazón humano que la de ver conducido a Telémaco por la sabia Minerva a la morada de Plutón, entre los manes felices de los Elíseos y a los más acerbos tormentos del averno? En cuanto al lenguaje, es el autor del Telémaco uno de los primeros maestros de la lengua francesa por haberle dado gracia y melodía no acostumbradas. La ha vestido de la toga romana y del manto griego; pues a la manera que suavizó el carácter del duque de Borgoña sin exceso ni violencia, así ha hecho obedecer a la lengua rebelde, especialmente en las Aventuras de Aristonoo, escrita con la mayor perfección y de la manera más ateniense.

Tal era aquel prelado célebre que fue sepultado en su iglesia, al pie del altar y bajo un largo epitafio escrito en muy buen latín por el jesuita Sanadon. ¿Mas su tumba necesitaba elogios? El día de sus exequias ninguna oración fúnebre se pronunció en la catedral ni en la academia. El mismo silencio guardó madama Maintenon; y Luis XIV, a quien su confesor el padre Lachaise entregó la carta del arzobispo, recibió con indiferencia pérdida tan grande; cuando esta hubiera sido ocasión oportuna para que aquel monarca reparase con una lágrima al menos todo el mal que había hecho al autor del Telémaco, al maestro de su infeliz nieto el duque de Borgoña.[5]

NOTAS.

[1] Los mayores servicios que prestó Fenelón en sus dos misiones, pueden contarse hechos en las costas de Saintonge y en el país de Aunis.

[2] Era tan respetado su nombre en toda Europa, que en aquella guerra prohibió expresamente Marlborough tocasen las tropas a cosa que perteneciese a Fenelón; y esta deferencia irritó a Luis XIV, que, aborreciéndole, miró con disgusto tal demostración de respeto hacia un vasallo suyo que no tenía más títulos que sus virtudes.

[3] También escribió los Diálogos sobre la elocuencia en general y sobre la del púlpito en particular: un Compendio de las vidas de los filósofos antiguos: Dirección de la conciencia de un rey: Obras filosóficas o Demostración de la existencia de Dios por las pruebas de la naturaleza; y Obras espirituales.

[4] Ferrago.

[5] La aversión de Luis XIV a Fenelón le condujo a mandar se quemasen todos los manuscritos que había conservado el joven príncipe escritos por su maestro.

EL TRADUCTOR.

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LIBRO I.

SUMARIO.

Conducido Telémaco por Minerva bajo la figura de Méntor, arriba, después de un naufragio, a la isla de Calipso, que aún se lamentaba de la partida de Ulises. Recíbele la diosa favorablemente; enamórase de él, le ofrece hacerle inmortal y exige la relación de sus aventuras. Refiere Telémaco su viaje a Pilos y a Lacedemonia, su naufragio en las costas de Sicilia, el riesgo en que se halló de ser sacrificado a los manes de Anquises, el auxilio que él y Méntor prestaron a Acestes en una invasión de los bárbaros y el cuidado de aquel rey para recompensar este servicio.

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LIBRO I.

Sin consuelo vivía Calipso desde la partida de Ulises, y el exceso de su dolor hacía se considerase más infeliz aun, por ser inmortal. No resonaban ya en su gruta los armoniosos acentos de su dulce voz, ni las ninfas que la acompañaban se atrevían a turbar su melancólico silencio. Paseábase muchas veces por las floridas praderas que esmaltaban la isla, encantando la vista con las gracias de una perpetua primavera; mas lejos de templar su amargura la amenidad de tan deliciosos sitios, traían a su memoria el triste recuerdo de Ulises, a quien había visto complacida tantas veces a su lado. Quedábase inmóvil en la playa, y bañándola con sus lágrimas volvía sin cesar el rostro hacia el sitio por donde, rompiendo las olas, había desaparecido a sus ojos el navío de Ulises.

