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NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

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El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.

El Índice ha sido reubicado al principio de la obra.

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EL ESPEJO DE LA MUERTE

OBRAS DEL AUTOR

Pesetas

=Paz en la Guerra= (novela).--Madrid, Fernando Fe, 1897 4

=De la enseñanza superior en España.=--Madrid, Revista Nueva, 1899 1,50

=Tres Ensayos: ¡Adentro!--La Ideocracia.--La Fe.=--Madrid, B. Rodríguez Serra, 1900 1

=En torno al casticismo.=--Madrid, Fernando Fe. Barcelona, Antonio López, 1902 2

=Amor y Pedagogía= (novela).--Barcelona, Henrich y C.ª, 1902 3

=Paisajes= (Colección Calón).--Salamanca, 1902 0,75

=De mi país.= (Descripciones, relatos y artículos de costumbres.)--Madrid, Fernando Fe, 1903 3

=Vida de Don Quijote y Sancho=, según Miguel de Cervantes Saavedra, explicada y comentada.--Madrid, Fernando Fe, 1905 4

=Poesías.=--Fernando Fe, Victoriano Suárez, Madrid, 1907 3

=Recuerdos de niñez y de mocedad.=--Madrid, Fernando Fe, Victoriano Suárez, 1908 3

=Mi religión y otros ensayos.=--«Biblioteca Renacimiento», V. Prieto y C.ª, Madrid, 1910 3,50

=Por tierras de Portugal y de España.=--«Biblioteca Renacimiento», V. Prieto y C.ª, Madrid, 1910. 3,50

=Rosario de sonetos líricos.=--Madrid, Fernando Fe, Victoriano Suárez, 1911 3

=Soliloquios y conversaciones.=--«Biblioteca Renacimiento», Madrid, 1911 3,50

=Contra esto y aquello.=--«Biblioteca Renacimiento», Madrid, 1912 3,50

=Del sentimiento trágico de la vida.=--«Biblioteca Renacimiento», Madrid, 1913 3,50

MIGUEL DE UNAMUNO

EL ESPEJO
DE LA MUERTE

(NOVELAS CORTAS)

[Ilustración]

RENACIMIENTO
SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL
Calle de Pontejos, núm. 3, 1.º
MADRID

ES PROPIEDAD

Imprenta de Prudencio Pérez de Velasco, Campomanes, 4.

ÍNDICE

PÁG.

El espejo de la muerte 5

El sencillo D. Rafael, cazador y tresillista 15

Ramón Nonnato, suicida 25

Cruce de caminos 33

El amor que asalta 41

Solitaña 49

Bonifacio 63

Las tribulaciones de Susín 69

¡Cosas de franceses! 77

El misterio de iniquidad o sea los Pérez y los López 85

El semejante 95

Soledad 103

Al correr los años 115

La beca 125

¡Viva la introyección! 137

¿Por qué ser así? 143

El diamante de Villasola 151

Juan Manso 157

Del odio a la piedad 165

El desquite 171

Una rectificación de honor 177

Una visita al viejo poeta 187

El abejorro 195

El poema vivo del amor 201

El canto adámico 209

Las tijeras 215

Y va de cuento 223

EL ESPEJO DE LA MUERTE

HISTORIA MUY VULGAR

¡La pobre! Era una languidez traidora que iba ganándole el cuerpo todo de día en día. Ni le quedaban ganas para cosa alguna: vivía sin apetito de vivir y casi por deber. Por las mañanas costábale levantarse de la cama, ¡a ella, que se había levantado siempre para poder ver salir el sol! Las faenas de la casa le eran más gravosas cada vez.

La primavera no resultaba ya tal para ella. Los árboles, limpios de la escarcha del invierno, iban echando su plumoncillo de verdura; llegábanse a ellos algunos pájaros nuevos; todo parecía renacer. Ella sola no renacía.

«¡Esto pasará--decíase--, esto pasará!», queriendo creerlo a fuerza de repetírselo a solas. El médico aseguraba que no era sino una crisis de la edad; aire y luz, nada más que aire y luz. Y comer bien; lo mejor que pudiese.

¿Aire? Lo que es como aire le tenían en redondo, libre, soleado, perfumado de tomillo, aperitivo. A los cuatro vientos se descubría desde la casa el horizonte de tierra, una tierra lozana y grasa que era una bendición del Dios de los campos. Y luz, luz libre también. En cuanto a comer... «pero madre, si no tengo ganas...».

--Vamos, hija, come, que a Dios gracias no nos falta de qué; come--le repetía su madre, suplicante.

--Pero si no tengo ganas, le he dicho...

--No importa. Comiendo es como se las hace una.

La pobre madre, más acongojada que ella, temiendo se le fuera de entre los brazos aquel supremo consuelo de su viudez temprana, se había propuesto empapizarla, como a los pavos. Llegó hasta a provocarle bascas, y todo inútil. No comía más que un pajarito. Y la pobre viuda ayunaba en ofrenda a la virgen pidiéndole diera apetito, apetito de comer, apetito de vivir, a su pobre hija.

Y no era esto lo peor que a la pobre Matilde le pasaba, no era el languidecer, el palidecer, marchitarse y ajársele el cuerpo; era que su novio, José Antonio, estaba cada vez más frío con ella. Buscaba una salida, sí, no había dudado de ello; buscaba un modo de zafarse y dejarla. Pretendió primero, y con muy grandes instancias, que se apresurase la boda, como si temiera perder algo, y a la respuesta de madre e hija de: «No; todavía no, hasta que me reponga; así no puedo casarme», frunció el ceño. Llegó a decirle que acaso el matrimonio la aliviase, la curase, y ella, tristemente: «No, José Antonio, no; éste no es mal de amores, es otra cosa: es mal de vida». Y José Antonio la oyó mustio y contrariado.

Seguía acudiendo a la cita el mozo, pero como por compromiso, y estaba durante ella distraído y como absorto en algo lejano. No hablaba ya de planes para el porvenir, como si éste hubiera para ellos muerto. Era como si aquellos amores no tuviesen ya sino pasado.

Mirándole como a espejo le decía Matilde:

--Pero, dime, José Antonio, dime, ¿qué te pasa?; porque tú no eres ya el que antes eras...

--¡Qué cosas se te ocurren, chica! ¿Pues quién he de ser?...

--Mira, oye: si te has cansado de mí, si te has fijado ya en otra, déjame. Déjame, José Antonio, déjame sola, porque sola me quedaré; ¡no quiero que por mí te sacrifiques!

--¡Sacrificarme! Pero, ¿quién te ha dicho, chica, que me sacrifico? Déjate de tonterías, Matilde.

--No, no, no lo ocultes; tú ya no me quieres...

--¿Que no te quiero?

--No, no, ya no me quieres como antes, como al principio...

--Es que al principio...

--¡Siempre debe ser principio, José Antonio!; en el querer siempre debe ser principio; se debe estar siempre empezando a querer.

--Bueno, no llores, Matilde, no llores, que así te pones peor...

--¿Que me pongo peor?, ¿peor?; ¡luego estoy mal!

--¡Mal... no!; pero... Son cavilaciones...

--Pues, mira, oye, no quiero, no; no quiero que vengas por compromiso...

--¿Es que me echas?

--¿Echarte yo, José Antonio, yo?

--Parece que tienes empeño en que me vaya...