Esta era su deplorable situación cuando descubrió los despojos de una nave que acababa de naufragar: flotaban sobre las aguas el mástil, las jarcias y el timón; veíanse esparcidos en la playa remos y bancos hechos pedazos, y descubríanse a lo lejos dos hombres, uno anciano al parecer, y el otro, aunque joven, semejante a Ulises en la arrogancia de su agradable aspecto, estatura y paso majestuoso. Conoció Calipso al momento que era Telémaco el hijo de aquel héroe; pero sin embargo de que los dioses exceden en mucho a la inteligencia humana, no pudo penetrar quién era el anciano venerable que le seguía, sin duda porque las deidades superiores ocultan a las inferiores cuanto les place, y Minerva, que acompañaba a Telémaco bajo la figura de Méntor, no quiso ser conocida de Calipso.

Gozábase esta, entre tanto, en el naufragio que conducía a su isla al hijo de Ulises, tan parecido a su padre. Adelantose hacia él, y ocultando haberle conocido le dijo estas palabras: ¿Cuál es la causa de que oses arribar a mi isla? Sabe, joven extranjero, que ninguno entra en ella impunemente. Con cuya amenaza procuraba desfigurar el contento que a pesar suyo brillaba en su semblante.

Oh vos, respondió Telémaco, quien quiera que seáis, mortal o diosa, aunque al veros no es posible consideraros sino como una divinidad, ¿seríais insensible al infortunio de un hijo que ha visto perecer su nave contra esas rocas, cuando corría en busca de su padre a merced de los vientos y de las aguas? ¿Quién es ese padre que buscáis?, replicó la diosa. Llámase Ulises, dijo Telémaco; y es uno de los reyes que han arrasado la famosa ciudad de Troya, después de un sitio de diez años. Su nombre se ha hecho célebre en toda la Grecia y en el Asia por su valor en los combates, y más aún por su prudencia en los consejos. Mas ahora, errante por la dilatada extensión de los mares, recorre los más terribles escollos; mientras al parecer huye de él su propia patria. Su esposa Penélope, y yo que soy su hijo, hemos perdido la esperanza de volverle a ver. Corro iguales peligros para adquirir noticias de su existencia. Pero ¿qué digo? Tal vez se hallará sumergido en el profundo abismo de las aguas. Compadeced nuestras desgracias, y si sabéis, oh diosa, lo que haya hecho el destino para salvar o perder a Ulises, dignaos comunicarlo a su hijo Telémaco.

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Admirada y enternecida Calipso al advertir en tan floreciente juventud tal cordura y discreción, no se cansaba de mirarle y permanecía silenciosa. Por último le dijo: Telémaco, yo os referiré lo que ha acaecido a vuestro padre; mas la historia es larga y debéis ya descansar de vuestras fatigas: venid a mi morada, yo os recibiré en ella como un hijo: venid a consolarme en la soledad en que vivo: yo proporcionaré vuestra dicha, si sabéis aprovecharos de ella.

Seguía Telémaco a la diosa cercada de hermosas ninfas, entre las cuales sobresalía por su estatura, a la manera que la robusta encina eleva sus corpulentas ramas en el bosque sobre todos los árboles que la rodean. Admiraba el brillo de su belleza, la rica púrpura de su túnica larga y flotante, su hermosa cabellera cogida a la espalda sin compostura, aunque con gracia, el fuego de sus ojos y la dulzura que templaba la vivacidad de ellos. Méntor seguía también a Telémaco con la cabeza baja y guardando un modesto silencio.

Llegaron a la entrada de la gruta de Calipso, y quedó sorprendido Telémaco al advertir todo lo que puede encantar la vista bajo las apariencias de rústica sencillez. No se veían metales preciosos, mármoles, columnas, pinturas ni estatuas: aquella gruta estaba abierta en la roca en forma de bóveda cubierta de conchas y caracolas, y vestida de robustos pámpanos que se extendían con igualdad por su recinto. El agradable soplo de los céfiros conservaba la deliciosa frescura que burla los ardores del sol: corrían manantiales con apacible murmullo por entre las violetas y amarantos, y formaban en varios sitios balsas tan puras y diáfanas como el cristal: mil flores nuevas y lozanas esmaltaban el verde tapiz que cercaba la gruta. Ora se veía un bosque de aquel árbol frondoso que produce manzanas de oro y cuya flor renovada en cada estación esparce la más dulce fragancia, coronando al parecer las bellas praderas y formando una sombra impenetrable a los rayos del sol; ora se percibían los concertados gorjeos de las aves, o el ruido de las aguas que, precipitándose desde lo alto de una roca, descendían convertidas en espuma para perderse en la pradera.

Hallábase situada la gruta de la diosa en el declive de una colina, desde donde se descubría el mar sereno y transparente a las veces cual un hermoso espejo, e irritado otras furiosamente contra las rocas, en las cuales se estrellaba bramando y elevando espumosas olas hasta sus cimas. Veíase por otra parte un río que formaba varias islas pobladas de frondosos sauces y elevados olmos, cuyas copas competían con las nubes. Canales formados por islas, parecían gozarse en las llanuras, corriendo unos con rapidez, presentando otros sosegada y dormida su corriente, y retrocediendo otros hasta su origen con largos rodeos cual si no pudiesen dejar las encantadas riberas. Ofrecíanse a la vista de lejos colinas y montañas que se perdían entre las nubes, cuyas formas raras presentaban un horizonte tan agradable como pudiera desearse. Las montañas vecinas estaban cubiertas de verdes pámpanos en forma de festones, entre cuyas hojas sobresalía la uva encarnada cual la púrpura, agobiando con su peso a las frondosas vides. El olivo y la higuera, el granado y otros árboles formaban un hermoso jardín.

Después de haber mostrado Calipso a Telémaco estas bellezas naturales, le dijo: Descansad: vuestros vestidos se hallan mojados y es tiempo ya de mudarlos: volveremos a vernos y os referiré los sucesos de Ulises, que afectarán vuestro corazón. Al mismo tiempo le hizo entrar con Méntor en lo más secreto y retirado de una gruta inmediata a la en que habitaba la diosa, en donde habían cuidado las ninfas de encender una grande hoguera de cedro, cuyo aroma se esparcía por todas partes, y dejado vestiduras para los dos huéspedes.

Al advertir Telémaco se había destinado para él una túnica de lana fina, que excedía en blancura a la nieve, y un manto de púrpura recamado de oro, experimentó el placer natural en un joven considerando tal magnificencia.

¿Son esos, oh Telémaco, le dijo Méntor con gravedad, los sentimientos que deben ocupar el corazón del hijo de Ulises? Procurad más bien sostener la reputación de vuestro padre, venciendo al hado que os persigue. El joven que gusta de adornarse vanamente como una mujer, es indigno de la sabiduría y de la gloria; porque esta es debida únicamente a los corazones que saben soportar los trabajos y despreciar los placeres.

¡Que los dioses me sacrifiquen, respondió Telémaco suspirando, antes que permitan se apoderen de mi corazón la molicie y la sensualidad! No, no: jamás será vencido el hijo de Ulises por las delicias de una vida ociosa y afeminada. Pero ¿qué protección del cielo nos favorece encontrando después de nuestro naufragio a esta diosa o mortal que nos colma de beneficios?

Temed, replicó Méntor, que os agobie de infortunios; temed su engañosa dulzura mucho más que los escollos en que se ha estrellado vuestra nave, porque el naufragio y la muerte son menos funestos que los placeres que atacan la virtud. Guardaos de dar crédito a lo que os refiera. La juventud es presuntuosa y todo se lo promete de sí misma: aunque frágil, cree poderlo todo y no tener nada que temer, confiando con ligereza y sin precaución. Guardaos de escuchar las palabras dulces y lisonjeras de Calipso, que se deslizarán de su boca cual la serpiente entre las flores; temed este veneno oculto, desconfiad de vos mismo y escuchad siempre mis consejos.

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Volvieron en seguida adonde se hallaba Calipso, que los esperaba: sirvieron las ninfas, vestidas de blanco y con el cabello trenzado, una comida sencilla, pero exquisita por el gusto y aseo. No se veían otras viandas que las aves cogidas por aquellas en las redes, y los animales que habían traspasado con sus flechas en la caza: circulaba un vino más dulce que el néctar desde grandes vasijas de plata a tazas de oro coronadas de flores. Trajeron en canastillos todas las frutas que ofrece la primavera y que esparce el otoño sobre la tierra. Al mismo tiempo comenzaron a cantar cuatro ninfas, primero el combate de los dioses contra los gigantes, después los amores de Júpiter y de Semele, el nacimiento de Baco y su educación dirigida por el viejo Sileno, la carrera de Atalanta y de Hipómenes, vencedor con el auxilio de las manzanas de oro traídas del jardín de las Hespérides; y por último cantaron también la guerra de Troya, encumbrando hasta los cielos los combates y prudencia de Ulises, acompañando la primera de las ninfas, llamada Leucótoe, con la armonía de su lira la dulce voz de las demás.