Rompía aún más a llorar la pobre. Y luego, encerrada en su cuarto, con poca luz ya y con poco aire, mirábase Matilde una y otra vez al espejo y volvía a mirarse en él. «Pues no, no es gran cosa--se decía--; pero las ropas cada vez se me van quedando más grandes, más holgadas, este justillo me viene ya flojo, puedo meter las dos manos por él; he tenido que dar un pliegue más a la saya... ¿Qué es esto, Dios mío, qué es?». Y lloraba y rezaba.

Pero vencían los veintitrés años, vencía su madre, y Matilde soñaba de nuevo en la vida, en una vida verde y fresca, aireada y soleada, llena de luz, de amor y de campo; en un largo porvenir, en una casa henchida de faenas, en unos hijos y, ¿quién sabe?, hasta en unos nietos. ¡Y ellos, dos viejecitos, calentando al sol el postre de la vida!

José Antonio empezó a faltar a las citas, y una vez, a los repetidos requerimientos de su novia de que la dejara si es que ya no la quería como al principio, si es que no seguía empezando a quererla, contestó con los ojos fijos en la guija del suelo: «Tanto te empeñas, que al fin...». Rompió ella una vez más a llorar. Y él entonces, con brutalidad de varón: «Si vas a darme todos los días estas funciones de lágrimas, sí que te dejo». José Antonio no entendía de amor de lágrimas.

Supo un día Matilde que su novio cortejaba a otra, a una de sus más íntimas amigas. Y se lo dijo. Y no volvió José Antonio.

Y decía a su madre la pobre:

--¡Yo estoy muy mala, madre; yo me muero!...

--No digas tonterías, hija; yo estuve a tu edad mucho peor que tú; me quedé en puros huesos. Y ya ves cómo vivo. Eso no es nada. Claro, te empeñas en no comer...

Pero a solas en su cuarto y entre lágrimas silenciosas pensaba la madre: «¡Bruto, más que bruto! Por qué no aguardó un poco... un poco, sí, no mucho... La está matando... antes de tiempo...».

Y se iban los días, todos iguales, unánimes, llevándose cada uno un jirón de la vida de Matilde.

Acercábase el día de Nuestra Señora de la Fresneda, en que iban todos los del pueblo a la venerada ermita, donde se rezaba, pedía cual por sus propias necesidades, y era la vuelta una vuelta de romería, entre bailes, retozos, cantos y relinchidos. Volvían los mozos de la mano, del brazo de las mozas, abrazados a ellas, cantando, brincando, jijeando, retozándose. Era una de besos robados, de restregones, de apretujeos. Y los mayores se reían recordando y añorando sus mocedades.

--Mira, hija--dijo a Matilde su madre--; está cerca el día de Nuestra Señora; prepara tu mejor vestido. Vas a pedirle que te dé apetito.

--¿No será mejor, madre, pedirle salud?

--No, apetito, hija, apetito. Con él te volverá la salud. No conviene pedir demasiado ni aun a la virgen. Es menester pedir poquito a poquito; hoy una miaja, mañana otra. Ahora apetito, que con él te vendrá la salud, y luego...

--Luego, ¿qué, madre?

--Luego un novio más decente y más agradecido que ese bárbaro de José Antonio.

--¡No hable mal de él, madre!

--¡Que no hable mal de él! ¿Y me lo dices tú? Dejarte a ti, mi cordera, ¿y por quién? ¿Por esa legañosa de Rita?

--No hable mal de Rita, madre, que no es legañosa. Ahora es más guapa que yo. Si José Antonio no me quería ya, ¿para qué iba a seguir viniendo a hablar conmigo? ¿Por compasión? ¿Por compasión, madre, por compasión? Yo estoy muy mal, lo sé, muy mal. Y a Rita da gusto de verla, tan colorada, tan fresca...

--¡Calla, hija, calla! ¿Colorada? Sí, como el tomate. ¡Basta, basta!

Y se fué a llorar la madre.

Llegó el día de la fiesta. Matilde se atavió lo mejor que pudo, y hasta se dió, ¡la pobre!, colorete en las mejillas. Y subieron madre e hija a la ermita. A trechos tenía la moza que apoyarse en el brazo de su madre; otras veces se sentaba. Miraba al campo como por despedida, y esto aun sin saberlo.

Todo era en torno alegría y verdor. Reían los hombres y los árboles. Matilde entró a la ermita, y en un rincón, con los huesos de las rodillas clavados en las losas del suelo, apoyados los huesos de los codos en la madera de un banco, anhelante, rezó, rezó, rezó, conteniendo las lágrimas. Con los labios balbucía una cosa, con el pensamiento otra. Y apenas si veía el rostro resplandeciente de Nuestra Señora, en que se reflejaban las llamas de los cirios.

Salieron de la penumbra de la ermita al esplendor luminoso del campo y emprendieron el regreso. Volvían los mozos, como potros desbocados, saciando apetitos acariciados durante meses. Corrían mozos y mozas, excitando con sus chillidos éstas a aquéllos a que las persiguieran. Todo era restregones, sobeos y tentarujas bajo la luz del sol.

Y Matilde lo miraba todo tristemente, y más tristemente aún lo miraba su madre, la viuda.

--Yo no podría correr si así me persiguieran--pensaba la pobre moza--, yo no podría provocarles y azuzarles con mis carreras y mis chillidos... Esto se va.

Cruzáronse con José Antonio, que pasaba junto a ellas acompañando al paso a Rita. Los cuatro bajaron los ojos al suelo. Rita palideció, y el último arrebol, un arrebol de ocaso encendió las mejillas de Matilde, de donde la brisa había borrado el colorete.

Sentía la pobre moza en torno de sí el respeto como espesado: un respeto terrible, un respeto trágico, un respeto inhumano y cruelísimo. ¿Qué era aquello? ¿Era compasión? ¿Era aversión? ¿Era miedo? ¡Oh, sí; tal vez miedo, miedo tal vez! Infundía temor; ¡ella, la pobre chiquilla de veintitrés años! Y al pensar en este miedo inconsciente de los otros, en este miedo que inconscientemente también adivinaba en los ojos de los que al pasar la miraban, se la helaba de miedo, de otro más terrible miedo, el corazón.

Así que traspuso el umbral de la solana de su casa, entornó la puerta; se dejó caer en el escaño, reventó en lágrimas y exclamó con la muerte en los labios:

--¡Ay, mi madre; mi madre, cómo estaré! ¡Cómo estaré, que ni siquiera me han retozado los mozos! ¡Ni por cumplido, ni por compasión, como otras; como a las feas! ¡Cómo estaré, virgen santa, cómo estaré! ¡Ni me han retozado..., ni me han retozado los mozos como antaño! ¡Ni por compasión, como a las feas! ¡Cómo estaré, madre, cómo estaré!

--¡Bárbaros, bárbaros y más que bárbaros!--se decía la viuda--. ¡Bárbaros, no retozar a mi hija, no retozarla!... ¿Qué les costaba? Y luego a todas esas legañosas... ¡Bárbaros!

Y se indignaba como ante un sacrilegio, que lo era, por ser el retozo en estas santas fiestas un rito sagrado.

--¡Cómo estaré, madre, como estaré que ni por compasión me han retozado los mozos!

Se pasó la noche llorando y anhelando y a la mañana siguiente no quiso mirarse al espejo. Y la virgen de la Fresneda, madre de compasiones, oyendo los ruegos de Matilde, a los tres meses de la fiesta se la llevaba a que la retozasen los ángeles.