Nuevo realce dieron a la hermosura de Telémaco las lágrimas que bañaron sus mejillas al oír el nombre de su padre; y advirtiendo Calipso que no podía comer porque se hallaba su corazón oprimido por el dolor, hizo seña a las ninfas que, al momento, cantaron el combate de los centauros con los lapitas, y la bajada de Orfeo a los infiernos para sacar a Eurídice.

Acabada la comida, habló así la diosa dirigiéndose a Telémaco: Ya veis, hijo del grande Ulises, cuán favorablemente os he recibido. Soy inmortal y ninguno de los que no lo son puede entrar en esta isla sin que sea castigada su temeridad: ni aun vuestro naufragio os libraría de mi indignación si por otra parte yo no os amase. Vuestro padre tuvo igual dicha que vos; mas ¡ah!, no supo aprovecharla. Le he detenido por mucho tiempo en esta isla, y en él ha consistido no vivir conmigo en estado de inmortalidad; mas la ciega pasión de regresar a su miserable patria le hizo despreciar todas estas ventajas. Ved lo que ha perdido por Ítaca, que aún no ha podido volver a ver. Quiso dejarme, partió, y fui vengada por las tempestades: después de haber sido su nave por mucho tiempo el juguete de los vientos, se sumergió en las olas: aprovechaos de tan triste ejemplo. Su naufragio hace inútil la esperanza de volverle a ver y de reinar en la isla de Ítaca: consolaos de haberle perdido, pues halláis aquí una deidad dispuesta a haceros feliz y un reino que os ofrece.

Añadió a estas palabras la diosa largos razonamientos para demostrar cuán feliz había sido Ulises a su lado: refirió las aventuras de este en la caverna del cíclope Polifemo y en casa de Antífates, rey de los lestrigones, sin olvidar cuanto le ocurrió en la isla de Circe, hija del Sol, ni los peligros que corrió entre Escila y Caribdis, y la última tempestad excitada por Neptuno cuando se separó de ella, procurando dar a entender había perecido en aquel naufragio, y omitiendo su arribo a la isla de los feacios.

Telémaco, que se había entregado con ligereza al gozo que experimentaba viéndose tan bien recibido de Calipso al principio de la narración de esta, conoció al fin su artificio y la prudencia de los consejos que Méntor acababa de darle, y respondió estas pocas palabras: Disimulad, oh diosa, mi dolor: no puedo dejar de afligirme: tal vez más adelante me hallaré en disposición de disfrutar la dicha que me ofrecéis; dejadme ahora llorar a mi padre, pues conocéis mejor que yo cuán digno era de ser llorado.

No se atrevió Calipso a instarle, y fingió participar de su dolor enterneciéndose por la suerte de Ulises; mas deseosa de conocer los medios de afectar el corazón del joven, le preguntó cómo había naufragado y qué sucesos le condujeron a aquellas costas. La relación de mis aventuras, respondió, sería demasiado larga. No, no, replicó la diosa; me hallo impaciente por escucharlas: apresuraos a referírmelas; y no pudiendo Telémaco resistir a sus ruegos habló de esta manera.