EL SENCILLO DON RAFAEL,
CAZADOR Y TRESILLISTA

Sentía resbalar las horas, hueras, aéreas, deslizándose sobre el recuerdo muerto de aquel amor de antaño. Muy lejos, detrás de él, dos ojos ya sin brillo entre nieblas. Y un eco vago, como el del mar que se rompe tras la montaña, de palabras olvidadas. Y allá, por debajo del corazón, susurro de aguas soterrañas. Una vida vacía, y él solo, enteramente solo. Solo con su vida.

Tenía para justificarla nada más que la caza y el tresillo. Y no por eso vivía triste, pues su sencillez heroica no se compadecía con la tristeza. Cuando algún compañero de juego, despreciando un solo, iba a buscar una sola carta para dar bola, solía repetir don Rafael que hay cosas que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas. Era providencialista; es decir, creía en el todopoderío del azar. Tal vez por creer en algo y no tener la mente vacía.

--¿Y por qué no se casa usted?--le preguntó alguna vez con la boca chica su ama de llaves.

--¿Y por qué me he de casar?

--Acaso no vaya usted descaminado.

--Hay cosas, señora Rogelia, que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas.

--¡Y cuando menos se piensa!

--¡Así se dan las bolas! Pero, mire, hay una razón que me hace pensar en ello...

--¿Cuál?

--La de poder morir tranquilo ab intestato.

--¡Vaya una razón!--exclamó el ama alarmada.

--Para mí la única valedera--respondió el hombre, que presentía no valen las razones, sino el valor que se las da.

Y una mañana de primavera, al salir, con achaque de la caza, a ver nacer el sol, un envoltorio en la puerta de su casa. Encorvóse a mejor percatarse, y de dentro, un ligerísimo susurro, como de cosas olvidadas. El rollo se removía. Lo levantó; estaba tibio; lo abrió: era una criatura de horas. Quedósele mirando, y su corazón pareció sentir, no ya el susurro, sino el frescor de sus aguas soterrañas. ¡Vaya una caza que me ha deparado el destino!, pensó.

Volvióse con el envoltorio en brazos, la escopeta a la bandolera, subiendo las escaleras de puntillas para no despertar a aquello, y llamó quedamente varias veces.

--Aquí traigo esto--le dijo al ama de llaves.

--Y eso, ¿qué es?

--Parece un niño...

--¿Parece sólo?...

--Lo dejaron a la puerta de la calle.

--¿Y qué hacemos con ello?

--Pues... ¿qué vamos a hacer? Bien claro está ¡criarlo!

--¿Quién?

--Los dos.

--¿Yo? ¡Yo, no!

--Buscaremos ama.

--¡Pero está usted en su juicio, señorito! ¡Lo que hay que hacer es dar parte al juez, y en cuanto a eso, al hospicio con ello!

--¡Pobrecillo! ¡Eso sí que no!

--En fin, usted manda.

Una madre vecina le prestó caritativamente las primeras leches, y pronto el médico de don Rafael encontró una buena nodriza: una chica soltera que acababa de dar a luz un niño muerto.

--Como nodriza, excelente--le dijo el médico--, y como persona, ya ves, un desliz así puede ocurrirle a cualquiera.

--A mí no--contestó con su sencillez característica don Rafael.

--Lo mejor sería--dijo el ama de llaves--que se lo llevase a su casa a criarlo.

--No--replicó don Rafael--, eso tiene graves peligros; no me fío de la madre de la chica. Aquí, aquí, bajo mi vigilancia. Y no hay que darle disgustos a la chica, señora Rogelia, que de ello depende la salud del niño. No quiero que por una sofoquina de Emilia pase el angelito un dolor de tripas.

Era Emilia, la nodriza, de veinte años, alta, agitanada, con una risa perpetua en los ojos, cuya negrura realzaba el marco de ébano del pelo que le cubría las sienes como con dos esponjosas alas de cuervo, entreabiertos y húmedos los labios guinda, y unos andares de gallina a que el gallo ronda.

--¿Y cómo va a bautizarle usted, señorito?--le preguntó la señora Rogelia.

--Como hijo mío.

--Pero, ¿está usted loco?

--¡Qué más da!

--¿Y si mañana, por esa medalla que lleva y esas contraseñas, aparecen sus verdaderos padres?...

--Aquí no hay más padre ni madre que yo. Yo no busco niños, como no busco bolas; pero cuando vienen... soy libre. Y creo que ésta del azar es la más pura y libre de las maternidades. No me cabe la culpa de que haya nacido, pero tendré el mérito de hacerle vivir. Hay que creer en la providencia siquiera por creer en algo, que eso consuela, y además así podré morirme tranquilo ab intestato, pues ya tengo quien me herede forzosamente.

La señora Rogelia se mordió los labios, y cuando don Rafael hizo bautizar y registrar al niño como hijo suyo dió que reir a la vecindad y a nadie que sospechar malicia alguna: tan conocida era su trasparente ingenuidad cotidiana. Y el ama de llaves tuvo, mal de su grado, que avenirse y concordar con el ama de leche.

Ya tenía don Rafael algo más en qué pensar que en la caza y el tresillo; ya estaban sus días llenos. La casa se le llenó de una vida nueva, luminosa y sencilla. Y hasta perdió alguna noche el sueño y el descanso paseando al nene para acallarlo.

--Es hermoso como el sol, señora Rogelia. Y tampoco hemos tenido mala suerte con el ama, me parece.

--Como no vuelva a las andadas...

--De eso me encargo yo. Sería una picardía, una deslealtad: se debe al niño. Pero, no, no; está desengañada del zanguango de su novio, un bausán de marca mayor a quien ya aborrece...

--No se fíe usted..., no se fíe usted...

--Y a quien voy a pagarle el pasaje a América. Y ella es una pobrecilla...

--Hasta que vuelva a tener ocasión...

--¡Digo que lo evitaré!

--Pues como ella quiera...

--¡Ah, en cuanto a eso sí. Porque si he de decirle a usted la verdad, la verdad es que...

--Sí, me la supongo.

--¡Pero, ante todo, respeto a mi hijo!

Emilia nada tenía de lerda y estaba deslumbrada con el rasgo heroicamente sencillo de aquel solterón semidurmiente. Encariñóse desde un principio con el crío como si fuese su madre misma. El padre putativo y la nodriza natural pasábanse largos ratos, a sendos lados de la cuna, contemplando la sonrisa del sueño del niño cuando éste hacía como que mamaba.

--¡Lo que es el hombre!--decía don Rafael...

Y cruzábanse sus miradas. Y cuando teniéndole ella, Emilia, en brazos, iba él, don Rafael, a besar al niño, con el beso ya preparado en la boca rozaba casi la mejilla de la nodriza, cuyos rizos de ébano le afloraban la frente al padre. Otras veces quedábase contemplando alguno de los dos mellizos blancos senos, turgentes de vida que se da, con el serpenteo azul de las venas que del cuello bajaban, y sostenido entre los ahusados dedos índice y corazón como en horqueta. Doblábase sobre él un cuello de paloma. Y también entonces le entraban ganas de besar al hijo, y su frente, al tocar al seno, hacíalo temblotear.

--¡Ay, lo que siento es que pronto tendré que dejarte, sol mío!--exclamaba ella, apretándolo contra su seno y como si le entendiera.

Callábase a esto don Rafael.