Partí de Ítaca para buscar a los otros reyes que habían regresado del sitio de Troya con el objeto de adquirir noticias de mi padre. Sorprendió mi partida a los amantes de mi madre Penélope, a quienes había cuidado de ocultarla conociendo su perfidia. Vi a Néstor en Pilos y en Lacedemonia a Menelao, que me recibió amistosamente; mas ni uno ni otro pudieron decirme si aún existía. Cansado de vivir siempre en la indecisión e incertidumbre, resolví pasar a Sicilia adonde me dijeron haber sido arrojado por los vientos; mas el prudente Méntor, a quien veis, se opuso a tan temeraria resolución, representándome por una parte el peligro de los cíclopes, gigantes descomunales que devoran a los hombres, y por otra la escuadra de Eneas y de los troyanos que cruzaba en aquellas costas: estos, me dijo, se hallan irritados contra todos los griegos, y derramarán con especial placer la sangre del hijo de Ulises. Regresad a Ítaca: tal vez vuestro padre, protegido de los dioses, llegará antes que vos. Mas si estos tienen determinada su pérdida, si no debe volver nunca a su patria, id a lo menos a vengarle, a dar libertad a vuestra madre, a mostrar vuestra prudencia a todos los pueblos, y a hacer ver a toda la Grecia que sois tan digno de reinar cual lo fue el mismo Ulises.

Tan saludable era este consejo como yo poco cuerdo para seguirle, pues solo escuché a mi pasión. El sabio Méntor me dio una prueba de su cariño siguiéndome en el temerario viaje que emprendía contra su dictamen, y han permitido los dioses que yo cometa esta falta para corregir mi presunción.

Mientras hablaba así Telémaco miraba Calipso a Méntor llena de admiración, y creía descubrir en él algo sobrenatural; mas sin poder descifrar sus confusas ideas. Permaneció largo rato sobrecogida y llena de desconfianza observando a aquel incógnito; mas temiendo fuese conocida su turbación, dijo a Telémaco: Proseguid: satisfaced mi curiosidad. Y este continuó.

Tuvimos por largo tiempo un viento favorable para pasar a Sicilia; mas después ocultó el cielo a nuestros ojos una oscura tempestad, y nos vimos envueltos en la más tenebrosa noche. A la fugaz claridad de los relámpagos descubrimos otras naves que corrían el mismo riesgo que la nuestra, y que en breve advertimos ser la escuadra de Eneas, tan temible para nosotros como los escollos. Entonces conocí, aunque demasiado tarde, haberme arrastrado la fogosidad de la juventud, impidiéndome reflexionar con madurez. En tal peligro se mantuvo Méntor no solo sereno e intrépido, sino más alegre que solía: él me alentaba inspirándome un ánimo invencible. Mientras el piloto estaba lleno de turbación, daba él las órdenes oportunas. Mi querido Méntor, le decía yo, ¿por qué no he seguido vuestros consejos? Soy desgraciado por haberme escuchado a mí mismo en una edad en que ni hay previsión de lo futuro, ni experiencia de lo pasado, ni prudencia para conducirse en lo presente. Mas ¡ay!, si escapamos de esta borrasca, desconfiaré de mí mismo como de mi mayor enemigo: solo vuestros consejos he de seguir siempre.

Sonreíase Méntor diciéndome: No trato de haceros ver el yerro que habéis cometido; basta le conozcáis y que os sirva de regla para ser más circunspecto en vuestros deseos. Sin embargo, cuando haya pasado el peligro, volveréis a ser presuntuoso. Ahora preciso es mantenerse con esfuerzo; pues si bien han de temerse y precaverse los peligros, también deben sufrirse con valor cuando llega la ocasión de arrostrarlos. Obrad como hijo de Ulises, mostrando que os anima un corazón superior a las desgracias que os amenazan.

Encantábanme el valor y la dulzura del sabio Méntor; pero todavía quedé más sorprendido al ver la destreza con que libertó nuestro bajel de la escuadra troyana. Cuando el cielo comenzaba a presentarse sereno, y por estar cerca de los troyanos no era posible dejasen de reconocernos, advirtió había sido extraviada por la borrasca una de sus naves, que era muy semejante a la nuestra. Su popa estaba adornada con ciertas flores, y se apresuró a colocar sobre la nuestra otras semejantes, atándolas él mismo con cintas de igual color. Mandó a los remeros se agachasen entre los bancos cuanto les fuese posible, con el objeto de que no les conociesen los enemigos, y de este modo pasamos por medio de ellos, que lanzaban aclamaciones de gozo cual si volviesen a ver a los compañeros que creían perdidos. Obligonos la violencia de las olas a navegar con ellos largo trecho, hasta que por fin nos fuimos quedando atrás, y mientras la impetuosidad del viento los conducía hacia el África, hicimos los mayores esfuerzos para arribar a fuerza de remos sobre la inmediata costa de Sicilia, adonde llegamos en efecto.