Y cuando le cantaba al niño, brazándole, aquella vieja canturria paradisíaca que, aun trasmitiéndosela de corazón a corazón las madres, cada una de éstas crea e inventa de nuevo, eternamente nueva poesía, siendo la misma siempre, la única, como el sol, traíale a don Rafael como un dejo de su niñez olvidada en las lontananzas del recuerdo. Balanceábase la cuna y con ella el corazón del padre al azar, y mejíasele aquel canto...

que viene el cocóóóóó...

con el susurro de las aguas de debajo de su corazón...

a llevarse a los niños...

que iba también durmiéndose...

que duermen pocóóóóó...

entre las blandas nieblas de su pasado...

¡ah, ah, ah, aaaaah!

--¡Qué buena madre hace!--pensaba.

Alguna vez, hablando del percance que la hizo nodriza, le preguntó don Rafael:

--Pero, chica, ¿cómo pudo ser eso?

--¡Ya ve usted, don Rafael!--y se le encendía leve, muy levemente el rostro.

--¡Sí, tienes razón, ya lo veo!

Y llegó una enfermedad terrible, días y noches de angustia. Mientras duró aquello hizo don Rafael que Emilia se acostase con el niño en su mismo cuarto. «Pero señorito--dijo ella--, cómo quiere usted que yo duerma allí...». «Pues muy sencillo--contestó él, con su sencillez acostumbrada--, ¡durmiendo!».

Porque para aquel hombre, todo sencillez, era sencillo todo.

Por fin, el médico dió por salvado al niño.

--¡Salvado!--exclamó don Rafael con el corazón desbordante, y fué a abrazar a Emilia, que lloraba del estupor del gozo.

--Sabes una cosa--le dijo sin soltar del todo el abrazo y mirando al niño que sonreía en floración de convalecencia.

--Usted dirá--contestó ella, mientras el corazón se le ponía al galope.

--Que puesto que estamos los dos libres y sin compromiso, pues no creo que pienses ya en aquel majadero que ni siquiera sabemos si llegó o no a Tucumán, y ya que somos yo padre y tu madre, cada uno a su respecto, del mismo hijo, nos casemos y asunto concluido.

--¡Pero, don Rafael!--y se puso de grana.

--Mira, chiquilla, así podremos tener más hijos...

El argumento era algo especioso, pero persuadió a Emilia. Y como vivían juntos y no era cosa de contenerse por unos días fugitivos--¡qué más da!--aquella misma noche le hicieron sucesor al niño y muy poco después se casaron como la Santa Madre Iglesia y el providente Estado mandan.

Y fueron en lo que en lo humano cabe--¡y no es poco!--felices, y tuvieron diez hijos más, una bendición de Dios, con lo cual pudo morir tranquilo ab intestato, por tener ya quienes forzosamente le heredaran, el sencillo don Rafael, que de cazador y tresillista pasó de dos brincos a padre de familia. Y es lo que él solía decir como resumen de su filosofía práctica: ¡hay que dar al azar lo suyo!

RAMÓN NONNATO, SUICIDA

Cuando harto de llamar a la puerta de su cuarto entró, forzándola, el criado, encontróse a su amo lívido y frío en la cama, con un hilo de sangre que le destilaba de la sien derecha, y junto a él, aquel retrato de mujer que traía constantemente consigo, casi como un amuleto, y en cuya contemplación se pasaba tantas horas.

Y era que en la víspera de aquel día de otoño gris, a punto de ponerse el día, Ramón Nonnato se había pegado un tiro. Habíanle visto antes, por la tarde, pasearse solo, según tenía por costumbre, a la orilla del río, cerca de su desembocadura, contemplando cómo las aguas se llevaban al azar las hojas amarillas que desde los álamos marginales iban a caer para siempre, para nunca más volver, en ellas. «Porque las que en la primavera próxima, la que no veré, vuelvan con los pájaros nuevos a los árboles, serán otras», pensó Nonnato.

Al desparramarse la noticia del suicidio hubo una sola y compasiva exclamación: ¡Pobre Ramón Nonnato! Y no faltó quien añadiera: Le ha suicidado su difunto padre.

Pocos días antes de darse así la muerte había pagado Nonnato su última deuda con el producto de la venta de la última finca que le quedara de las muchas que de su padre heredó, y era la casa solariega de su madre. Antes fué a ella y se estuvo allí solo durante un día entero, llorando su desamparo y la falta de un recuerdo, con un viejo retrato de su madre entre las manos. Era el retrato que traía siempre consigo, sobre el pecho, imagen de una esperanza que para él había siempre sido recuerdo, siempre.

El pobre hombre había desbaratado la fortuna que su padre le dejara en locas especulaciones enderezadas a acrecentarla, en fantásticas combinaciones financieras y bursátiles, mientras vivía con una modestia rayana en la pobreza y ceñido de privaciones. Pues apenas si gastaba más que lo preciso para sustentarse con un discreto decoro, y fuera de esto en caridades y favores. Porque el pobre Nonnato, tan tacaño para consigo mismo, era en extremo liberal y pródigo para con los demás: sobre todo con las víctimas de su padre.

La razón de su conducta era que buscaba aumentar lo más posible su fortuna, hacerla enorme y emplearla luego en vasto objeto de servicio a la cultura pública, para redimirla así de su pecado de origen. No le parecía bastante haberla distribuido en pequeñas caridades y mucho menos haber tratado de cancelar los daños de su padre. No es posible recoger el agua derramada.

Llevaba siempre fijas en la mente las últimas palabras que al morir le dirigió su padre, y fueron así:

--Lo que siento, hijo mío, es que esta fortuna, tan trabajosamente fraguada y cimentada por mí, esta fortuna tan bien repartida, y que es, aunque tú no lo creas, una verdadera obra de arte, se va a deshacer en tus manos. Tú no has heredado mi espíritu, ni tienes amor al dinero, ni entiendes de negocio. Confieso haberme equivocado contigo.

«Afortunadamente», pensó Nonnato al oir estas últimas palabras de su padre. Porque, en efecto, no había logrado éste infundirle su recio y sombrío amor al dinero, ni aquella su afición al negocio, que le hacía preferir la ganancia de tres, con engaño legal, a la de cuatro sin él.

Y eso que el pobre Nonnato había sido el abogado de los pleitos en que de continuo se metía aquel hombre terrible: un abogado gratuito, por supuesto. En su calidad de abogado de su padre, es como Nonnato tuvo que penetrar en los más recónditos recovecos del antro del usurero, tinieblas húmedas donde acabó de entristecérsele el alma, presa de una esclavitud irrescatable. Ni podía libertarse, pues, ¿cómo resistir la mirada cortante y fría de aquel hombre de presa?

Años tétricos los de la carrera del pobre Nonnato, de aquella carrera odiada que estudiaba obligado a ello por su padre. Cuando durante los veranos se iba de vacaciones a su pueblo costero, después de aquel tenebroso curso de estudios, pasado en una miserable casa de uno de los deudores de su padre, que así le sacaba más interés a su préstamo, íbase Nonnato solo a orillas del mar a consolarse de su soledad con la soledad del océano y a olvidar las tristezas de la tierra. El mar le había siempre llamado como una gran madre consoladora, y sentado a su orilla, sobre una roca ceñida de algas, contemplaba el retrato aquel de su pobre madre, fingiéndose que el canto brezador de las olas era el arrullo de cuna que no le había sido concedido oir en su infancia.

Él había querido hacerse marino para huir mejor de casa de su padre, para cultivar la soledad de su alma; pero su padre, que necesitaba un abogado gratuito, le obligó a estudiar leyes para torcerlas, renunciando al mar. De aquí lo tétrico de sus años de carrera.

Y ni aun tuvo en ellos el consuelo de refrescarse el alma a solas con el recuerdo de sus mocedades, porque éstas habíalas pasado como una sola noche de invierno en un desierto de hielo. Solo, siempre solo con aquel padre que apenas le hablaba como no fuese de sus feos negocios y que de cuando en cuando le decía: «Porque esto lo hago por ti, principalmente por ti, casi sólo por ti. Quiero que seas rico, muy rico, inmensamente rico y que puedas casarte con la hija del más rico de esos ricachos que nos desprecian». Mas el chico sentía que aquello era mentira, y que él no era sino un pretexto para que su padre se justificase ante sí mismo, en el foro de su conciencia, su usura y su avaricia. Y fué entonces, en aquella tétrica mocedad, cuando dió con el retrato de su madre y empezó a dedicarle culto. El padre, por su parte, jamás le habló de ella.

Y el pobre mozo, que oía a sus compañeros hablar de sus madres, trataba de figurarse cómo habría podido ser la suya. E interrogaba en vano a aquella antigua sirvienta, seca y dura, la confidente de su padre, la que le había tomado de brazos de su nodriza, a la que no había vuelto a ver. Nunca le oyó cantar a aquella mujer ceñuda y tercamente silenciosa. Y era ella la que se perdía en sus más remotos recuerdos de niñez.

¡Niñez! No la había tenido. Su niñez fué un solo día largo, un día gris y frío de unos cuantos años, porque todos sus días fueron iguales e iguales las horas todas de cada uno de sus días. Y la escuela no menos tétrica que su hogar. En ella le dirigían bromas feroces, como son las bromas infantiles, sobre las mañas de su padre. Y como le vieran una vez llorar al llamarle el hijo del usurero, redoblaron las burlas.

La nodriza lo había dejado en cuanto pudo porque no se le pagaba su servicio en rigor. Era el modo que tenía el usurero de cobrarse una deuda del marido de ella. Y así, en vez de pagarle sus mesadas por dar la leche de su pecho al pobrecito Nonnato, íbaselas descontando de lo que su marido le debía.

Habíanle sacado a Ramón Nonnato del cadáver tibio de su madre, que murió poco antes de cuando había de darle a luz, cuarenta y dos años antes del día aquél en que se suicidó. Y es, pues, que había nacido con el suicidio en el alma.

¡La pobre madre! ¡Cuántas veces en sus últimos días de vida se ilusionaba con que el hijo tan esperado habría de ser un rayo de sol en aquel hogar tenebroso y frío y habría de cambiar el alma de aquel hombre terrible! «¡Y por lo menos--pensaba--no estaré ya sola en el mundo, y cantando a mi niño no oiré el rechinar del dinero en ese cuarto de los secretos! ¡Y quién sabe... acaso cambie!».

Y soñaba con llevarle en los días claros a la orilla del mar a darle allí el pecho frente al pecho palpitante de la nodriza de la tierra, uniendo su canto al eterno canto de cuna que tantos dolores del trabajado linaje humano adormeciera.

¿Cómo se encontró casada con aquel hombre? Ni ella lo sabía. Cosa de su familia, de su padre, que tenía negocios oscuros con el que fué luego su marido. Sospechaba algo pavoroso, pero en que no quería entrar. Recordaba que un día, después de varios en que su madre tuvo de continuo enrojecidos los ojos por el llanto, la llamó su padre al cuarto de las solemnidades, y le dijo:

--Mira, hija mía, mi salvación, la salvación de la familia toda depende de ti. Sin un sacrificio tuyo, no sólo la ruina completa, sino además la deshonra.

--Mándeme padre--respondió ella.

--Es menester que te cases con Atanasio, mi socio.

La pobre, temblando de los talones a la nuca, se calló, y su padre, tomando su silencio por un otorgamiento, añadió:

--Gracias, hija, gracias; no esperaba yo otra cosa de ti. Sí, este sacrificio...

--¿Sacrificio?--dijo ella por decir algo.

--¡Oh, sí, hija mía, no le conoces, no le conoces como yo!...

CRUCE DE CAMINOS

Entre dos filas de árboles la carretera piérdese en el cielo; sestea un pueblecillo junto a un charco, en que el sol cabrillea, y una alondra, señera, trepidando en el azul sereno, dice la vida mientras todo calla. El caminante va por donde dicen las sombras de los álamos; a trechos para y mira, y sigue luego.

Deja que oree el viento su cabeza blanca de penas y años, y anega sus recuerdos dolorosos en la paz que le envuelve.

De pronto, el corazón le da rebato y se detiene temblando cual si fuese ante el misterio final de su existencia. A sus pies, sobre el suelo, al pie de un álamo y al borde del camino, una niña dormía un sueño sosegado y dulce. Lloró un momento el caminante, luego se arrodilló, después sentóse, y, sin quitar sus ojos de los ojos cerrados de la niña, le veló el sueño. Y él soñaba entretanto.

Soñaba en otra niña como aquélla, que fué su raíz de vida, y que al morir una mañana dulce de primavera le dejó solo en el hogar, lanzándole a errar por los caminos, desarraigado.

De pronto abrió los ojos hacia el cielo la que dormía, los volvió al caminante, y cual quien habla con un viejo conocido, le preguntó: ¿Y mi abuelo? Y el caminante respondió: ¿Y mi nieta? Miráronse a los ojos, y la niña le contó que, al morírsele su abuelo, con quien vivía sola--en soledad de compañía solos--, partió al azar de casa, buscando... no sabía qué... más soledad acaso.

--Iremos juntos; tú a buscar a tu abuelo; yo, a mi nieta--le dijo el caminante.

--¡Es que mi abuelo se murió!--la niña.

--Volverán a la vida y al camino--contestó el viejo.

--Entonces... ¿vamos?

--¡Vamos, sí, hacia adelante, hacia levante!

--No, que así llegaremos a mi pueblo y no quiero volver, que allí estoy sola. Allí sé el sitio en que mi abuelo duerme. Es mejor al poniente; todo derecho.

--¿El camino que traje?--exclamó el viejo--. ¿Volverme, dices? ¿Desandar lo andado? ¿Volver a mis recuerdos? ¿Cara al ocaso? ¡No, eso nunca! ¡No, eso sí que no, antes morirnos!

--¡Pues entonces... por aquí, entre las flores, por los prados, por donde no hay camino!

Dejando así la carretera fueron campo traviesa, entre floridos campos--magarzas, clavelinas, amapolas--, adonde Dios quisiera.

Y ella, mientras chupaba un chupamieles con sus labios de rosa, le iba contando de su abuelo cómo en las largas veladas invernizas le hablaba de otros mundos, del paraíso, de aquel diluvio, de Noé, de Cristo...

--¿Y cómo era tu abuelo?

--Casi era como tú, algo más alto...; pero no mucho, no te creas... viejo..., y sabía canciones.

Calláronse los dos, siguió un silencio y lo rompió el anciano dando a la brisa que iba entre las flores este cantar:

Los caminos de la vida
van del ayer al mañana,
mas los del cielo, mi vida,
van al ayer del mañana.

Y al oirle, la niña dió a los cielos, como una alondra, esta fresca canción de primavera:

Pajarcito, pajarcito,
¿de dónde vienes?
El tu nido, pajarcito,
¿ya no le tienes?
Si estás solo, pajarcito,
¿cómo es que cantas?
¿A quién buscas, pajarcito,
cuando te levantas?