Mas no era lo que buscábamos menos funesto para nosotros que la escuadra de que huíamos; pues encontramos en la costa otros troyanos enemigos de los griegos. Reinaba en aquella parte el viejo Acestes, procedente de Troya. Apenas llegamos a la playa creyeron aquellos habitantes que, o bien éramos de algún pueblo de la isla, armados para sorprenderles, o extranjeros que venían a apoderarse de sus tierras. En el primer arrebato quemaron nuestro bajel y degollaron a todos nuestros compañeros, a excepción de Méntor y yo para presentarnos a Acestes con el fin de que este se asegurase de nuestras intenciones y del punto de donde veníamos. Entramos en la ciudad con las manos atadas a la espalda y no debía retardarse nuestra muerte más tiempo que el preciso para que sirviésemos de espectáculo a un pueblo cruel luego que supiesen éramos griegos.

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Presentáronnos a Acestes que, empuñando el cetro de oro, juzgaba a su pueblo y se preparaba a un gran sacrificio. Preguntonos con gravedad cuál era nuestro país y el objeto de nuestro viaje, y Méntor se apresuró a responder diciéndole: Venimos de las costas de la grande Hesperia, de la cual no dista mucho nuestra patria; evitando por este medio decir que éramos griegos. Pero Acestes sin escucharle más, y reputándonos por extranjeros que ocultaban su intención, mandó nos condujesen a un bosque inmediato para que sirviésemos como esclavos a los que guardaban sus ganados.

Esta condición me pareció más dura aún que la muerte, y exclamé: ¡Oh rey!, condenadnos a la muerte antes de tratarnos tan indignamente: sabed que soy Telémaco, hijo del sabio Ulises, rey de Ítaca. Busco a mi padre por la dilatada extensión de los mares; pero si no puedo hallarle, ni regresar a mi patria, ni evitar la esclavitud, quitadme una vida que no sabré soportar.

Apenas hube pronunciado estas palabras, comenzó todo aquel pueblo conmovido a gritar diciendo debía perecer el hijo del cruel Ulises, cuyos ardides habían arrasado la ciudad de Troya. ¡Oh hijo de Ulises!, me dijo Acestes, no me es posible negar vuestra sangre a los manes de tantos troyanos, a quienes vuestro padre ha precipitado en las orillas del negro Cocito: pereceréis con ese que os acompaña.

A este tiempo propuso un anciano de la multitud fuésemos inmolados sobre el sepulcro de Anquises: su sangre, decía, será agradable a los manes de aquel héroe, y el mismo Eneas, cuando tenga noticia de este sacrificio, se complacerá de que améis tanto lo que él más amaba en el mundo.

Aplaudió todo el pueblo esta proposición, y solo se trataba de inmolarnos. Ya nos conducían al sepulcro de Anquises; ya estaban preparados dos altares en que resplandecía la llama sagrada, y brillaba a nuestros ojos la cuchilla que debía dividir nuestra garganta; ya nos veíamos adornados de flores sin que pudiese asegurar nuestra vida la menor compasión; ya en fin estaba decidida nuestra suerte, cuando Méntor pidió permiso con serenidad para hablar al rey.

¡Oh Acestes!, le dijo, si el infortunio del joven Telémaco, que jamás esgrimió sus armas contra los troyanos, no puede conmover vuestro corazón, muévalo al menos el interés propio. El conocimiento que he adquirido de los presagios y de la voluntad de los dioses me hace anunciaros que antes de tres días seréis atacado por pueblos bárbaros, que cual un torrente descienden de las más elevadas montañas para inundar la ciudad y devastar todo el país. Apresuraos a evitar tantos daños: haced que el pueblo tome las armas, y no perdáis un momento en asegurar dentro de las murallas los numerosos rebaños que discurren por la campiña. Si esta predicción no sale cierta, podéis inmolarnos dentro de tres días; mas si llega a serlo, acordaos de que no debe privarse de la vida a aquellos de quienes se recibe.

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