--Así era como tú, algo más chica--dijo llorando el viejo--; así era como tú..., como estas flores...

--¡Cuéntame de ella, pues, cuéntame de ella!

Y empezó el viejo a repasar su vida, a rezar sus recuerdos, y la niña a su vez a ensimismárselos, a hacerlos propios.

«Otra vez...»--empezaba él, y ella, cortándole, decía: «¡Lo recuerdo!».

--¿Que lo recuerdas, niña?

--Sí, sí; todo eso me parece cual si fuera algo que me pasó, como si hubiese vivido yo otra vida.

--¡Tal vez!--dijo el anciano, pensativo.

--Allí hay un pueblo, ¡mira!

Y el caminante vió tras una loma humo de hogares. Luego, al llegar a su espinazo, al fondo, un pueblecillo agazapado en rolde de una pobre espadaña, cuyos dos huecos con sus dos chilejas, cual dos pupilas, parecían mirar al infinito. En el ejido, un zagalejo rubio cuidaba de unos bueyes que bebían en una charca, que, cual si fuese un desgarrón de tierra, mostraba el cielo soterraño, y en éste otros dos bueyes--dos bueyes celestiales--, que venían a contemplar sus sombras pasajeras o darles nueva vida acaso.

--Zagal, ¿aquí hay dónde hacer noche, dime?--preguntó el viejo.

--¡Ni a posta!--dijo el mozo--. Esa casa de ahí está vacía; sus dueños emigraron, y hoy sirve nada más que de guarida para alimañas. Pan, vino y fuego aquí nunca se niega al que viene de paso en busca de su vida.

--¡Dios os lo pagará, zagal, en la otra!

Durmiéronse arrimados y soñaron, el viejo, en el abuelo de la niña, y ella, en la nietecita que perdiera el pobre caminante. Al despertar miráronse a los ojos, y como en una charca sosegada que nos descubre el cielo soterraño, vieron allí, en el fondo, sus sendos sueños.

--Puesto que hay que vivir, si nos quedáramos en esta casa... ¡La pobre está tan sola!--dijo el viejo.

--Sí, sí; la pobre casa... ¡Mira, abuelo, que el pueblo es tan bonito! Ayer, el campanario de la iglesia nos miraba muy fijo, como yendo a decir...

En este punto sonaron las chilejas. «Padre nuestro que estás en los cielos...». Y la niña siguió: «¡Hágase tu voluntá así en la tierra como en el cielo!». Rezaron a una voz. Y salieron de casa, y les dijeron: Vosotros, ¿qué sabéis hacer?, ¡veamos!

El viejo hacía cestas, componía mil cosas estropeadas; sus manos eran ágiles; industrioso su ingenio.

Sentábanse al arrimo de la lumbre: la niña hacía el fuego, y cuidando de la olla le ayudaba. Y hablaban de los suyos, de la otra vida y de aquel otro abuelo. Y era cual si las almas de los otros, también desarraigadas, errantes por las sendas de los cielos, bajasen al arrimo de la lumbre del nuevo hogar. Y les miraban silenciosas, y eran cuatro, y no dos. O más bien eran dos, mas dos parejas. Y así vivían doble vida: la una, vida del cielo, vida de recuerdos, y la otra, de esperanzas de la tierra.

Íbanse por las tardes a la loma, y de espaldas al pueblo veían sobre el cielo destacarse, allá en las lejanías, unos álamos que dicen el camino de la vida. Volvíanse cantando.

Y así pasaba el tiempo hasta que un día--unos años más tarde--oyó otro canto junto a casa el viejo.

--Dime, ¿quién canta esa canción, María?

--Acaso el ruiseñor de la alameda...

--¡No, que es cantar de mozo!

Ella bajó los ojos.

--Ese canto, María, es un reclamo. Te llama a ti al camino y a mí a morir. ¡Dios os bendiga, niña!

--¡Abuelito! ¡Abuelito!--y le abrazaba, cubríale de besos, le miraba a los ojos cual buscándose.

--¡No, no, que aquélla se murió, María! ¡También yo muero!

--No quiero, abuelo, que te mueras; vivirás con nosotros...

--¿Con vosotros me dices? ¿Tu abuelo? Tu abuelo, niña, se murió. ¡Soy otro!

--¡No, no; tú eres mi abuelo! ¿No te acuerdas cuando yo, al despertar sola y contarte cómo escapé de casa, me dijiste: Volverán a la vida y al camino? ¡Y volvieron!

--Volvieron al camino, sí, hija mía, y a él nos llama esa canción del mozo. ¡Tú con él, mi María, yo... con ella!

--¡Con ella, no! ¡Conmigo!

--¡Sí, contigo! Pero... ¡con la otra!

--¡Ay, mi abuelo, mi abuelo!

--¡Allí te aguardo! ¡Dios os bendiga, pues por ti he vivido!

Murióse aquella tarde el pobre anciano, el caminante que alargó sus días; la niña, con los dedos que cogían flores del campo--magarzas, clavelinas, amapolas--le cerró ambos los ojos, guardadores de ensueño de otro mundo; besóle en ellos, lloró, rezó, soñó, hasta que oyendo la canción del camino se fué a quien le llamaba.

Y el viejo fué a la tierra: a beber bajo de ella sus recuerdos.

EL AMOR QUE ASALTA

¿Qué es eso del amor, de que están siempre hablando tantos hombres y que es el tema casi único de los cantos de los poetas? Es lo que se preguntaba Anastasio. Porque él nunca sintió nada que se pareciese a lo que llaman amor los enamorados. ¿Sería una mera ficción, o acaso un embuste convencional con que las almas débiles tratan de defenderse de la vaciedad de la vida, del inevitable aburrimiento? Porque eso sí, para vacuo y aburrido, y absurdo y sin sentido, no había, en sentir de Anastasio, nada como la vida humana.

Arrastraba el pobre Anastasio una existencia lamentable, sin estímulo ni objetivo para el vivir, y cien veces se habría suicidado si no aguardase, con una oscura esperanza a prueba de un continuo desengaño, que también a él le llegase alguna vez a visitar el amor. Y viajaba, viajaba en su busca, por si cuando menos lo pensase le acometía de pronto en una encrucijada del camino.

Ni sentía codicia de dinero, disponiendo de una modesta pero para él más que suficiente fortuna, ni sentía ambición de gloria o de honores, ni anhelo de mando y poderío. Ninguno de los móviles que llevan a los hombres al esfuerzo le parecía digno de esforzarse por él, y no encontraba tampoco el más leve consuelo a su tedio mortal ni en la ciencia, ni en el arte, ni en la acción pública. Y leía el Eclesiastés mientras esperaba la última experiencia, la del amor.

Habíase dado a leer a todos los grandes poetas eróticos, a los analistas del amor entre hombre y mujer, las novelas todas amatorias, y descendió hasta esas obras lamentables que se escriben para los que aún no son hombres del todo y para los que dejaron en cierto modo de serlo: se rebajó hasta escarbar en la literatura pornográfica. Y es claro, aquí encontró menos aún que en otras partes huella alguna del amor.

Y no es que Anastasio no fuese hombre hecho y derecho, cabal y entero, y que no tuviese carne pecadora sobre los huesos. Sí, hombre era como los demás, pero no había sentido el amor. Porque no cabía que fuese amor la pasajera excitación de la carne que olvida la imagen provocadora. Hacer de aquello el terrible dios vengador, el consuelo de la vida, el dueño de las almas, parecíale un sacrilegio, tal como si se pretendiese endiosar al apetito de comer. Un poema sobre la digestión es una blasfemia.

No, el amor no existía en el mundo para el pobre Anastasio. Leyó y releyó la leyenda de Tristán e Iseo, y le hizo meditar aquella terrible novela del portugués Camilo Castello Branco: A mulher fatal. ¿Me sucederá así?--pensaba--. ¿Me arrastrará tras de sí, cuando menos lo espere y crea, la mujer fatal?--Y viajaba, viajaba en busca de la fatalidad ésta.

«Llegará un día--se decía--en que acabe de perder esta vaga sombra de esperanza de encontrarlo, y cuando vaya a entrar en la vejez, sin haber conocido ni mocedad ni edad viril, cuando me diga: ¡ni he vivido ni puedo ya vivir, ¿qué haré? Es un terrible sino que me persigue, o es que todos los demás se han conchabado para mentir». Y dió en pesimista.

Ni jamás mujer alguna le inspiró amor, ni creía haberlo él inspirado. Y encontraba mucho más pavoroso que no poder ser amado el no poder amar, si es que el amor era lo que los poetas cantan. ¿Pero sabía él, Anastasio, si no había provocado pasión escondida alguna en pecho de mujer? ¿No puede acaso encender amor una hermosa estatua? Porque él era, como estatua, realmente hermoso. Sus ojos negros, llenos de un fuego de misterio, parecían mirar desde el fondo tenebroso de un tedio henchido de ansias; su boca se entreabría como por una sed trágica; en todo él palpitaba un destino terrible.

Y viajaba, viajaba desesperado, huyendo de todas partes, dejando caer su mirada en las maravillas del arte y de la naturaleza, y diciéndose: ¿Para qué todo esto?

Era una tarde serena del tranquilo otoño. Las hojas, amarillas ya, se desprendían de los árboles e iban envueltas en la brisa tibia a restregarse contra la yerba del campo. El sol se embozaba en un cendal de nubes que se desflecaban y deshacían en jirones. Anastasio miraba desde la ventanilla del vagón cómo iban desfilando las colinas. Bajó en la estación de Aliseda, donde daban a los viajeros tiempo para comer, y se fué al comedor de la fonda, lleno de maletas.

Sentóse distraídamente y esperó le trajesen la sopa. Mas al levantar los ojos y recorrer con ellos distraídamente la fila de los comensales, tropezaron con los de una mujer. En aquel momento metía ella un pedazo de manzana en su boca, grande, fresca y húmeda. Claváronse uno a otro las miradas y palidecieron. Y al verse palidecer palidecieron más aún. Palpitábanles los pechos. La carne le pesaba a Anastasio; un cosquilleo frío le desasosegaba.

Ella apoyó la cara en la diestra y pareció que le daba un vahido. Anastasio entonces, sin ver en el recinto nada más que a ella, mientras el resto del comedor se le esfumaba, se levantó tembloroso, se le acercó y con voz seca, sedienta, ahogada y temblona le cuchicheó casi al oído:

--¿Qué le pasa? ¿Se pone mala?

--¡Oh, nada, nada; no es nada... gracias!...

--A ver...--añadió él, y con la mano temblorosa le cogió del puño para tomarle el pulso.

Fué entonces una corriente de fuego que pasó del uno al otro. Sentíanse mutuamente los calores; las mejillas se les encendieron.

--Está usted febril...--susurró él balbuciente y con voz apenas perceptible.

--¡La fiebre es... tuya!--respondió ella, con voz que parecía venir de otro mundo, de más allá de la muerte.

Anastasio tuvo que sentarse; las rodillas se le doblaban al peso del corazón, que le tocaba a rebato.

--Es una imprudencia ponerse así en camino--dijo él, hablando como por máquina.

--Sí, me quedaré--contestó ella.

--Nos quedaremos--añadió él.

--Sí, nos quedaremos... ¡Y ya te contaré; te lo contaré todo!--agregó la mujer.

Recogieron sus maletas, tomaron un coche y emprendieron la marcha al pueblo de Aliseda, que dista cinco kilómetros de su estación. Y en el coche, sentados el uno frente al otro, tocándose las rodillas, mejiendo sus miradas, le cogió la mujer a Anastasio las manos con sus manos y fué contándole su historia. La historia misma de Anastasio, exactamente la misma. También ella viajaba en busca del amor; también ella sospechaba que no fuese todo ello sino un enorme embuste convencional para engañar el tedio de la vida.

Confesáronse uno a otro, y según se confesaban iban sus corazones aquietándose. A la trágica turbación de un principio sucedió en sus almas un reposo terrible, algo como un deshacimiento. Imaginábanse haberse conocido de siempre, desde antes de nacer; pero a la vez todo el pasado se borraba de sus memorias, y vivían como un presente eterno, fuera del tiempo.

--¡Oh, que no te hubiese conocido antes, Eleuteria!--le decía él.

--¿Y para qué, Anastasio?--respondía ella--. Es mejor así, que no nos hayamos visto antes.

--¿Y el tiempo perdido?

--¿Perdido le llamas a ese tiempo que empleamos en buscarnos, en anhelarnos, en desearnos el uno al otro?

--Yo había desesperado ya de encontrarte...

--No, pues si hubieses desesperado de ello te habrías quitado la vida.

--Es verdad.

--Y yo habría hecho lo mismo.

--Pero ahora, Eleuteria, de hoy en adelante...

--¡No hables del porvenir, Anastasio, bástenos el presente!

Los dos callaron. Por debajo del arrobamiento que les embargaba sonaba extraño rumor de aguas de abismo sin fondo. No era alegría, no era gozo lo que sobrenadaba en la seriedad trágica que les envolvía.

--No pensemos en el porvenir--reanudó ella--ni en el pasado tampoco. Olvidémonos de uno y de otro. Nos hemos encontrado, hemos encontrado al amor y basta. Y ahora, Anastasio, ¿qué me dices de los poetas?

--Que mienten, Eleuteria, que mienten; pero muy de otro modo que lo creía yo antes. Mienten, sí; el amor no es lo que ellos cantan...

--Tienes razón, Anastasio; ahora siento que el amor no se canta.

Y siguió otro silencio, un silencio largo, en que, cogidos de las manos, estuvieron mirándose a los ojos y como buscándose en el fondo de ellos el secreto de sus destinos. Y luego empezaron a temblar.

--¿Tiemblas, Anastasio?

--¿Y también tú, Eleuteria?

--Sí, temblamos los dos.

--¿De qué?

--De felicidad.

--Es cosa terrible esta felicidad; no sé si podré resistirla.

--Mejor, porque eso querrá decir que es más fuerte que nosotros.

Encerráronse en un sórdido cuarto de una vulgarísima fonda. Pasó todo el día siguiente y parte del otro sin que dieran señal alguna de vida, hasta que, alarmado el fondista y sin obtener respuesta a sus llamadas, forzó la puerta. Encontráronles en el lecho, juntos, desnudos, y fríos y blancos como la nieve. El perito médico aseguró que no se trataba de suicidio, como así era en efecto, y que debían de haberse muerto del corazón.

--¿Pero los dos?--exclamó el fondista.

--¡Los dos!--contestó el médico.

--¡Entonces eso es contagioso!...--y se llevó la mano al lado izquierdo del pecho, donde suponía tener su corazón de fondista. Intentó ocultar el suceso, para no desacreditar su establecimiento, y acordó fumigar el cuarto, por si acaso.

No pudieron ser identificados los cadáveres. Desde allí los llevaron al cementerio, y desnudos y juntos, como fueron hallados, echáronlos en una misma huesa y encima tierra. Sobre esta tierra ha crecido yerba y sobre la yerba llueve. Y es así el cielo, el que les llevó a la muerte, el único que sobre su tumba llora.

El fondista de Aliseda, reflexionando sobre aquel suceso increíble--nadie tiene más imaginación que la realidad, se decía--, llegó a una profunda conclusión de carácter médico legal, y es que se dijo: «¡Estas lunas de miel!... No se debía permitir que los cardíacos se casasen entre sí».

SOLITAÑA

Soli, solitaña
Vete a la montaña,
Dile al pastor
Que traiga buen sol,
Para hoy y pa mañana
Y pa toda la semana.

(Canto infantil bilbaíno.)

Érase en Artecalle, en Tendería o en otra cualquiera de las siete calles, una tiendecita para aldeanos, a cuya puerta paraban muchas veces las zamudianas con sus burros. El cuchitril daba a la angosta portalada y constreñía el acceso a la casa un banquillo lleno de piezas de tela, paños rojos, azules, verdes, pardos y de mil colores para sayas y refajos; colgaban sobre la achatada y contrahecha puerta pantalones, blusas azules, elásticos de punto abigarrados de azul y rojo, fajas de vivísima púrpura pendientes de sus dos extremos, boinas y otros géneros, mecidos todos los colgajos por el viento Noroeste que se filtraba por la calle como por un tubo y formando a la entrada como un arco que ahogaba a la puertecilla. Las aldeanas paraban en medio de la calle, hablaban, se acercaban, tocaban y retocaban los géneros, hablaban otra vez, iban, se volvían, entraban y pedían, regateaban, se iban, volvían a regatear y al cabo se quedaban con el género. El mostrador, reluciente con el brillo triste que da el roce, estaba atestado de piezas de tela: sobre él unas compuertas pendientes que se levantaban para sujetarlas al techo con unos ganchos y servían para cerrar la tienda y limitar el horizonte. Por dentro de la boca abierta de aquel caleidoscopio, olor a lienzo y humedad por todas partes y en todos los rincones, piezas, prendas de vestido, tela de tierra para camisas de penitencia, montones de boinas, todo en desorden agradable, en el suelo, sobre bancos y en estantes, y junto a una ventana que recibía la luz opaca y triste del cantón, una mesilla con su tintero y los libros de don Roque.

Era una tienda de género para la aldeanería. Los sentidos frescos del hombre del pueblo gustan los choques vivos de colorines chillones, buscan las alegres sinfonías del rojo con el verde y el azul, y las carotas rojas de las mozas aldeanas parecen arder sobre el pañuelo de grandes y abigarrados dibujos. En aquella tienda se les ofrecía todo el género a la vista y al tacto, que es lo que quiere el hombre que come con ojos, manos y boca. Nunca se ha visto género más alegre, más chillón y más frescamente cálido, en tienda más triste, más callada y más tibiamente fría.

Junto a esta tienda, a un lado, una zapatería con todo el género en filas, a la vista del transeunte; al otro lado, una confitería oliendo a cera.

Asomaba la cabeza por aquella cáscara cubierta de flores de trapo el caracol humano, húmedo, escondido y silencioso, que arrastra su casita, paso a paso, con marcha imperceptible, dejando en el camino un rastro viscoso que brilla un momento y luego se borra.

Don Roque de Aguirregoicoa y Aguirrebecua, por mal nombre Solitaña, era de por ahí, de una de esas aldeas de chorierricos o cosa parecida, si es que no era de hacia la parte de Arrigorriaga. No hay memoria de cuándo vino a recalar en Bilbao, ni de cuándo había sido larva joven, si es que lo fué en algún tiempo, ni sabía a punto cierto cómo se casó ni por qué se casó, aunque sabía cuándo, pues desde entonces empezaba su vida. Se deduce a priori que le trajo de la aldea algún tío para dedicarle a la tienda. Nariz larga, gruesa y firme; el labio inferior saliente; ojos apagados a la sombra de grandes cejas; afeitado cuidadosamente; más tarde calvo; manos grandes y pies mayores. Al andar se balanceaba un poco.

Su mujer, Rufina de Bengoechebarri y Goicoechezarra, era también de por ahí, pero aclimatada en Artecalle: una ardilla, una cotorra y lista como un demonio. Domesticó a su marido, a quien quería por lo bueno. ¡Era tan infeliz Solitaña! Un bendito de Dios, un ángel, manso como un cordero, perseverante como un perro, paciente como un borrico.

El agua que fecunda a un terreno esteriliza a otro, y el viento húmedo que se filtraba por la calle oscura hizo fermentar y vigorizarse al espíritu de doña Rufina, mientras aplanó y enmoheció al de don Roque.

La casa en que estaba plantado don Roque era viejísima y con balcones de madera; tenía la cara más cómicamente trágica que puede darse: sonreía con la alegre puerta y lloraba con sus ventanas tristes. Era tan húmeda que salía moho en las paredes.

Solitaña subía todos los días la escalera estrecha y oscura, de ennegrecidas barandillas, envuelta en efluvios de humedad picante, y la subía a oscuras sin tropezarse ni equivocar un tramo, donde otro se hubiera roto la crisma, y mientras la subía lento e impasible, temblaba de amor la escalera bajo sus pies y la abrazaba entre sus sombras.

Para él eran todos los días iguales e iguales todas las horas del día; se levantaba a las seis, a las siete bajaba a la tienda, a la una comía, cenaba a eso de las nueve y a eso de las once se acostaba, se volvía de espalda a su mujer, y, recogiéndose como el caracol, se disipaba en el sueño.

En las grandes profundidades del mar viven felices las esponjas.

Todos los días rezaba el rosario, repetía las avemarías como la cigarra y el mar repiten a todas horas el mismo himno. Sentía un voluptuoso cosquilleo al llegar a los orá por nobis de la letanía; siempre, al agnus, tenían que advertirle que los orá por nobis habían dado fin; seguía con ellos por fuerza de inercia; si algún día por extraordinario caso no había rosario, dormía mal y con pesadillas. Los domingos lo rezaba en Santiago, y era para Solitaña goce singular el oir medio amodorrado por la oscuridad del templo que otras voces gangosas repetían con él, a coro, orá por nobis, orá por nobis.

Los domingos, a la mañana, abría la tienda hasta las doce, y a la tarde, si no había función de iglesia y el tiempo estaba bueno, daban una vuelta por Begoña, donde rezaban una salve y admiraban siempre las mismas cosas, siempre nuevas para aquel bendito de Dios. Volvía repitiendo ¡qué hermosos aires se respiran desde allí!

Subían las escaleras de Begoña, y un ciego, con tono lacrimoso y solemne:

--Considere, noble caballero, la triste oscuridad en que me veo... La Virgen Santísima de Begoña os acompañe, noble caballero...

Solitaña sacaba dos cuartos y le pedía tres ochavos de vuelta. Más adelante:

Cuando comparezcamos ante el tribunal supremo de la gloria...

Solitaña le daba un ochavo. Luego una mujercilla viva:

--Una limosna, piadoso caballero...